Lea un fragmento de Autogol, de Ricardo Silva Romero

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Entonces, una vez más, aparecía en la pantalla la desgracia de los infortunados colegas que se convirtieron en publicistas de los verdaderos dueños del balón. Y ahí estaba Pepe Calderón Tovar, ahí estaba este que he sido porque fue el que me tocó ser, como otro ejemplo de la nefasta influencia de los dineros mal habidos en el balompié criollo.

Yo, el gordo Pepe Calderón Tovar, locutor de voz profunda que llevaba siempre un lápiz en la oreja, comentarista popular entre los radioescuchas menos escuchados, andaba perdido en alguna parte de Colombia después de años de recibir regalos de los dirigentes ilegales, después de años de apostarles millones de pesos a los partidos seguros e inventarme futbolistas maravillosos en donde solo había esclavos comprados por dos pesos por esos comerciantes descarnados. La voz en off lamentaba que la ambición desmedida me hubiera llevado a ser "una vergüenza humana". Aseguraba, sin fijarse en el contrasentido, que me perseguían las autoridades competentes. Decía que yo no aparecía porque tenía deudas impagables en el sórdido mundo de las apuestas. Pero nada de ello era cierto.

Tengan en cuenta esto que sigue siempre que les lleguen rumores perversos de las cosas que me han pasado en la vida: todo lo que les digan sobre mí es mentira (...).  

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