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En el último decenio, el mercado del arte latinoamericano se ha disparado en el mundo, y Colombia no se ha quedado por fuera de la corriente. Subastas, ferias y bienales de arte internacionales le han permitido valorizarse, formar parte de colecciones de instituciones tan importantes como el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) o la Tate Gallery de Londres, ser exhibido en secciones especializadas en museos norteamericanos y estar presente en un número creciente de exposiciones temáticas en Europa.
A los cada día más reconocidos especialistas como Luis Pérez Oramas -curador de arte latinoamericano del MoMA-, Maricarmen Ramírez -del Museo de Bellas Artes de Houston- y Cuauhtémoc Medina -hasta hace poco curador en la Tate- se suman notorios coleccionistas de la región, como el magnate venezolano Gustavo Cisneros -que junto a su esposa creó la prestigiosa colección Patricia Phelps de Cisneros-, o mecenas como el mexicano Carlos Slim. Imposible no mencionar la Colección Daros de arte contemporáneo, en Zúrich (Suiza), cuya ala especializada en Latinoamérica ha favorecido la circulación en Europa de los más importantes artistas de la región. ¿A qué se debe el fenómeno?
El 'boom' latinoamericano
Nueva York, 1998. El martillo sonó en la casa de subastas Christie's con una suma que entonces parecía exorbitante: 6.000 dólares. Hasta entonces ningún norteamericano daba un céntimo por un brasileño desconocido llamado Helio Oiticica, autor de una obra de nombre incomprensible: Metaesquema. Desde ese año, sin embargo, ese nombre quedaría en el recuerdo. Hoy su trabajo no se encuentra por menos de 150.000 dólares.
Detrás de ese despertar estaba una colombiana llamada Ana Sokoloff. Venía de la academia, de ser curadora, de escribir, pero la idea de abrir un espacio para el arte latinoamericano en la tradicional casa de subastas le resultaba seductora. Por eso no dudó en poner sobre la mesa obras fundamentales de la historia del arte latinoamericano pero que en Estados Unidos eran desconocidas o, a lo sumo, solo habían llegado a la comunidad latina. Aunque importantes galerías como el Museo del Barrio, en la Gran Manzana, seguían siendo de nicho. Todavía se hablaba español y el mercado exigía que se cambiara de lengua.
El panorama actual confirma el acierto. En Estados Unidos ya no son rarezas los trabajos de nombres clave como Jesús Soto, de Venezuela, o Lygia Clark, Mira Schendel, Cildo Meireles y Vik Muñiz, de Brasil. "Cómo será lo que ha pasado en 10 años, que ya a Doris Salcedo o a Francis Al¿s no los presentamos en el departamento de arte latinoamericano de Christie's, sino en el de arte contemporáneo mundial", dice Ana Sokoloff.
Ese contexto favorable permite entender por qué la Feria de Arte de Bogotá, ArtBo, organizada por la Cámara de Comercio desde 2005, apunta a competir en prestigio con la Feria Internacional de Arte de São Paulo, la Zona Maco de México, la ArteBa de Buenos Aires o incluso con la Art Basel Miami.
La reputación del evento -que este año se celebrará en Corferias entre el 22 y el 26 de octubre- también se debe a que Colombia tiene en Fernando Botero un representante de talla mundial y a la madurez que han alcanzado artistas como Doris Salcedo, Óscar Muñoz, Miguel Ángel Rojas o José Alejandro Restrepo, hechos que atraen a posibles inversionistas extranjeros e impulsan a las generaciones más recientes a consolidar sus propuestas.
"Los artistas colombianos cada día participan más en eventos internacionales de gran relevancia -asegura Catalina Casas, directora de Casas Riegner-. Tres fueron elegidos para la Bienal de Venecia de 2007; hoy en la Bienal de Mercosur participan varios artistas nacionales; al menos ocho estuvieron en la muestra Younger than Jesus del New Museum en Nueva York; y artistas jóvenes como Mateo López y Gabriel Sierra están siendo adquiridos por importantes coleccionistas extranjeros".