Un tigre ejemplar - El tigre blanco de Aravind Adiga, traducción de Santiago Rey

Los premios Man Booker de literatura inglesa, no son algo lejano para los colombianos. Al menos hasta hace unos años cuando empezaron a desfilar por Cartagena durante el Hay Festival algunos de los autores que se lo han ganado como Kiran Desai en 2006 y Anne Enright en 2007, ambas fascinantes en persona y no menos su escritura. Por eso, cuando vi en el catálogo de Random House Mondadori la publicación traducida de The white tiger del escritor indio Aravind Adiga, su ganador en 2008, no dudé un instante en leerlo.

Al finalizarlo, bueno mucho antes de eso, quedé convencida que los ganadores de este premio deben hacer una profunda radiografía social de su entorno y combinarla con la ironía que solo aquellos que tienen la fineza del humor pueden hacer, para mirarse a sí mismos y ver que allí, en ese contexto narrado, hay algo errado, endemoniado y malsano y sin embargo, imposible de dejar. Para ello, la sofisticación de la construcción de los personajes y de sus situaciones es necesaria.

Balram Halwai, su protagonista y que a bien se ha dado a llamar Tigre blanco -porque de tan escasos se hacen especímenes rarísimos-, nos entretiene durante siete noches con las cartas que le escribe durante sus noches de insomnio al Primer ministro chino que visitará proximamente su país. En ellas, le presenta ese país inmenso que es la India, maravilloso y devoto sí, pero también excluyente, miserable, corrupto e indigno. Pero no lo hace de manera panfletaria sino relatando su propia vida como un alegre trepador, con el olfato bien puesto para dar con la oportunidad de oro, leal hasta donde se pueda y sin miedo alguno a clavar la daga por la espalda para salvar su propio pellejo.

Las cartas, que por supuesto nunca le llegarán al Ministro, van soltando que su padre murió de tuberculosis esperando un turno de hospital pero que cuenta con el afecto de una abuela que lo que más quiere de él es su sueldo y una buena mujer que les brinde una dote generosa. Por años no contó con un nombre hasta que un profesor de escuela lo bautiza como Balram, más por quitarse un problema de encima que como muestra de compasión. Es más, un generoso funcionario electoral le puso la edad: 18 años, justo lo necesario para poder votar. De allí en adelante votará siempre... sin entrar nunca a una cabina y con el nombre de turno impuesto.

Pero tiene suerte. En Laxmangarh, gracias a su astucia no tendrá que heredar el puesto de conductor de rickshaw de su padre y podrá dar ese esperado salto social de manejar carro y ponerse uniforme para los ricos. ¡Y vivir en Nueva Delhi y ganarse 3.000 rupias! Eso es progreso. No importa que tenga que vivir en una ratonera húmeda y subterránea, con todos los otros sirvientes de los otros muchos ricos que sobornan a los ministros para que no les cobren tantos impuestos porque qué tal y en donde lo único que lo separa de las cucarachas sea un agujereado mosquitero. Eso es lo de menos pues esa ciudad sí le enseñará a sobrevivir bajo la ley del más fuerte. Adiós a la lealtad que tanto valoró en sus tiempos de inocencia... todo ahora será pasar por encima de todos, y allí matar será apenas un medio para llegar a un fin. Comprar a otros muchos, policía, funcionarios, competencia será otro paso para garantizar el éxito, esa es la mayor lección de sus jefes. Pues es un empresario exitoso en Bangalore, eso sí quién se lo va a negar, todo un Tigre. 

Por  Dominique Rodríguez Dalvard 

El tigre blanco
Aravind Adiga, traducción de Santiago Rey
Mondadori
297 págs.

Publicidad

VEA MÁS EN CULTURA