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El debate sobre la ampliación del Museo Nacional de Colombia lleva más de 15 años, pero el 6 de octubre los ánimos se caldearon más que de costumbre después de que el Ministerio de Cultura resolvió iniciar un proceso de enajenación voluntaria -y llegado el caso, de expropiación- de los predios del colegio Policarpa Salavarrieta y de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, que ocupan el espacio previsto para las obras.
En su resolución -expedida con el número 2044 de 2009- la cartera cultural adujo "motivos de utilidad pública e interés social de magnitud nacional", y recordó que a los centros educativos se les han planteado alternativas para su traslado. Sin embargo, el Colegio Mayor ha rechazado la oferta. Uno de los argumentos fue claramente expresado en las arengas de los universitarios: "Ministra de Cultura, la educación también es cultura".
A lo largo de estos años, la polémica sobre el predio se ha llevado todo el protagonismo y tristemente ha opacado la reflexión sobre lo sustancial: ¿por qué es necesaria la ampliación? Un interrogante que suscita un debate no menos intenso que el del terreno.
El Museo Nacional de Colombia es una institución bastante sui géneris. Mientras el Mall de Washington -la 'isla de los museos' en la capital estadounidense- es una extensa superficie que abarca el Museo Nacional de Historia Americana, otro de ciencias naturales, otro del cielo y el espacio, otro dedicado al indígena americano, y la Galería de Arte Nacional, entre otras temáticas, en Colombia, el Nacional pretende abarcarlo todo. Fue fundado en 1823 como museo de ciencia, pero muy pronto fue natural que allí reposaran los testimonios de la historia política del país, como los retratos de sus generales y presidentes, y muy rápido empezaron a llegar pinturas y tallas, principalmente de arte colonial.
Las áreas de las colecciones, constituidas de manera cronológica, son etnografía, arqueología, arte e historia. El Museo en la actualidad exhibe en sus 17 salas una parte de la historia del país hasta 1948. No tiene para dónde crecer más ni capacidad para guardar más obras ni objetos. Allí termina su narración de la historia nacional. Eso en plata blanca significa que físicamente no existe el espacio para reconstruir la historia reciente del país, una de las misiones de la institución y una de las sugerencias y críticas más recurrentes de los visitantes.
Tampoco hay espacio para representar a las comunidades afrocolombianas e indígenas, que son las que más han reclamado su ausencia. "Nosotros necesitamos construir el museo que nos pide la Constitución de 1991 -asegura María Victoria de Robayo, directora del Museo-. En este momento somos una institución que corresponde a la Constitución de 1886".-uego de un largo proceso de restauración que se inició a comienzos de la década de los noventa, en 2001 fueron abiertas las nuevas salas del Museo Nacional. Desde el momento mismo en que se contempló la posibilidad de crecer, el equipo del Museo empezó a revisar su función y el camino a seguir, pues, tal como está hoy, este cuenta una historia hegemónica, oficial y contada desde el poder. Algo que, en todo caso, no tendría por qué ser desmontado, ya que sería negar el pasado de tajo. Sin embargo, hoy en día ningún proyecto puede excluir la participación ni pasar por alto la Constitución. "Es fundamental que las comunidades que han sido excluidas históricamente estén representadas -asegura Liliana González, subdirectora del Museo-. Entre el 2001 y hoy hay años luz de diferencia".
Por eso, una vez fue tomada la decisión de abrirse a nuevas narrativas, aparecieron retos inmensos. "Los problemas que tiene la nación, la representación, la inclusión y el ejercicio de los derechos de distintos grupos, se viven dentro de los museos nacionales, que son su microcosmos -asegura Cristina Lleras, curadora de las colecciones de arte e historia-. En la medida que la nación es un campo de batalla por la memoria, el museo es eso también".
No es un problema abstracto. Por ejemplo, algunas comunidades indígenas ya no usan determinados objetos etnográficos que exhibe el Museo. Según González, "no se identifican y sienten que la manera como se les intenta representar es como si se pretendiera explicar las características de un ciudadano bogotano de hoy con una imagen de uno de 1940".
A estas discusiones se suma una aún más compleja: la representación del conflicto. Justamente en 1999 fueron realizados los primeros coloquios y consultas a la ciudadanía sobre qué debía reposar en el Museo Nacional. El debate más recordado fue sobre si debía mostrarse o no la toalla de 'Tirofijo' dentro de las salas del museo.