Si se calla el cantor...

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No hay duda de que, al hacer un repaso por el cancionero popular latinoamericano, la pieza Alfonsina y el mar estará entre las 10 más célebres en el mundo entero. Y si hubiera que buscarle un himno a Latinoamérica, seguramente ese sería Canción con todos, de la misma manera en que el discurso antibelicista tendrá siempre en Solo le pido a Dios, valga la ironía, un caballito de batalla al que acudir.

Es que Mercedes Sosa, 'la Negra', fue protagonista del más importante remezón de los sonidos folclóricos latinoamericanos, que de un cancionero campesino pasaba, gracias a ella, a uno cargado de ímpetu reivindicativo. De la ingenuidad a la militancia. Merecida la movilización mundial de "todas las voces, todas" alrededor de su fallecimiento el pasado 4 de octubre.

En Latinoamérica, donde solemos decir que todo nos llegó importado, un emprendimiento original desde la poesía tuvo reflejo en la contracultura mundial gracias a Mercedes Sosa. Se trataba de la creación del Movimiento Nuevo Cancionero, paralelo en fechas e intenciones al folk norteamericano. El debut de la cantante se dio en 1962, mismo año en que el joven Robert Allen Zimmerman decidía rebautizarse Bob Dylan para lanzar su primer disco, que llevaba su nombre.

En febrero de 1963, mientras se destapaba el escándalo de seguimientos del FBI a Dylan, la derecha argentina observaba con sospecha el manifiesto del Nuevo Cancionero, firmado por Sosa, su esposo Óscar Matus, y su aliado en la composición, el periodista mendocino Armando Tejada Gómez.

Ese movimiento, que propendió por depurar el patrimonio musical "de convencionalismos y tabúes tradicionalistas", y que desechó "toda producción burda y subalterna que, con finalidad mercantil, intente encarecer tanto la inteligencia como la moral de nuestro pueblo", fue el punto de partida para un nuevo sentido de canción -o de canción con nuevo sentido- que rápidamente se extendería por Latinoamérica y que tendría eco en el naciente movimiento de la Nueva Trova en Cuba y el Tropicalismo en Brasil.

Lo demás hace parte de la historia conocida de la cantante nacida en Tucumán en 1935, dos semanas después del accidente en el que pereció Carlos Gardel en Medellín, un 9 de julio, día de la declaratoria de Independencia de Argentina. Curiosa conjunción de fechas para quien fuera a la vez voz y espíritu luchador.

De variada estirpe

Su interés por la difusión del cancionero de su país la llevó por los caminos del folclor (recordadas son sus presentaciones en el legendario Festival de Cosquín), de la música clásica-folclórica (en 2000 grabó la célebre Misa Criolla de Ariel Ramírez y en 2005 su nuevo disco fue lanzado por el tradicional sello erudito Deutsche Grammophon), del rock (muy a su manera interpretó temas de Litto Nebbia, Fito Páez y Charly García) y, en menor medida, del tango (grabó unas 20 piezas en ese ritmo).

Su marcado interés social la condujo al exilio, pero también le determinó labores encomiables como su participación en 1997, junto a 23 intelectuales de todo el mundo, en la elaboración y firma de la Carta de la Tierra, declaratoria de los principios de sostenimiento del planeta, equiparable a la Declaración de los Derechos Humanos. Y si en Cantora, su más reciente trabajo, la acompañó un grupo representativo de artistas del continente, ya antes compartió surcos con las más importantes cantantes mujeres del mundo en el álbum Global divas, lanzado por la ONU, y donde también había música de Amalia Rodrigues, Edith Piaf, Lucha Reyes y Miriam Makeba.

Habrá que esperar a que baje la marea de homenajes para determinar con cabeza fría el papel de Mercedes Sosa en el desarrollo de la música con sentido. Adivinamos, eso sí, que las manifestaciones de afecto tras su deceso indican que su voz difícilmente se acallará.

Por Jaime Andrés Monsalve,
crítico musical.