Julio 1 de 2009

Rueda la pluma, rueda el balón

La nueva novela de Ricardo Silva Romero, 'Autogol', recuerda que el fútbol es también una pasión para la literatura.

Lea un fragmento al final del artículo.

Es imposible olvidar el miércoles 22 de junio de 1994. Eran las cinco y nueve de la tarde en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles. Minuto 33, primer tiempo. Mundial de Fútbol de Estados Unidos. Colombia, inflada por haber clasificado con un cinco a cero memorable frente a la orgullosa Argentina, creía que lo tenía ganado. Pero no. En la primera ronda, frente al equipo local, perdió por su prepotencia, pero también por el autogol que le propinó Andrés Escobar Saldarriaga a su propio arquero, Óscar Córdoba. Con eso, el delantero selló su muerte, que vendría apenas unos días después, el 2 de julio, en su ciudad natal: Medellín. En pleno mundial hubo un minuto de silencio.

Quince años después del asesinato, el escritor Ricardo Silva Romero (Bogotá, 1975) ha publicado Autogol, su sexto libro, donde reconstruye cada segundo de ese nefasto mundial para demostrar la decadencia social que vivía el país en ese momento, cuando la mafia campeaba en el deporte y la política. Pero lo hace desde la literatura, por medio de un personaje imaginario, Pepe 'el Gordo' Calderón Tovar, un locutor rechoncho, dotado de la labia refinada e imaginativa propia de su gremio, quien ese día, por el shock del autogol, pierde la voz para el resto de su vida. Por ello decide matar a Andrés Escobar Saldarriaga.

En una mezcla de investigación periodística e imaginación, Silva Romero recoge los testimonios de reconocidos expertos del deporte -Iván Mejía Álvarez, Hernán Peláez, Eduardo Arias, Fernando Araújo y otros tantos-, quienes con su imaginación recrean la vida de Pepe Calderón: lo introducen en sus recuerdos, le crean un vocabulario propio, le dibujan sus rasgos, le dan un pasado en diversos medios de comunicación y le dan su pésame en vida por su voz perdida. Hasta Carlos 'el Pibe' Valderrama y Francisco Maturana participan en la charada, que es, a fin de cuentas, una radiografía de país.

La novela se convierte así en una crónica de la historia reciente del país desde la excusa más popular del universo: el fútbol. Ese fenómeno social que según el libro Pena Máxima: Juicio al fútbol colombiano, de Fernando Araújo, "ha sido aprovechado desde los años treinta por políticos, empresarios y demás para demostrar superioridad, pues el fútbol entrega resultados inmediatos".

Líneas de fútbol

Autogol es una nueva muestra de que el fútbol también despierta pasiones literarias. No de otra manera se explica el centenar de libros, canciones y películas dedicados al astro argentino Diego Maradona, o que el miedo al penalti sea un tema de inspiración para una pluma versada, o que las bibliotecas estén atiborradas de libros sobre el balón y la política. La cancha es una gran metáfora de los seres humanos.

En El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano reconoce: "Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, hay un estrépito tremendo". El pensador uruguayo demuestra la contradicción de conservadores e intelectuales de izquierda. Los primeros, cuando piensan que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece y que saca su instinto animal; los otros, cuando afirman que es puro pan y circo que desvía la atención revolucionaria. Pero a la hora del té, cuando nació el club Argentinos Juniors -cuyo nombre original fue Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo-, pocos fueron capaces de volver a criticar al deporte como anestesia social y se dedicaron a disfrutarlo como hacía el resto del universo.

Y es que el fútbol ha dado para que los autores encuentren el escenario perfecto para explicar de qué forma se vive la gloria o el fracaso, como hace el argentino Osvaldo Soriano en Arqueros, ilusionistas y goleadores, donde además ha narrado de forma impecable partidos jugados en la Patagonia, en Europa durante la Segunda Guerra, e incluso uno cuyo árbitro es el ex presidente Juan Domingo Perón.

Bien lo dice el escritor mexicano Juan Villoro, autor de Dios es redondo, cuando dice que es tan entrañable la cosa con el balón, que la gente lleva sus supersticiones al estadio y una buena jugada le significa "una recompensa del destino que confirma que valió la pena creer en el equipo". Pero para Villoro también el fútbol es el escenario donde afloran "lacras", donde el público saca sus trapitos al sol, con violencia, racismo y xenofobia, "porque es un espejo de la sociedad y no deja de reflejar sus problemas".

Por su parte, el hincha, ese espectador que puede dejar de hacer cualquier cosa con tal de ver el partido, es descrito magistralmente por Roberto Fontanarrosa en Puro fútbol: todos sus cuentos de fútbol y por Nick Hornby en Fiebre en las gradas. Ambos, dispuestos a dejar de salir de un cuarto de hotel en la París primaveral o de ir a una boda porque el Arsenal o el Rosario Central juegan, describen qué es eso tan incomprensible que rodea a la obsesión del seguidor.

