Septiembre 9 de 2009

La memoria del otro

Una exposición de video en la U. Nacional pone el dedo en la llaga de la xenofobia, el racismo y la persecución religiosa.

Cuatro piernas enormes, de la rodilla para abajo, aparecen proyectadas sobre la parte alta de la fachada del Museo de Bellas Artes de Basilea (Suiza). Las cuatro personas que corresponden a cada una de las extremidades narran cómo han tenido que vivir escondiendo su condición de ilegales, temerosos de ser denunciados, fingiendo hacer parte de esa sociedad.

Dos mujeres de cuerpo entero y del tamaño de una columna, proyectadas a lado y lado de la entrada de un museo en Varsovia (Polonia), cuentan sus historias de maltrato, violación, golpes, desprecio, engaño y amenazas por parte de sus parejas. Sollozan al contarlo, como si hubieran destapado una olla.

Un par de manos se reflejan en un río, justo debajo de un edificio derruido en Japón. Las voces tímidas y agobiadas van contando lo que para ellas significó heredar el horror de la bomba de Hiroshima. Una conserva un candado de bicicleta, lo único que permitió reconocer a su padre desintegrado; la otra dice que ya no puede callar más, que necesita sacar todo el dolor que lleva dentro.

Estas tres obras de video, que el público mira desde la calle, hacen parte de un grupo de trabajos del artista polaco Krzysztof Wodiczko (Varsovia, 1943), que desde el viernes 11 de septiembre podrán verse en la exposición La memoria del otro en la era global, en el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia. A su lado estarán las propuestas, también de imagen en movimiento -algunas de ellas a manera de documental-, de Ursula Biemann (Zúrich, 1955), Rogelio López Cuenca (Nerja, España, 1959), Hannah Collins (Londres, 1956), Francesco Jodice (Nápoles, 1967) y Antoni Muntadas (Barcelona, 1942).

Curada por la reconocida investigadora española Ana María Guasch, la muestra busca abordar algunos de los conflictos más dramáticos del presente, como la xenofobia y la persecución a los inmigrantes, el miedo, el estigma musulmán como sinónimo de terrorismo, el maltrato femenino, los pueblos excluidos de la globalización... En fin, la historia no sanada.

Pensada para Colombia por encargo de María Belén Sáez, directora cultural de la Nacional, la exposición tiene un carácter universal en donde es fácil encontrar vínculos con lo local. Tal vez porque como ha dicho la artista Doris Salcedo, "el dolor es lo único que relaciona a todos los seres humanos".

Arte memorioso

La memoria del otro en la era global resulta un título bastante sugerente para una época en que museos, salas de arte y ciudades viven una especie de boom de manifestaciones que recuerdan hechos espinosos del pasado, y más aún cuando intentan trasladar esa historia al presente. En efecto, el mundo ha visto la apertura de un buen número de centros de memoria en honor de las víctimas del Holocausto, de dictaduras y de genocidios. Aunque su utilidad ha sido cuestionada por más de un experto, todas estas iniciativas han surgido con el propósito de evitar que la historia se repita.

La polémica ha suscitado fuertes debates, a tal punto que en el ámbito artístico algunas voces propenden por revaluar la forma como se está recordando. De hecho, entre el 24 y el 26 de septiembre el Museo Nacional abordará el tema en la cátedra Ernesto Restrepo Tirado: 'Museos, comunidades y reconciliación'.

Como señala Cristina Lleras, curadora del Museo Nacional que prepara la cátedra, el problema es que, por ejemplo, el conocimiento del Holocausto no impidió que ocurrieran genocidios como los de Bosnia o Ruanda en los años noventa. "No se trata de solo representar un hecho doloroso -dice la curadora-. Lo que tenemos que hacer es mirar para qué lo hacemos y que un espectador pueda reconocer la tragedia del otro, en su especificidad y sin banalizarla. Porque tapar la memoria es como no haber hecho el duelo".

Un viraje en el arte, que viene ganando fuerza en este siglo y del que da cuenta la exposición en la Nacional, comienza a dar luces al debate. Hace unas semanas, durante una visita a Bogotá, el filósofo alemán Andreas Huyssen señaló, de hecho, que quienes mejor están cruzando los campos de la memoria, desde muchos ángulos y temporalidades, son el arte, el cine y la literatura.

