Tan lejos... de la revolución

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Había una conciencia clara del papel que jugaba la iconografía para conducir a la sociedad a un cambio. Lo propio hicieron las misiones diplomáticas de artistas y escritores mexicanos allende sus fronteras, como la venida del poeta Carlos Pellicer y David Alfaro Siquieros a Colombia.

Sigue  el 'statu quo'

Pero en ese contexto la élite colombiana no quería escuchar discursos que hablaran del poder para el pueblo, u otras ideas revolucionarias. Aunque había un grupo de entusiastas -americanistas en cabeza de Rómulo Rozo-, que devolvían la mirada hacia el indigenismo, no eran mayoría.

También hubo artistas como Ignacio Gómez Jaramillo o Pedro Nel Gómez que quisieron hacer murales que emularan lo vivido en México reivindicando al pueblo, pero lo cierto es que no tuvieron la mejor aceptación del medio local. En su momento vieron lluvias de críticas desde la prensa, la academia e incluso los políticos.

Aunque en la década del treinta inició la República Liberal (1930-1946) esos tan ansiados cambios ideológicos no se dieron como los intelectuales hubieran esperado, a pesar de la amplitud de un programa que incluía "escuelas nocturnas para obreros, maestros ambulantes, radiodifusión educativa y cultural, cine nómada y bibliotecas aldeanas", mucho de esto inspirado por el ejemplo mexicano.

Si bien Alfonso López Pumarejo dejó constancia de su fascinación por los murales en una visita realizada a México y dijo que replicaría su ejemplo en Colombia, eso no ocurrió. Y cuando los conservadores regresaron al poder, tampoco hicieron del arte público una política.

Aunque varios colombianos viajaron al país azteca durante los años cuarenta para aprender las técnicas murales, como fue el caso de Gómez Jaramillo, Débora Arango, Julio Abril y Jorge Elías Triana, tuvieron  poca oportunidad para hacerlos en espacios públicos. Ignacio Gómez lo confesó en una entrevista: "Está perdiendo actualidad la revolución para los artistas y para el pueblo mexicano, los temas explotados actualmente no tienen tanta fuerza ni tanta 'mexicanidad'".

Él mismo fue víctima de esa pérdida de interés -censura dirán algunos- cuando en 1944, luego de haber realizado La revolución de los comuneros, un enorme mural en las paredes del Congreso, fue cubierto por el presidente de la IX Conferencia Panamericana, Laureano Gómez, "mientras se inauguraba en el Salón Elíptico del Congreso el fresco Bolívar en la Instalación del Congreso de Cúcuta realizado por Santiago Martínez Delgado", explica Cristina Lleras, curadora de las colecciones de arte e historia del Museo Nacional.

Fue así, una revolución sin una verdadera intención de cambio. Del poder del arte se sabía y todos quisieron sacar partido usándolo para sus diversos fines. Como lo advertiría Marta Traba décadas después, el pecado del muralismo fue supeditar el arte  a la política para hacer propaganda.

El mismo Carlos Correa, reconocido artista de esa temprana etapa del arte colombiano, dijo que aunque Pedro Nel Gómez hubiera podido "realizar el auténtico mural político-funcional-realista, precisamente allí está su gran sabiduría: en no exponer una obra gigantesca a las traicioneras vorágines de la política".

Con todo, el haber mirado a México como inspiración de un cambio continental que finalmente saldría reflejado en esa noción de la búsqueda de la identidad nacional fue tan importante como cuando en la década del setenta del siglo XIX llegó un mexicano ilustre llamado Felipe Santiago Gutiérrez para fundar la Escuela de Bellas Artes en Bogotá y así sentar las bases de un arte académico que muchas décadas después sería objeto de debate, pero sin duda un referente fundamental de las artes nacionales. Una historia que no hace más que reiterar el poderoso influjo de México en Colombia.

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