Algo que retoma Silva Romero: "En los libros de fútbol se ve quiénes somos: una raza de mirones, como se dice en La ventana indiscreta, que hace todo lo que está a su alcance para escapar de la realidad. Una contradicción con patas".

A pesar de la cantidad de ángulos que han sido explorados, aún queda mucho por escribir sobre las canchas. Por ejemplo, para el comentarista deportivo César Augusto Londoño falta por contar la historia negra del fútbol, "la de los árbitros que resuelven resultados; jugadores que venden profesionalismo y responsabilidad; técnicos, empresarios y dirigentes que se lucran del fútbol, y periodistas que favorecen intereses oscuros".

Porque a pesar de que un partido puede dormir la conciencia por un rato, tiene un pitazo final que demuestra que el sueño se acaba, o la pesadilla comienza.

Biblioteca futbolera básica

La guerra del fútbol y otros reportajes
Ryszard Kapuscinski.

Puro fútbol: todos sus cuentos de fútbol
Roberto Fontanarrosa.

El fútbol a sol y sombra
Eduardo Galeano.

Salvajes y sentimentales, letras de fútbol
Javier Marías.

Dios es redondo
Juan Villoro.

FRAGMENTO DE AUTOGOL,
De Ricardo Silva Romero
Editorial Alfaguara.

(...) Yo recuerdo esa época sin neblinas ni sombras. Ya era 1975. La inflación del país era altísima, las taquillas de los estadios eran paupérrimas, los patrocinadores de los equipos no aparecían por ninguna parte. Acababan de clavarnos un impuesto de renta del cuarenta por ciento. Y un tributo del doce por ciento por remesas al exterior. Y como los números de casi todos los clubes estaban en rojo, como el dilema era acabar el torneo o recibir un dinero que no era más sucio que cualquier dinero, los en ese entonces benefactores del balompié criollo se vieron obligados a acudir a las fortunas emergentes de los comisionistas de bolsa, los políticos amigos de la mafia y los traficantes de droga: había que sobreaguar la crisis como fuera.

Fue culpa de los angustiados dirigentes de ese entonces. Yo siempre le decía a la gente que me ponía el tema: "¿eso sí para qué los llamaron?", "¿qué querían: que les dieran millones de millones de dólares sin recibir nada a cambio?", "¿que les gustara que los negaran después de rescatarles sus equipos del infierno económico?".

Así fue. Los cabecillas del fútbol colombiano acudieron a los empresarios de la droga. Y los hermanos Rodríguez Orejuela, jefes del cartel de Cali, empezaron a verse hombro a hombro con los notables de la ciudad desde que consiguieron tomar las riendas de la junta directiva del América. Y a "El Patrón" Pablo Escobar Gaviria, al que vi con estos ojos que se han de comer los gusanos hacer un saque de honor (no sabíamos todavía que era semejante capo) en la lujosa cancha de un barrio populoso de Medellín, comenzó a vinculársele con el equipo que más triunfos obtuvo en los ochenta: el mismo cuadro verdolaga, Atlético Nacional, que durante tanto tiempo le perteneció a un lavador de dólares que fue el primer hombre de la familia del fútbol extraditado a los Estados Unidos: un señor de apellidos Botero Moreno.

Las cabezas del Deportivo Independiente Medellín le pidieron a una serie de accionistas venidos de la delincuencia que enfriaran el apuro económico en el que estaba el equipo a punta de dineros calientes. Los cesantes dirigentes del Independiente Santa Fe invitaron a gente como el esmeraldero Fernando Carrillo Vallejo o el traficante bugueño Phanor Arizabaleta Arzayus a apoderarse de una vez de todas las acciones de la institución. Los señores del Deportes Tolima le rogaron lo mismo al perseguido José Manuel "El Cabezón" Cruz Aguirre. Y mientras eso, mientras caían uno por uno como infectados por un virus que se habían buscado solos, mientras el dudoso Octavio Piedrahita Tabares se quedaba con el Deportivo Pereira, al tiempo que algunos personajes de la familia Dávila, presuntos artífices de la bonanza de la mariguana, compraban de un solo golpe el Unión Magdalena, todos los conocidos de uno tenían algo que ver con la mafia.

Siempre adoré a Millonarios en secreto pero este es el lugar para decir la verdad. Por eso me atrevo a contar que por ahí, en unos de mis cajones privados, sigo guardando una fotocopia borrosa del acta que consigna lo sucedido en la acalorada junta directiva del cuadro albiazul que se llevó a cabo el 5 de julio de 1982: en una sección que lleva el título de Lista de colocación de derechos se puede leer "se registra que de los $25.000.000 recibidos, como primera cuota de los nuevos socios, se expidió credencial provisional así: a favor del señor Édmer Tamayo Marín la cantidad de 750 derechos por valor de $15.000.000 a razón de $20.000 cada uno y al señor Gonzalo Rodríguez Gacha la cantidad de 500 derechos por valor de $10.000.000".

