Usted lleva décadas trabajando tótems y símbolos precolombinos, ¿en qué han cambiado sus motivaciones con los años?
Siempre repito un refrán francés que dice "más cambia más de lo mismo". Mi pintura formalmente ha cambiado poco, he tratado de ir hacia adentro, estoy buscando en mi interior, me importa el contenido. El drama de todo esto es que he tratado de hacer un cuadro durante 50 años, y esa batalla es mi obra, pero que al mismo tiempo ésta no deja de ser una cuna de derrotas por no conseguir lo que quiero. Ese desfase entre lo que soñaba y lo que consigo pintar ha continuado, y si los medios técnicos se han ido afinando por la práctica del ejercicio diario, la meta se va alejando de los cuadros que hago ahora.
¿Cuál es ese sueño imposible?
Ahora, conforme avanzo, la meta se aleja y no es que tenga la esperanza a los 84 años de alcanzarlo. Se trata entonces de encontrar algo que equivalga a lo que sueño, y me imagino que es la tragedia y la lucha de cada artista: volver sentimientos, sensaciones, emociones y experiencias palpables. La palabra tiene significado pero el color, la luz y la sombra son cosas que se ponen sobre la tela. Ahí hay una transformación de contenidos espirituales en pura materia. Es lo que nos maravilla en Rembrandt, esa materia es un milagro.
Al ver sus obras, a veces ocurre ese milagro del que habla
Ojalá se sintiera el milagro al mirar mis obras. Intenté hacer una definición de la pintura y llegué a la frase de que la pintura es el encuentro visible de lo sagrado con la materia. Pero también eso es la mujer amada, esa mezcla de materia y espíritu y que no podemos atrapar.
La vocación y la disciplina hoy en día no son lo esencial para los artistas. ¿Cómo trabaja usted?
Siempre he creído que la única evidencia de una vocación artística es la compulsión, la urgencia para hacerla y se me ha dado felizmente, ni un día sin una línea. Trabajar me ha perseguido toda mi vida y me siento culpable cuando no lo hago. Me levanto temprano, hago un poco de caminadora, desayuno, trabajo hasta el almuerzo y luego hasta que se acaba la luz. No se puede pintar de día y de noche el mismo cuadro.
Picasso al final de su vida solo pintó de noche. Allí los colores cambian. De noche he hecho dibujos, pero prefiero leer o ver cine, mis otras pasiones. Pero oigo música todo el día, de la buena, eso sí, Bach sobre todo. Mi persona no podría ser la misma sin los libros que he leído y me han marcado profunda y definitivamente, con autores como Malraux, Saint-John Perse, me han marcado.
¿Por qué se interesó primordialmente por lo precolombino?
Para mí ha sido importante el contacto con el arte precolombino, con las artes primitivas africanas, con las de Oceanía, que al mismo tiempo comparten un espacio con el arte occidental y ha sido mi alimento básico. Eso ha producido esa mezcla. Siempre he sido consciente de que el arte debe mostrar de manera oscura las raíces de donde ha salido, todo buen arte debe tener sello de origen de sus circunstancias históricas, por eso me parece absurdo el pop art por ejemplo en Argentina, pues éste nace de la publicidad y la saturación de la televisión... Creo que un arte tiene que mostrar vinculación por eso siempre me han importando mucho los mitos quechuas y al principio de mi carrera ponía títulos quechua, en una serie de cuadros sobre la muerte de Atahualpa, basado en unos poemas que debieron haber sido escritos muy posteriormente a su muerte, tremendamente modernos.
Además de su pintura es admirable su trabajo de grabado, que además ha realizado acá en Colombia.
Fuera de pintar, he hecho grabados y escultura, y justamente los grabados que he realizado en Colombia -en el Taller Arte Dos Gráfico, de Luis Ángel Parra y Maria Eugenia Niño- han sido muy importantes para mí. Allí he hecho aguafuertes de dos metros, que no son nada comunes, en donde he logrado sentirme expresado con ellos, cosa que en la pintura es más complejo, más insondable. En cambio, con el grabado, uno tiene la impresión de que los límites están más cerca. Uno de ellos ganó el Premio de los críticos de Madrid en la feria de grabados de 2005. También he hecho grabados en San Diego y en Barcelona, en donde trabajaron Miro y Tapies, pero en Bogotá es donde me he sentido más cómodo y Arte Dos Gráfica es sin duda uno de los mejores talleres de grabado del mundo, porque eso que llamamos amor al trabajo, "labor of love", compromiso espiritual, y no ser un taller industrial, hace toda la diferencia.