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Los surrealistas de comienzos del siglo XX hoy estarían sonriendo al ver que sus irreverencias son en la actualidad una práctica común. Jorge Luis Borges también estaría celebrando. Pero el que más brincaría al ver su sueño hecho realidad, sin duda sería Julio Cortázar. ¿Por qué?
Porque la técnica del 'cadáver exquisito' de los surrealistas, esa de ir construyendo una frase con la palabra anterior sin importar el sentido, es prácticamente la manera como hoy la gente se comunica y construye el conocimiento. Así lo hacen cuando abren ventanas y leen a medias decenas de informaciones en la web, pasan a un video en Youtube, ven un titular del diario y además escriben un informe, y contestan el teléfono, todo al mismo tiempo. Ya en los cuarenta, Borges preveía una narrativa con tantas posibilidades como las ramas de un árbol, de tiempos y recorridos disímiles. Y Cortázar porque ¿qué es Rayuela sino un intento de dar al lector la posibilidad de tomar el camino que se le antoje?
Él, más que nadie, buscaba un lector participativo. Y eso es, precisamente, lo que las nuevas tecnologías están logrando a pesar de las apocalípticas posturas de algunos que sentencian la muerte del libro. Pero eso no está ni cerquita; lo que sucede es que las letras -y la cultura en general- están viviendo una transición de proporciones mayúsculas propiciada por la revolución tecnológica.
Es normal que la gente esté abrumada, pues en muy poco tiempo han nacido dispositivos electrónicos de lectura -Kindle, E-reader- que permiten introducir millares de títulos de libros en un solo aparato, o porque pueden recibir un cuento breve de Juan José Millás expresamente redactado como mensaje de texto para celular, como les ocurre a los usuarios de una empresa española de comunicaciones. Incluso la red social Twitter también tiene su surtido de microrrelatos para ser soltados a la Red periódicamente con su característica principal: no más de 140 caracteres, algo así como un renglón y medio.
Eso pasaba ya en el siglo XIX, cuando los folletines presentaban novelas por entregas y dejaban la trama en suspenso y a los lectores a la expectativa. Igual pasa hoy con estos dispositivos, que indudablemente se basan en la fragmentación del lenguaje actual.
No será, sin embargo, el primer salto tecnológico al que tengan que adaptarse las letras. Cuando nació el cine llegaron los vaticinios de que la literatura moriría, pero lo que sucedió fue que empezó una relación muy fructífera en donde este nutrió de imágenes y de sonidos a la escritura, llenándola de ritmo y de una necesidad sensorial de donde es difícil salirse hoy. "Hace un siglo la literatura se pensaba más en términos de reflexión y de entrar en la mente, mostrar lo no visible, mientras que hoy es un campo del mostrar", explica Alejandra Jaramillo, profesora de la maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional. De allí que los profesores de literatura insistan a sus alumnos: "No lo diga, muéstrelo".
Aunque parezca que estos temas son la bienvenida al siglo XXI, lo cierto es que desde principios de los ochenta pasado ya venían buscándose formas de expandir las fronteras de la escritura en papel. Los autores estadounidenses Michael Joyce (WOE y Lucy's sister) o Stuart Moulthrop (Forking paths, It's not what you think ) empezaron a explorar la idea del hipertexto; es decir, de enlazar diversos relatos en el mismo momento en que se hace referencia a uno u otro tema. Bajo ese esquema escribieron los primeros experimentos de 'hiperficción'. Por supuesto que hablar de esto hoy es casi una obviedad, pero hace 25 años era realmente novedoso.
Cuando los noventa estaban de estreno, la entrada de la triple 'w' produjo el efecto que todos estos exploradores andaban buscando. Ahí fue cuando se amplió el campo de acción de los fragmentos de texto relacionados mediante enlaces (narrativa hipertextual) a la conjunción de textos, audios, videos y gráficos (narrativa hipermedial).
¿Y esto cómo transforma la literatura? Una de las personas que se han especializado en la materia en Colombia es Jaime Alejandro Rodríguez, director de la carrera de Literatura de la Universidad Javeriana. Para él es claro que se trata de una nueva forma de literatura, de 'narrativa digital'. Autor de dos novelas virtuales, Gabriella infinita y Golpe de gracia, y teórico del tema, Rodríguez ha ido respondiéndose sus miles de preguntas escribiendo novelas virtuales.
No es fácil imaginarse cómo es esta nueva literatura, pero una buena aproximación es un videojuego. Efectivamente, una característica fundamental de este tipo de relatos es su falta de linealidad, la libertad del lector para entrar por donde quiera a la historia, pinchar sobre textos, activar música o video, superar pruebas para llegar al siguiente nivel, participar activamente escribiendo en blogs dentro de la novela... "Un relato armado por el lector es lo que Cortázar habría querido -asegura Rodríguez-. Pero él tenía finalmente la limitante de la linealidad y un libro que se cierra". Acá, por el contrario, todo está por abrirse.