La influencia política del arte mexicano no caló en Colombia como lo demuestra la actual exposición del Museo Nacional.
Mientras que a principio de la década de 1920 México iniciaba el impulso al muralismo y surgían movimientos vanguardistas, Buenos Aires le apostaba al cambio desde la revista Martin Fierro y Cuba apelaba por la revisión de los valores 'falsos y gastados' con la publicación de Avance, Colombia no era un país de fácil aceptación de las vanguardias", escribe la investigadora Ivonne Pini en un texto del catálogo que acompaña la exposición Diego, Frida y otros revolucionarios, que desde el jueves 26 hasta el 15 de noviembre en el Museo Nacional de Colombia, aborda un período de transición del arte colombiano, influido por México y su Revolución (1910-1920).
Esa resistencia a la introducción de las vanguardias no debe olvidarse y permite entender las reacciones de la época a propuestas de esa naturaleza.
Ejemplo de esto fue la exposición Moderna pintura francesa de 1922 en Bogotá, que presentaba una muestra de cubismo que fue calificada por la prensa como los "horrores enviados por los franceses" y adjetivada como de "extrema izquierda". Inclusive, el propio director de la Escuela de Bellas Artes de la época, Ricardo Borrero, le prohibió a sus alumnos asistir.
En esa época reinaba un ambiente politizado. Durante los 30 primeros años del siglo XX el gobierno fue conservador y todo lo que oliera a izquierda, a 'revolución' incluso desde el arte, era motivo de sospecha. Y como una vanguardia pretende romper el orden establecido eso era lo que menos se quería en ese momento. Los géneros tradicionales del paisaje, el retratismo y el motivo histórico, heroico, todos siguiendo las reglas de la academia, eran el camino más seguro para la continuidad.
Pero no todos querían continuidad. Para un grupo de artistas plásticos e intelectuales, como Germán Arciniegas y Jorge Zalamea a inicios de la década del veinte, el modelo mexicano parecía el modelo perfecto para romper con la dependencia cultural europea. Cansados de seguir modelos importados y con una necesidad de desempolvar las raíces, de exponer el mestizaje, el camino abierto por la Revolución parecía el ideal para hacer una revuelta continental.
Un Diego para la revolución
Para los colombianos un ejemplo notable era el pintor mexicano Diego Rivera. Él, quien conoció de primera mano el desarrollo de las vanguardias artísticas europeas, las aprendió con habilidad y al regresar a su país, en medio de una agitada y convulsionada situación política, encontró que a través del arte podía encauzar a las masas y construir esa nacionalidad que buscaba sus raíces de la mano de un discurso revolucionario.
Mucho de esto tuvo eco gracias al arte público. Adiós a los salones en pintura de caballete tan propios de los gustos burgueses, había que hablar en mayúscula, con obras monumentales que le mostraran al pueblo el camino de regreso al origen. Tal decisión se convertiría luego en un sello de origen: el muralismo mexicano.
De repente, todas las escenas de la vida popular, de campesinos, cultivadores del maíz ancestral, mestizos, dispuestos a luchar por lo suyo, empezaron a decorar los espacios públicos, a mostrar su inmensidad. La gente se empezó a ver reflejada allí, a sentirse orgullosa de su color, de su pasado. Todo estaba articulado en un proyecto político fríamente calculado y, sobre todo, eficaz.
La cabeza del Ministerio de Educación mexicano, José de Vasconcelos, sabía lo que hacía. Ya José Guadalupe Posada, el famoso grabador de las calaveras, había empezado a introducir la idiosincrasia mexicana y la cultura de la muerte para narrar una historia revolucionaria. También la gráfica -que puede contemplarse en esta exposición- sirvió para ese fin, pues Rivera hizo dibujos muy esquemáticos y directos para ilustrar las portadas de las revistas y periódicos que exaltaban el discurso político de aquel tiempo.
Había una conciencia clara del papel que jugaba la iconografía para conducir a la sociedad a un cambio. Lo propio hicieron las misiones diplomáticas de artistas y escritores mexicanos allende sus fronteras, como la venida del poeta Carlos Pellicer y David Alfaro Siquieros a Colombia.
Sigue el 'statu quo'
Pero en ese contexto la élite colombiana no quería escuchar discursos que hablaran del poder para el pueblo, u otras ideas revolucionarias. Aunque había un grupo de entusiastas -americanistas en cabeza de Rómulo Rozo-, que devolvían la mirada hacia el indigenismo, no eran mayoría.
También hubo artistas como Ignacio Gómez Jaramillo o Pedro Nel Gómez que quisieron hacer murales que emularan lo vivido en México reivindicando al pueblo, pero lo cierto es que no tuvieron la mejor aceptación del medio local. En su momento vieron lluvias de críticas desde la prensa, la academia e incluso los políticos.
Aunque en la década del treinta inició la República Liberal (1930-1946) esos tan ansiados cambios ideológicos no se dieron como los intelectuales hubieran esperado, a pesar de la amplitud de un programa que incluía "escuelas nocturnas para obreros, maestros ambulantes, radiodifusión educativa y cultural, cine nómada y bibliotecas aldeanas", mucho de esto inspirado por el ejemplo mexicano.
Si bien Alfonso López Pumarejo dejó constancia de su fascinación por los murales en una visita realizada a México y dijo que replicaría su ejemplo en Colombia, eso no ocurrió. Y cuando los conservadores regresaron al poder, tampoco hicieron del arte público una política.
Aunque varios colombianos viajaron al país azteca durante los años cuarenta para aprender las técnicas murales, como fue el caso de Gómez Jaramillo, Débora Arango, Julio Abril y Jorge Elías Triana, tuvieron poca oportunidad para hacerlos en espacios públicos. Ignacio Gómez lo confesó en una entrevista: "Está perdiendo actualidad la revolución para los artistas y para el pueblo mexicano, los temas explotados actualmente no tienen tanta fuerza ni tanta 'mexicanidad'".
Él mismo fue víctima de esa pérdida de interés -censura dirán algunos- cuando en 1944, luego de haber realizado La revolución de los comuneros, un enorme mural en las paredes del Congreso, fue cubierto por el presidente de la IX Conferencia Panamericana, Laureano Gómez, "mientras se inauguraba en el Salón Elíptico del Congreso el fresco Bolívar en la Instalación del Congreso de Cúcuta realizado por Santiago Martínez Delgado", explica Cristina Lleras, curadora de las colecciones de arte e historia del Museo Nacional.
Fue así, una revolución sin una verdadera intención de cambio. Del poder del arte se sabía y todos quisieron sacar partido usándolo para sus diversos fines. Como lo advertiría Marta Traba décadas después, el pecado del muralismo fue supeditar el arte a la política para hacer propaganda.
El mismo Carlos Correa, reconocido artista de esa temprana etapa del arte colombiano, dijo que aunque Pedro Nel Gómez hubiera podido "realizar el auténtico mural político-funcional-realista, precisamente allí está su gran sabiduría: en no exponer una obra gigantesca a las traicioneras vorágines de la política".
Con todo, el haber mirado a México como inspiración de un cambio continental que finalmente saldría reflejado en esa noción de la búsqueda de la identidad nacional fue tan importante como cuando en la década del setenta del siglo XIX llegó un mexicano ilustre llamado Felipe Santiago Gutiérrez para fundar la Escuela de Bellas Artes en Bogotá y así sentar las bases de un arte académico que muchas décadas después sería objeto de debate, pero sin duda un referente fundamental de las artes nacionales. Una historia que no hace más que reiterar el poderoso influjo de México en Colombia.