Lea un fragmento de Autogol, de Ricardo Silva Romero

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Editorial Alfaguara.

(...) Yo recuerdo esa época sin neblinas ni sombras. Ya era 1975. La inflación del país era altísima, las taquillas de los estadios eran paupérrimas, los patrocinadores de los equipos no aparecían por ninguna parte. Acababan de clavarnos un impuesto de renta del cuarenta por ciento. Y un tributo del doce por ciento por remesas al exterior. Y como los números de casi todos los clubes estaban en rojo, como el dilema era acabar el torneo o recibir un dinero que no era más sucio que cualquier dinero, los en ese entonces benefactores del balompié criollo se vieron obligados a acudir a las fortunas emergentes de los comisionistas de bolsa, los políticos amigos de la mafia y los traficantes de droga: había que sobreaguar la crisis como fuera.

Fue culpa de los angustiados dirigentes de ese entonces. Yo siempre le decía a la gente que me ponía el tema: "¿eso sí para qué los llamaron?", "¿qué querían: que les dieran millones de millones de dólares sin recibir nada a cambio?", "¿que les gustara que los negaran después de rescatarles sus equipos del infierno económico?".

Así fue. Los cabecillas del fútbol colombiano acudieron a los empresarios de la droga. Y los hermanos Rodríguez Orejuela, jefes del cartel de Cali, empezaron a verse hombro a hombro con los notables de la ciudad desde que consiguieron tomar las riendas de la junta directiva del América. Y a "El Patrón" Pablo Escobar Gaviria, al que vi con estos ojos que se han de comer los gusanos hacer un saque de honor (no sabíamos todavía que era semejante capo) en la lujosa cancha de un barrio populoso de Medellín, comenzó a vinculársele con el equipo que más triunfos obtuvo en los ochenta: el mismo cuadro verdolaga, Atlético Nacional, que durante tanto tiempo le perteneció a un lavador de dólares que fue el primer hombre de la familia del fútbol extraditado a los Estados Unidos: un señor de apellidos Botero Moreno.

Las cabezas del Deportivo Independiente Medellín le pidieron a una serie de accionistas venidos de la delincuencia que enfriaran el apuro económico en el que estaba el equipo a punta de dineros calientes. Los cesantes dirigentes del Independiente Santa Fe invitaron a gente como el esmeraldero Fernando Carrillo Vallejo o el traficante bugueño Phanor Arizabaleta Arzayus a apoderarse de una vez de todas las acciones de la institución. Los señores del Deportes Tolima le rogaron lo mismo al perseguido José Manuel "El Cabezón" Cruz Aguirre. Y mientras eso, mientras caían uno por uno como infectados por un virus que se habían buscado solos, mientras el dudoso Octavio Piedrahita Tabares se quedaba con el Deportivo Pereira, al tiempo que algunos personajes de la familia Dávila, presuntos artífices de la bonanza de la mariguana, compraban de un solo golpe el Unión Magdalena, todos los conocidos de uno tenían algo que ver con la mafia.

Siempre adoré a Millonarios en secreto pero este es el lugar para decir la verdad. Por eso me atrevo a contar que por ahí, en unos de mis cajones privados, sigo guardando una fotocopia borrosa del acta que consigna lo sucedido en la acalorada junta directiva del cuadro albiazul que se llevó a cabo el 5 de julio de 1982: en una sección que lleva el título de Lista de colocación de derechos se puede leer "se registra que de los $25.000.000 recibidos, como primera cuota de los nuevos socios, se expidió credencial provisional así: a favor del señor Édmer Tamayo Marín la cantidad de 750 derechos por valor de $15.000.000 a razón de $20.000 cada uno y al señor Gonzalo Rodríguez Gacha la cantidad de 500 derechos por valor de $10.000.000". 

Y eso es todo. No tengo nada que agregar al respecto. Prefiero decir que en el reportaje amarillista que mi hijo estaba viendo, en uno de los tantos canales borrosos de la parabólica, el narrador de voz melodiosa se atrevió a decir que los comentaristas deportivos habíamos sido los primeros en jugarles el juego a los mafiosos: que nos habíamos dedicado a servirles lo mejor que habíamos podido: a promocionarles sus escuadras, a mitificarles sus jugadores, a lavarles sus nombres como ellos lavaban sus fondos.
Fue entonces cuando el locutor anónimo dijo mi nombre con la voz más clara que pudo: dijo "el desaparecido Pepe Calderón Tovar" al final de una lista de los colegas de la prensa, la radio o la televisión que no le vieron lío a hacerles favores a los nuevos amos del fútbol del país. Asociaron mi extravío de la jornada pasada con mis supuestos nexos oscuros con los "peligrosos" hombres de los carteles.

"Me dolió que te trataran en la televisión de alcahueta de los narcos", me dijo mi hijo Jorge Alberto cuando por fin pudo mirarme a la cara, "pero también me dio rabia, porque no sabía bien qué pensar, que me estuvieras ocultando tantas cosas". Digámonos las verdades sin respingar: mi hijo me odió porque necesitaba plata para sostener a sus dos mujeres, porque se dio cuenta de que su papá habría podido ser un hombre con dinero si hubiera querido, porque se le pasó por la mente la pregunta "¿por qué este señor que me tocó aguantarme como padre se dejó manosear por los mafiosos, pero no fue capaz de sacarnos adelante?". Sé que era un momento difícil. Sé que lo normal es sentirse traicionado por los demás. Nunca le he guardado rencor por eso a ninguno de mis niños.

El documental se centró, después de enlodarnos de los pies a la cabeza, en los principales titulares de la prensa sensacionalista de esa nueva "era dorada" del fútbol de acá: el narrador de acento neutro citó el día en que el ministro Lara Bonilla se atrevió a denunciar la presencia del dinero mafioso en los equipos colombianos, el viernes 16 de diciembre de 1983, sin imaginar que pronto se convertiría en el primer hombre visible asesinado por los narcos; denunció la vista gorda que asumieron los investigadores de los cuatro gobiernos de esos años; los disparos de revólver tras aquel partido que Nacional le empató a América; el partido que el juez central Lucho Gil se negó a dar por terminado (concedió 13 minutos de reposición: dejó que un tiempo durara 58 minutos) hasta que Santa Fe le ganara a Quindío; el secuestro breve pero contundente del pobre árbitro Armandito Pérez; el asesinato tremebundo del árbitro cartagenero Álvaro Ortega, en la Medellín de octubre de 1989, a unos pocos pasos del hotel Nutibara; la sordidez en la que terminaba todo lo que tuviera que ver con el gremio de las apuestas; esas reuniones de la Dimayor, la división mayor del futbol colombiano, que parecían cumbres de los verdaderos dueños del país; aquellas tardes en las que el arquero René Higuita y el volante de marca Leonel Álvarez iban a visitar a su amigo, Pablo Escobar, en la cárcel de lujo que el gobierno le había dejado montar al capo con tal de que no pusiera bombas en aviones; la forma como los siete años de triunfos de la brillante selección de Francisco Maturana lograron cuantiosas inversiones de empresarios despiadados que, por meras cuestiones de la suerte, sí podían salir en las páginas sociales de las revistas; la manera como esos aportes legales hicieron olvidar que la liga colombiana había sobrevivido gracias a una manada de hombres que habían hecho sus fortunas a punta de negocios que indignaban a los más hipócritas del mundo.

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