Para él, un ejemplo claro fue la obra que realizó la artista colombiana Doris Salcedo el año pasado en la Tate Gallery de Londres, la grieta que denominó Shibboleth. Según Huyssen, "el pasado bíblico y lo ipso facto contemporáneo se estrellan en esta obra que, valiéndose de un poderoso lenguaje visual y arquitectónico, examina las continuidades entre el colonialismo, el racismo y la inmigración".

Más aún, el rescate de la memoria ha significado una modificación del papel del artista. Este cambio fue notorio en 2002 en la exposición Documenta 11 en Kassel (Alemania), uno de los laboratorios donde más transformaciones vive el arte. En ese entonces, el curador Okwui Enwezor convocó a artistas para que más allá de crear imágenes, las investigaran.

Aquella propuesta redefinió la noción de autoría -la tan ponderada firma y el estilo-, lo que transformó al artista en un observador anónimo que, no obstante, tiene una mirada particular, un estatus que, según Guasch, le permite "desenmascarar, descubrir, denunciar, analizar aspectos censurados, humillados, violentados o heridos del mundo actual: democracia, justicia, otredad, migración, desarraigo, diáspora...".

La memoria del otro en la era global continúa por esa senda. María Belén Sáez de Ibarra sabe que no es una exposición fácil de ver y que hay que concederle tiempo y estar dispuesto a conocer verdades de a puño que con frecuencia se ocultan bajo el tapete. Sin embargo, la considera necesaria en la medida que aborda algunos de los dramas recurrentes de la actualidad que parecen sepultados pero que de ninguna manera están resueltos. En pocas palabras, duelos sin elaboración que buscan sanar por medio del arte. Un arte que se transforma para no banalizar el dolor.

Miedo, sinónimo de presente

Antoni Muntadas hace una mirada a la frontera y, con esta, a la cultura, la religión y el color. Los 14 kilómetros del estrecho de Gibraltar, entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico, dividen dos continentes, Europa y África. Un mar turbulento es la tumba de muchos ilegales que se montan en frágiles embarcaciones para intentar cumplir un sueño de cambio y mejoramiento. Pero el sueño se transforma en pesadilla y se desvanece.

Los perseguidos

En los años sesenta, armado de bastón de mando, altavoz y grabadora, Krzysztof Wodiczko se paró en la plaza Pompidou, en París, para preguntar a los transeúntes qué pensaban de la xenofobia francesa. Así se mostró como un visionario de los problemas por venir. La persecución al inmigrante ilegal, la violencia doméstica, el estigma musulmán y los crímenes olvidados son algunos de los temas que trabaja. Con testimonios reales que son proyectados en escenarios cargados de historia, como museos, invita al transeúnte a que asimile una realidad incómoda.

El hombre sin nación

Ursula Biemann construye un documental que se pregunta sobre el "no-lugar" del refugiado palestino. Muestra la realidad de ese ciudadano que carece de derechos, de vivienda digna, de libertad de circulación, de nacionalidad y en donde un estado de excepción se convierte en permanente. Allí, la carencia de Estado-nación impide que la jurisprudencia internacional actúe. Lo que dice un hombre joven que vive en el campamento resume el espíritu de su trabajo: "Denme el derecho a elegir, a quedarme en el campo, a irme a otro lado, a regresar al pueblo. Denme el derecho a elegir y elegiré".

De estereotipos vive el hombre

Rogelio López Cuenca arma una secuencia que denuncia la banalización de las culturas. Tras hacer paneos a las dunas en el desierto y mostrar camellos y pueblos nómadas, irrumpe el hombre blanco en busca de aventura. Las sensuales modelos empiezan a encontrar un nuevo escenario para posar.

Mundo de ciudades

Francesco Jodice cuestiona el fenómeno del surgimiento de las ciudades bajo el único modelo de la sociedad de masas. Arquitectos y artistas examinan las transformaciones de la ciudad global, su aceleración urbana y cómo la gente vive confinada allí adentro. Construye el video a través de recorridos del día a día de gente del común, a manera de persecución.

Fuera de la globalización

Hannah Collins encuentra un pueblo excluido de la modernidad: Beshencevo, en Rusia. Día y noche, pueblo y ciudad, vodka y té, viejo y nuevo son los elementos contrapuestos que, según Collins, explican el dolor y la alegría de unos seres humanos ubicados en la periferia de un lugar perdido en el medio de Rusia, a caballo entre las dificultades heredadas de un  tiempo vencido y las amenazas de un incierto futuro.

Ver Términos y Condiciones.

COPYRIGHT © 2009 CEET Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular.