Noviembre 12 de 2009

Pedro Miguel Rozo señala de qué manera la tragedia se ha inoculado en nuestro contexto

Exponente de la nueva generación de dramaturgos colombianos dice que en la tragedia contemporánea reina el caos y el clímax deja una sensación de impunidad.

Para unos, Nuestras vidas privadas es una incómoda aunque brillante revelación, mientras que para otros es una molestia. Pero pese a ello se aguantan las dos horas del montaje desenfrenado en donde un padre es cuestionado por su familia porque supuestamente abusó de un niño preadolescente, el hijo de la casera. Lo que no soportan es que al final, éste no se muestre ni un poquito arrepentido y se salen.

Ese punto álgido, sin embargo, es justamente en el que Pedro Miguel Rozo (Armenia, 1974) busca ahondar: obligar al espectador a tomar una posición. Para él, esta obra -premio distrital de dramaturgia, actualmente en la Casa del Teatro Nacional-, es un buen ejemplo para mostrar la forma cómo se ha transformado el género de la tragedia, en el mundo, claro está, pero en el contexto colombiano particularmente. "Mientras en la tragedia clásica existe una especie de justicia cósmica y el castigo purifica -asegura Rozo- en la contemporánea reina el caos y el clímax deja una sensación de impunidad que nos hace preguntarnos en qué país estamos".

Su trabajo que recorre su obsesión por la muerte, la paranoia y las crisis sexuales, tiene influencias claras, en el teatro nacional Fabio Rubiano y Santiago García, y en las artes internacionales, del dramaturgo inglés Steven Berkoff y el cineasta alemán Michael Haneke. Berkoff porque muestra que el drama está en la experiencia moral que el público tiene, aun si el personaje de la obra no la tiene. Y Haneke, porque a través de sus películas (Funny games o La profesora de piano), juega con la impotencia del espectador y lo confronta a sus propias justificaciones de la violencia. 

Pero a este complejo entramado hay que sumarle un ingrediente muy local y es que a estas tragedias se le ven en muchas ocasiones visos de comedia negra, y allí en donde la lágrima está a punto de estallar, sale un apunte que equilibra o parodia la situación, y claro, la complejiza porque cómo es posible estar riendo de semejante horror, escudado en el silencio e incluso la comprensión.

Rozo juega con eso, busca que el espectador se involucre del todo con lo que está presenciando, y lo asume como una persona capaz de vivir todas las dimensiones del ser humano y que sin duda cruzan de la risa al grito desesperado en un abrir y cerrar de ojos. "Un poco como hace Emir Kusturica en Underground en donde sobre un escenario de ruinas, los actores viven una especie de fanfarria, esas contradicciones me gustan", explica.

El trabajo con el actor, por eso, es fundamental, pues debe encarnar la complejidad de un ser en sus muchos matices. En el montaje de la obra todos los personajes se intercambian los papeles, y cada quien es creíble en la caracterización. Andrés Castañeda, Rosa Amelia Martínez, Henry Yepes, Wilson Forero y Diana Jaramillo, transitan por el alma de esta familia y la exponen en sus debilidades. Y todo con un fin: "No quiero dar la sensación de que todo recaiga en un conflicto psicológico -termina Rozo-, sino en el conflicto social. El problema es el sistema que permita que todo esto pase".

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