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Es imposible olvidar el miércoles 22 de junio de 1994. Eran las cinco y nueve de la tarde en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles. Minuto 33, primer tiempo. Mundial de Fútbol de Estados Unidos. Colombia, inflada por haber clasificado con un cinco a cero memorable frente a la orgullosa Argentina, creía que lo tenía ganado. Pero no. En la primera ronda, frente al equipo local, perdió por su prepotencia, pero también por el autogol que le propinó Andrés Escobar Saldarriaga a su propio arquero, Óscar Córdoba. Con eso, el delantero selló su muerte, que vendría apenas unos días después, el 2 de julio, en su ciudad natal: Medellín. En pleno mundial hubo un minuto de silencio.
Quince años después del asesinato, el escritor Ricardo Silva Romero (Bogotá, 1975) ha publicado Autogol, su sexto libro, donde reconstruye cada segundo de ese nefasto mundial para demostrar la decadencia social que vivía el país en ese momento, cuando la mafia campeaba en el deporte y la política. Pero lo hace desde la literatura, por medio de un personaje imaginario, Pepe 'el Gordo' Calderón Tovar, un locutor rechoncho, dotado de la labia refinada e imaginativa propia de su gremio, quien ese día, por el shock del autogol, pierde la voz para el resto de su vida. Por ello decide matar a Andrés Escobar Saldarriaga.
En una mezcla de investigación periodística e imaginación, Silva Romero recoge los testimonios de reconocidos expertos del deporte -Iván Mejía Álvarez, Hernán Peláez, Eduardo Arias, Fernando Araújo y otros tantos-, quienes con su imaginación recrean la vida de Pepe Calderón: lo introducen en sus recuerdos, le crean un vocabulario propio, le dibujan sus rasgos, le dan un pasado en diversos medios de comunicación y le dan su pésame en vida por su voz perdida. Hasta Carlos 'el Pibe' Valderrama y Francisco Maturana participan en la charada, que es, a fin de cuentas, una radiografía de país.
La novela se convierte así en una crónica de la historia reciente del país desde la excusa más popular del universo: el fútbol. Ese fenómeno social que según el libro Pena Máxima: Juicio al fútbol colombiano, de Fernando Araújo, "ha sido aprovechado desde los años treinta por políticos, empresarios y demás para demostrar superioridad, pues el fútbol entrega resultados inmediatos".
Líneas de fútbol
Autogol es una nueva muestra de que el fútbol también despierta pasiones literarias. No de otra manera se explica el centenar de libros, canciones y películas dedicados al astro argentino Diego Maradona, o que el miedo al penalti sea un tema de inspiración para una pluma versada, o que las bibliotecas estén atiborradas de libros sobre el balón y la política. La cancha es una gran metáfora de los seres humanos.
En El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano reconoce: "Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, hay un estrépito tremendo". El pensador uruguayo demuestra la contradicción de conservadores e intelectuales de izquierda. Los primeros, cuando piensan que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece y que saca su instinto animal; los otros, cuando afirman que es puro pan y circo que desvía la atención revolucionaria. Pero a la hora del té, cuando nació el club Argentinos Juniors -cuyo nombre original fue Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo-, pocos fueron capaces de volver a criticar al deporte como anestesia social y se dedicaron a disfrutarlo como hacía el resto del universo.
Y es que el fútbol ha dado para que los autores encuentren el escenario perfecto para explicar de qué forma se vive la gloria o el fracaso, como hace el argentino Osvaldo Soriano en Arqueros, ilusionistas y goleadores, donde además ha narrado de forma impecable partidos jugados en la Patagonia, en Europa durante la Segunda Guerra, e incluso uno cuyo árbitro es el ex presidente Juan Domingo Perón.
Bien lo dice el escritor mexicano Juan Villoro, autor de Dios es redondo, cuando dice que es tan entrañable la cosa con el balón, que la gente lleva sus supersticiones al estadio y una buena jugada le significa "una recompensa del destino que confirma que valió la pena creer en el equipo". Pero para Villoro también el fútbol es el escenario donde afloran "lacras", donde el público saca sus trapitos al sol, con violencia, racismo y xenofobia, "porque es un espejo de la sociedad y no deja de reflejar sus problemas".