No hubiera pasado nada si ese día que fue a acompañar a un amigo a comprar unas vacas en Mercaderes, en el Valle del Patía, no se hubiera detenido por física curiosidad a oír a un grupo que interpretaba en tiple y guitarra algo que le sonaba a un calipso, fino, lento y melodioso. "Era más bonito cuando lo tocábamos con violín", dijo uno de los ejecutantes ante su mirada asombrada y conmovida.
Como si se tratara de una conspiración a favor de la música, el comentario llegaba a los oídos de quien debía escucharlo: a los de Álvaro Montilla, el director de la Escuela Taller de Popayán, justamente un lugar que estudia y enseña las tradiciones artesanales de la región. Gracias a esa breve charla supo que ese ritmo que le sonaba a calipso era en realidad un bambuco patiano, pero una pregunta quedó rondando en su cabeza: ¿un violín en el corazón del Cauca?
Puso en marcha la investigación y las respuestas comenzaron a llegar. Descubrió que la música negra de la región no era únicamente de tambores y no solo provenía del Pacífico, como tiende a creerse. Cauca adentro, en Patía, Puerto Tejada, Caloto, Santander de Quilichao y Guachené, la tradición musical es inmensa y no tiene nada que ver con los sonidos del litoral.
Aprendió también que desde hacía 200 años el violín era interpretado en esa región, pero los curas de finales del siglo XIX, y más tarde los evangélicos, lo habían silenciado con el argumento de que el color de sus notas era demoníaco. La perdurabilidad del instrumento, elaborado a partir una de sola pieza cortada con machete, tampoco salía favorecida con las puntillas utilizadas en su ensamblaje, pues aceleraban el deterioro de la madera. De hecho, el único violín original que queda cuelga hoy sano y salvo en una vitrina de la biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá, gracias, paradójicamente, a la donación de un cura.
De modo que al entrar el siglo XXI aquellas canciones que antes tocó el violín patiano solo sobrevivían en la guitarra de dos agrupaciones musicales: Las Cantaoras del Patía -que se ganaron el Premio Nacional de Cultura hace dos años- y El Son del Tuno.
Aun así, Montilla no cabía de la emoción. Tenía un caso perfecto para demostrar para qué sirve una escuela-taller en un país como Colombia. Por eso, tan pronto se encontró en algún evento con la ministra de Cultura, Paula Marcela Moreno, no dudó un instante en contarle la historia. "Ella me dijo que redactara un proyecto y eso fue lo que hicimos con mi equipo", cuenta.
La idea tenía un objetivo claro: enseñar a los jóvenes a construir e interpretar el instrumento para recuperar una tradición musical. Si todo salía bien, el violín patiano se convertiría en símbolo regional e incluso en una entrada económica para los habitantes. Hoy los hechos pronostican buen futuro.
Vuelta al origen
El primer paso fue pedirle al lutier Jorge Rodríguez que viajara desde Bogotá y estuviera un tiempo en Popayán trabajando con la Escuela Taller. Luego hablaron con la Luis Ángel Arango para que les prestaran el violín original para levantar sus planos.
Pero también había que buscar el alma del instrumento. Por eso decidieron remontar el río Patía y rastrear la historia del violín en las comunidades. Unos viejos les contaron que habían oído de su existencia, y otros añadieron que en otros tiempos carpinteros lo elaboraban de forma artesanal. Pero ninguno tenía suficiente información.
La Escuela emprendió entonces un proyecto de cuatro meses junto con la Fundación para el Desarrollo del Valle del Patía, Fundevap. Se asentaron en el municipio de Patía, montaron un taller de violines con 10 jóvenes y le pidieron a uno de los viejos que sabía tocarlo que les enseñara los secretos del instrumento. Y como la suerte los acompañaba, en la casa de Ana Melia Caicedo encontraron los restos de un auténtico violín patiano, al que sometieron a una cuidadosa restauración.
Tras cortar, tallar, pulir y probar, en febrero pasado el grupo pudo ver el fruto de su esfuerzo reflejado en cuatro violines de madera de iwá y cuerdas de tripa de cordero recién nacido.
Resembrar la tradición
Justo ahora arranca una segunda etapa. La meta es industrializar la producción y enseñar a tocar el instrumento. El nuevo proyecto se llevará a cabo en Santander de Quilichao, donde están los mejores intérpretes del violín tradicional en la región, lo que facilitará el aprendizaje de su pariente.
Dos hechos pronostican el éxito de la iniciativa. Uno es que la investigadora Paloma Muñoz ha rescatado partituras de bambucos patianos para violín. Otro es que el año pasado el Festival Petronio Álvarez incluyó la categoría 'Violines patianos y bambuco caucano'.
"Si lograron eso con el violín tradicional y la guitarra -expresa Montilla orgulloso-, ¿se imagina lo que pasará con el violín verdadero?". De seguro pocos se quedarán sentados.
Seguir el ejemplo
Replicando el exitoso modelo de las escuelas taller patrocinado por la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), el Ministerio de Cultura abrirá un programa en todo el país que beneficiará a 560 personas en 2010. Desarrollado por el SENA y con el nombre de 'Aprender trabajando', el programa busca enseñar variados oficios -carpintería, construcción, cantería, forja, jardinería, joyería y gastronomía- a la población más vulnerable del país.