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Al hacer un rápido recorrido por las novedades de una librería en Bogotá, se podría llegar a concluir que todos, o casi todos los escritores colombianos, viven en la capital. O, para ser más precisos, buena parte de ellos viven cerca de la carrera séptima. Quizá encontremos una novela de un paisa o de una caleña, incluso de un cartagenero, pero esa es más la excepción que la norma.
Incluso en esos casos, estamos hablando de novelas escritas en ciudades, que cuentan lo que ocurre en ellas. Gracias a esta realidad, Bogotá se va construyendo como un imaginario en la mente de los lectores que se han asomado a las páginas de Roberto Rubiano, Julio Paredes, Mario Mendoza o Santiago Gamboa, para solo mencionar unos pocos. Del mismo modo nos hemos acercado a la Barranquilla carnavalera, a la Medellín sitiada por la violencia y a la Cali rumbera y compleja de la década pasada.
¿Pero cómo se escribe la selva, la sierra? ¿Cómo hace el llanero para pasar de la copla al relato? Algunas de estas respuestas nos las ha ido soltando RENATA, la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura. Con cuarenta talleres en todo el país, y con el apoyo de aliados como el Banco de la República, las Secretarías de Cultura, y algunas universidades, entre otros, RENATA reúne semanalmente a escritores regionales para entrar en ese ritual compartido donde se aprende escuchando los relatos ajenos y leyendo los propios.
En Cereté, por ejemplo, sus integrantes se congregan en la Casa Raúl Gómez Jattin. En los días de mayor temperatura, un puñado de hombres y mujeres se sientan a la sombra de un palo de mango, a orillas del río, a leer a Kavafis y a Rubén Darío. En el Valle de Sibundoy está Hugo Jamioy, de la etnia Kamsá, quien ha traído a una anciana de noventa y cuatro años cargada de collares y saberes a transmitir sus historias a los más pequeños, a través de un cuento que lleva la marca del alma de quien lo está contando. En Quibdó, el director de taller solía ser Eugenio Perea, escritor, gestor cultural y periodista. A la cita llegaba un grupo de niños, algunos de ellos sin zapatos, hambrientos, curiosos y cargados de historias.
Cada taller es un pequeño reflejo del entorno. Pero en todos hay constantes, como el rigor con que trabaja Víctor Bravo en la Guajira u Otto Gerardo Salazar en San José del Guaviare. Ese esfuerzo se traduce en relatos tan sutiles, agudos y dolorosos como Las botas de Lucho, de la escritora Blanca Ligia Suárez, quien a través de una madre que limpia las botas de su hijo desaparecido, construye desde el Guaviare una imagen contundente de la muerte.
Porque las historias hablan de todos los temas. La muerte, el amor, como siempre, que no es el mismo en Armenia que en El Banco, Magdalena, o por lo menos cambia de acento y de paisaje. Las mejores historias escritas en los talleres nacionales, se publican anualmente. Este año, treinta y tres autores aparecen en una antología editada por Hombre Nuevo Editores bajo el título de Este verde país. El libro, en el cual hay varios cuentos extraordinarios, tuvo una enorme acogida en las regiones.
Uno de los relatos seleccionados, "Granadillas y flores amarillas", de Holguer Alfredo Cruz, fue un Bestseller en Piedecuesta, Santander, municipio de donde es oriundo el autor, con noventa ejemplares vendidos. Si esto ocurre es porque también las zonas diferentes ala capital tienen una necesidad enorme de leerse a sí mismas, de mirarse en su propia literatura, una que hable su mismo lenguaje.
Aunque la gente lee y escribe en todos los departamentos del país, y en cientos de municipios, muchos de estos autores, al mismo tiempo lectores sedientos, no llegan a salir del pequeño grupo que conforman sus mejores amigos. Los libros tienen un largo viaje para recorrer en el desierto, en la montaña, en la selva. En el Chocó, la humedad es capaz de borrar las letras escritas en un papel de cuaderno en sólo cuatro días.