Poco antes de morir acosado por el terrible rigor de la tuberculosis Porfirio Barba Jacob escribía en una de sus cartas: "estoy en vísperas de una gran solemnidad en mi vida: la tranfiguración. -Y, sin embargo, pienso en mi poesía".
Si hay algo constante en la historia de Miguel Ángel Osorio (después llamado Maín Ximénez, Ricardo Arenales y Porfirio Barba Jacob), fue su entrega al arte y el coraje de vivir con perseverancia sus propias inconsistencias. Barba Jacob rechazó cualquier destino que no fuera el de la poesía y el de las rutas de su singularidad personal: se negó a seguir una carrera, a entregarse a un solo oficio, a vivir en un solo país, a soportar una sola ideología. Rechazó ese valor tan estimado en nuestra cultura que es la coherencia: la cual no mantuvo sino con su destino literario y con la urgencia de dejarse ser en los tumbos de su vida.
Nacido en Santa Rosa de Osos, Antioquia, en 1883, Barba Jacob creció con sus abuelos y tuvo una difícil relación con sus padres y con Colombia: familia y patria, dos de los símbolos más fuertes de nuestro territorio cultural en el joven siglo XX. Entre sus amigos, que lo recordaban con cariño y estremecimiento, Juan Bautista Jaramillo Meza relata que el poeta alguna vez le dijo: "Amigo mío, para ser hombre, pero en toda su plenitud, son necesarias dos cosas imperativas: odiar la patria y aborrecer a la madre". No es una sorpresa que con el filo -entonces peligroso- de palabras como esas fuera tildado de demoníaco, y al tiempo, que el furor con que eran pronunciadas y la revelación que perfilaban, hicieran también que al gran iconoclasta Barba Jacob se le admirara en la línea difusa del amor y del odio.
Este príncipe sombrío, como le decía Jaramillo, era portador de una arisca independencia, que lo hizo nómada y que, sin embargo, fue también una independencia turbia. Así, por ejemplo, siendo liberal, luchó en las filas conservadoras durante la Guerra de los Mil Días. Así, fue demócrata y trabajó para dos dictadores, Porfirio Díaz en México y Leguía en el Perú. Así, amó las comodidades y el lujo, pero también supo pasar hambre, andar descalzo y viajar en tercera cargando su maleta de versos, tres vestidos, y a Rafael Delgado, un muchachito mexicano a quien adoptó como su hijo.
Su nomadismo lo llevó primero al mar, desde Antioquia, y luego a México, Estados Unidos, a todos los países de América Central, y de vuelta a México en donde murió. Su intermitente estabilidad con los asuntos del mundo, y la oscilante política mexicana, que Barba Jacob sufrió de un presidente a otro, del exilio al retorno y de la cárcel a la libertad, lo pusieron en diferentes trabajos: recitales aquí, periodismo del bravo allá. Durmió en innumerables pensiones, comió en casas acogedoras de las que se iba sin despedirse, y también, cuando supo que tenía sífilis, acudió a la "saludable costumbre de internarse en los hospitales para no pagar hoteles" según lo narra Fernando Vallejo en El mensajero, la biografía que escribió sobre nuestro poeta.
Su obra literaria no es extensa. Es sonora e impresionante (otros dicen patética). Se compone de menos de cien poemas que "hay que desentrañar en la complejidad de sus emociones", según lo decía Barba Jacob, porque es "poesía para hechizados". Su obra periodística, en cambio, es el testimonio de su combate por la vida en un mundo que exigía la supervivencia, un universo a veces agrio para los hechizos, que, sin embargo, formó un importante periodista.
"He vivido", dijo en uno de sus poemas Barba Jacob. Y es verdad: con su vida supo decir esa cosa tremenda.
Por María José Montoya