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Hace tres años, cuando acababa de mandar a imprenta su libro La última vida del gato, Mauricio Vargas anunció a quien quisiera oírlo que empezaría a escribir la biografía de Antonio José de Sucre, y que titularía El mariscal que vivió de prisa.
"Va a terminar haciendo su autobiografía", le dije en ese entonces, en parte porque Vargas describía a Sucre como un cronista incansable, con magnífica memoria (como él mismo), pero también porque hacía más de veinte años que convivía con el fantasma del Mariscal, desde que su papá le regaló un libro que contenía la correspondencia entre Sucre y Bolívar.
La pasión que despertó este personaje en Vargas fue instantánea. Siempre lo maravilló la idea de un hombre que buscaba dejarlo todo, largarse, dedicarse a ver crecer a su hija y trabajar la tierra que heredó su esposa, y nunca pudo. "Eso les pareció tan sospechoso a los demás, que fue uno de los alicientes para matarlo", dice el autor.
Pero tanto desprendimiento no era del todo cierto. Es verdad que Sucre odiaba las labores administrativas, que aceptó a regañadientes la presidencia de Bolivia y que acataba -sin mucho entusiasmo- el deseo de Bolívar de que fuera su sucesor, pero al mismo tiempo disfrutaba como pocos su carrera militar y las glorias que ésta traía consigo. Cuando el Libertador lo nombró general al mando del ejército que liberaría al Perú, Sucre se quejó (como era su costumbre), pero no pudo ocultar la emoción que lo embargaba. Encantador y educado, Sucre gozaba no sólo el campo de batalla sino las prebendas de la victoria, y con frecuencia celebraba sus éxitos en la cama de una mujer, sin importar que fuera criolla o mulata, viuda o virgen, con tal de que fuera hermosa.
No podía ser, al fin y al cabo, tan diferente de su mentor, Bolívar, y a quien quiso con un amor de hijo. "Yo no sé qué sentimiento me arrastra -le confesó Sucre a Santander- a amar a este hombre de una manera tan excesiva como inexplicable". Inexplicable, sin duda, porque Bolívar fue un jefe voluble y extraño, que impartía órdenes desde lejos, muchas de esas en contravía con lo que Sucre pensaba. Por eso en sus cartas al Libertador, el Mariscal se queja, pelea, renuncia, vuelve a declararle su amor, le pide disculpas, le agradece, vuelve a quejarse y finalmente, como buen soldado, acata lo que se le ordena.
No me equivoqué del todo, pues, cuando le dije a Vargas que escribiría su autobiografía. Contó la historia de Sucre, cierto, pero por algo el Mariscal es su héroe. Ambos son vanidosos y adorables, ambos tienen una pasión de la que nunca desertaron (para Vargas es la escritura y para Sucre las batallas) y los dos han querido irse, perderse y escapar, siempre sin éxito y quién sabe cuántas veces con real convicción. Pero también, con este libro, Mauricio exorcisó a Sucre. "Enterré por fin al Mariscal", me dijo con un nudo en la garganta cuando envió el manuscrito a la imprenta. "Después de tantos años, ya no es mío".
Es cierto que fue suyo. Lo fue tanto que viajó muchas veces recorriendo sus pasos, y que se los aprendió con tanta precisión que una vez, estando en Ayacucho, un guía turístico se le acercó para contarle cómo había sido la batalla. "Se sabía una batalla de cartilla, muy equivocada -dice Vargas-. Empecé a corregirlo pero desistí. Él estaba feliz con su batalla y yo recorrí la pampa durante hora y media para pararme donde estaban los realistas, donde estaban los patriotas, en la quebrada que definió la batalla...".Y durante cada viaje llamaba a un amigo, un cómplice que compartía su pasión, y le contaba dónde estaba exactamente y qué veía, con una felicidad que se podía casi palpar.
Sus investigaciones no sólo incluyeron, sin embargo, las batallas. Estudió el lenguaje de la época y sobre todo los refranes del siglo XVIII y, ayudado por un libro que le regaló su novia, María Utrilla, que, al ser bilbaína "es un refranero ambulante", hizo un texto que rescata con primor los dichos de la época y le pone una dosis de humor a la tragedia que es la historia del Mariscal, que termina a sus 35 años, cuando es asesinado mientras va camino a Ecuador a vivir una vida pacífica junto a su esposa y a su hija de 11 meses.
A pesar de su corta edad, no era un hombre joven. Había perdido a dos hermanas ahogadas en un naufragio, a tres hermanos asesinados por los realistas y a su hermanita, Magdalena, que se tiró del balcón cuando los soldados españoles entraron en su casa a violarla. Había peleado en incontables batallas y la vida a la intemperie le había dejado los pulmones irremediablemente destrozados. Tenía cicatrices de guerra -amén de caídas de caballo-. Pero sin duda lo peor era que, a sus 35 años, Sucre partía a su casa, derrotado por el congreso colombiano, con la certeza de que no vería más al Libertador (que iba hacia el exilio) y con la tristeza que da el saberse odiado luego de tantas alabanzas que había recibido en su vida.