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De las 4.000 respuestas de la gente, quedó claro que muchos colombianos querían ver representada la violencia del país. No querían darle más la espalda, necesitaban entenderla. Ello llevó, en parte, a que fuera realizada la exposición Tiempos de paz sobre los procesos de negociación que había vivido el país durante un siglo de historia. Y a ello le han seguido cátedras y discusiones sobre el mismo aspecto.
Laboratorio nacional
Ante la imposibilidad de crecimiento físico -y por tanto de mostrar de manera permanente muchos objetos-, el vacío de representación ha intentado ser llenado con exposiciones temporales que vienen haciéndose desde finales de 2005.
A finales de ese año fue inaugurada una muestra que para el Museo marca un cambio: Caribe espléndido. No solo introdujo la figura de invitar a investigadores y curadores externos a la institución para que trabajaran de la mano con el equipo del Museo, sino que empezó a dar cuenta del aporte que música, mujeres y expresiones populares y regionales han tenido en la construcción del país.
Además fue creado el proyecto 4891, que intenta completar la historia nacional desde diferentes perspectivas de 1948 a 1991, momento hasta el que llegaría en principio el nuevo guión del Museo.
Por eso empezaron a desfilar dentro de las salas temas que nunca habían sido desarrollados dentro de la colección permanente, como la mujer como poseedora de derechos (Miss museo) o la historia nacional contada a través del rock, el cine y la telenovela (Nación Rock, ¡Acción!, Cine en Colombia y la recién inaugurada Un país de telenovela). "Por la cotidianidad también pasa la construcción de la nación", expresa Cristina Lleras.
Junto con esos experimentos ha habido una serie de exposiciones que señalan por dónde iría la cosa si el museo llegara a ampliarse. Es el caso de Río Magdalena: Navegando por una nación (2008), Velorios y santos vivos: comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras (2008), Sentir para ver (2008-2009) y Llegó el Amazonas a Bogotá (2009).
En las cuatro, los curadores buscaron mostrar el país que no está contado en las salas permanentes de exposición: una historia vista desde la arteria del país, el río Magdalena; la importancia social que tienen los rituales funerarios afrocolombianos y el peligro que corren de perderse por el desplazamiento o el cambio de las tradiciones; el tema de la accesibilidad dentro de las salas por medio de esculturas que se pueden tocar; y una mirada más amplia de la Amazonia, alejada del exotismo.
Para Lleras, Velorios... es el ejemplo de cómo se debe hacer este tipo de exposiciones etnográficas dentro del Museo y con miras a la ampliación, pues tuvo participación de todos los actores implicados desde mucho antes de su nacimiento, durante el proceso, y aun hoy en la versión para itinerancia regional.
Además, porque nació como respuesta a una fuerte crítica realizada por dos especialistas en estudios afrocolombianos, Jaime Arocha y Claudia Mosquera, que decían que la representación de estas comunidades en las salas del Museo era no solo insuficiente, sino prejuiciada, y por tanto exigían un pabellón del Museo como reparación histórica. Un tema que, sin duda, ha puesto el dedo en la llaga y que plantea uno de los mayores retos del nuevo Museo, que es cómo y qué representar de las comunidades.
El resultado es palpable. Que 33.000 personas hayan entrado a ver la exposición sobre los velorios y más de 44.000 la del Amazonas es prueba fehaciente de que la gente quiere ver representadas otras caras del país. Ese mismo éxito también demuestra que el Museo del siglo XXI no podrá ser estático; tendrá que ir modificándose con el paso del tiempo, actualizándose, construyendo historia desde el presente. Y para eso hace falta espacio.