Tan lejos... de la revolución

Diego Rivera. 'La molendera', 1924. Óleo sobre tela, Museo Nacional de Arte, INBA. Obra: cortesía Museo Nacional de Colombia.

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Mientras que a principio de la década de 1920 México iniciaba el impulso al muralismo y surgían movimientos vanguardistas, Buenos Aires le apostaba al cambio desde la revista Martin Fierro y Cuba apelaba por la revisión de los valores 'falsos y gastados' con la publicación de Avance, Colombia no era un país de fácil aceptación de las vanguardias", escribe la investigadora Ivonne Pini en un texto del catálogo que acompaña la exposición Diego, Frida y otros revolucionarios, que desde el jueves 26 hasta el 15 de noviembre en el Museo Nacional de Colombia, aborda un período de transición del arte colombiano, influido por México y su Revolución (1910-1920).

Esa resistencia a la introducción de las vanguardias no debe olvidarse y   permite entender las reacciones de la época a propuestas de esa naturaleza.

Ejemplo de esto fue la exposición Moderna pintura francesa de 1922 en Bogotá, que presentaba una muestra de cubismo que fue calificada por la prensa como los "horrores enviados por los franceses" y adjetivada como de "extrema izquierda". Inclusive, el propio director de la Escuela de Bellas Artes de la época, Ricardo Borrero, le prohibió a sus alumnos asistir.

En esa época reinaba un ambiente politizado. Durante los 30 primeros años del siglo XX el gobierno fue conservador y todo lo que oliera a izquierda, a 'revolución' incluso desde el arte, era motivo de sospecha. Y como una vanguardia pretende romper el orden establecido eso era lo que menos se quería en ese momento. Los géneros tradicionales del paisaje, el retratismo y el motivo histórico, heroico, todos siguiendo las reglas de la academia, eran el camino más seguro para la continuidad. 

 Pero no todos querían continuidad. Para un grupo de artistas plásticos e intelectuales, como Germán Arciniegas y Jorge Zalamea a inicios de la década del veinte, el modelo mexicano parecía el modelo perfecto para romper con la dependencia cultural europea. Cansados de seguir modelos importados y con una necesidad de desempolvar las raíces, de exponer el mestizaje, el camino abierto por la Revolución parecía el ideal para hacer una revuelta continental.

Un Diego para la revolución

Para los colombianos un ejemplo notable era el pintor mexicano Diego Rivera. Él, quien conoció de primera mano el desarrollo de las vanguardias artísticas europeas, las aprendió con habilidad y al regresar a su país, en medio de una agitada y convulsionada situación política, encontró que a través del arte podía encauzar a las masas y construir esa nacionalidad que buscaba sus raíces de la mano de un discurso revolucionario.

Mucho de esto tuvo eco gracias al arte público. Adiós a los salones en pintura de caballete tan propios de los gustos burgueses, había que hablar en mayúscula, con obras monumentales que le mostraran al pueblo el camino de regreso al origen. Tal decisión se convertiría luego en un sello de origen: el muralismo mexicano.

De repente, todas las escenas de la vida popular, de campesinos, cultivadores del maíz ancestral, mestizos, dispuestos a luchar por lo suyo, empezaron a decorar los espacios públicos, a mostrar su inmensidad. La gente se empezó a ver reflejada allí, a sentirse orgullosa de su color, de su pasado. Todo estaba articulado en un proyecto político fríamente calculado y, sobre todo, eficaz. 

 La cabeza del Ministerio de Educación mexicano, José de Vasconcelos, sabía lo que hacía. Ya José Guadalupe Posada, el famoso grabador de las calaveras, había empezado a introducir la idiosincrasia mexicana y la cultura de la muerte para narrar una historia revolucionaria. También la gráfica -que puede contemplarse en esta exposición- sirvió para ese fin, pues Rivera hizo dibujos muy esquemáticos y directos para ilustrar las portadas de las revistas y periódicos que exaltaban el discurso político de aquel tiempo.

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