Y eso es todo. No tengo nada que agregar al respecto. Prefiero decir que en el reportaje amarillista que mi hijo estaba viendo, en uno de los tantos canales borrosos de la parabólica, el narrador de voz melodiosa se atrevió a decir que los comentaristas deportivos habíamos sido los primeros en jugarles el juego a los mafiosos: que nos habíamos dedicado a servirles lo mejor que habíamos podido: a promocionarles sus escuadras, a mitificarles sus jugadores, a lavarles sus nombres como ellos lavaban sus fondos.
Fue entonces cuando el locutor anónimo dijo mi nombre con la voz más clara que pudo: dijo "el desaparecido Pepe Calderón Tovar" al final de una lista de los colegas de la prensa, la radio o la televisión que no le vieron lío a hacerles favores a los nuevos amos del fútbol del país. Asociaron mi extravío de la jornada pasada con mis supuestos nexos oscuros con los "peligrosos" hombres de los carteles.

"Me dolió que te trataran en la televisión de alcahueta de los narcos", me dijo mi hijo Jorge Alberto cuando por fin pudo mirarme a la cara, "pero también me dio rabia, porque no sabía bien qué pensar, que me estuvieras ocultando tantas cosas". Digámonos las verdades sin respingar: mi hijo me odió porque necesitaba plata para sostener a sus dos mujeres, porque se dio cuenta de que su papá habría podido ser un hombre con dinero si hubiera querido, porque se le pasó por la mente la pregunta "¿por qué este señor que me tocó aguantarme como padre se dejó manosear por los mafiosos, pero no fue capaz de sacarnos adelante?". Sé que era un momento difícil. Sé que lo normal es sentirse traicionado por los demás. Nunca le he guardado rencor por eso a ninguno de mis niños.

El documental se centró, después de enlodarnos de los pies a la cabeza, en los principales titulares de la prensa sensacionalista de esa nueva "era dorada" del fútbol de acá: el narrador de acento neutro citó el día en que el ministro Lara Bonilla se atrevió a denunciar la presencia del dinero mafioso en los equipos colombianos, el viernes 16 de diciembre de 1983, sin imaginar que pronto se convertiría en el primer hombre visible asesinado por los narcos; denunció la vista gorda que asumieron los investigadores de los cuatro gobiernos de esos años; los disparos de revólver tras aquel partido que Nacional le empató a América; el partido que el juez central Lucho Gil se negó a dar por terminado (concedió 13 minutos de reposición: dejó que un tiempo durara 58 minutos) hasta que Santa Fe le ganara a Quindío; el secuestro breve pero contundente del pobre árbitro Armandito Pérez; el asesinato tremebundo del árbitro cartagenero Álvaro Ortega, en la Medellín de octubre de 1989, a unos pocos pasos del hotel Nutibara; la sordidez en la que terminaba todo lo que tuviera que ver con el gremio de las apuestas; esas reuniones de la Dimayor, la división mayor del futbol colombiano, que parecían cumbres de los verdaderos dueños del país; aquellas tardes en las que el arquero René Higuita y el volante de marca Leonel Álvarez iban a visitar a su amigo, Pablo Escobar, en la cárcel de lujo que el gobierno le había dejado montar al capo con tal de que no pusiera bombas en aviones; la forma como los siete años de triunfos de la brillante selección de Francisco Maturana lograron cuantiosas inversiones de empresarios despiadados que, por meras cuestiones de la suerte, sí podían salir en las páginas sociales de las revistas; la manera como esos aportes legales hicieron olvidar que la liga colombiana había sobrevivido gracias a una manada de hombres que habían hecho sus fortunas a punta de negocios que indignaban a los más hipócritas del mundo.

Entonces, una vez más, aparecía en la pantalla la desgracia de los infortunados colegas que se convirtieron en publicistas de los verdaderos dueños del balón. Y ahí estaba Pepe Calderón Tovar, ahí estaba este que he sido porque fue el que me tocó ser, como otro ejemplo de la nefasta influencia de los dineros mal habidos en el balompié criollo.

Yo, el gordo Pepe Calderón Tovar, locutor de voz profunda que llevaba siempre un lápiz en la oreja, comentarista popular entre los radioescuchas menos escuchados, andaba perdido en alguna parte de Colombia después de años de recibir regalos de los dirigentes ilegales, después de años de apostarles millones de pesos a los partidos seguros e inventarme futbolistas maravillosos en donde solo había esclavos comprados por dos pesos por esos comerciantes descarnados. La voz en off lamentaba que la ambición desmedida me hubiera llevado a ser "una vergüenza humana". Aseguraba, sin fijarse en el contrasentido, que me perseguían las autoridades competentes. Decía que yo no aparecía porque tenía deudas impagables en el sórdido mundo de las apuestas. Pero nada de ello era cierto.

Tengan en cuenta esto que sigue siempre que les lleguen rumores perversos de las cosas que me han pasado en la vida: todo lo que les digan sobre mí es mentira (...).

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