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"Me dolió que te trataran en la televisión de alcahueta de los narcos", me dijo mi hijo Jorge Alberto cuando por fin pudo mirarme a la cara, "pero también me dio rabia, porque no sabía bien qué pensar, que me estuvieras ocultando tantas cosas". Digámonos las verdades sin respingar: mi hijo me odió porque necesitaba plata para sostener a sus dos mujeres, porque se dio cuenta de que su papá habría podido ser un hombre con dinero si hubiera querido, porque se le pasó por la mente la pregunta "¿por qué este señor que me tocó aguantarme como padre se dejó manosear por los mafiosos, pero no fue capaz de sacarnos adelante?". Sé que era un momento difícil. Sé que lo normal es sentirse traicionado por los demás. Nunca le he guardado rencor por eso a ninguno de mis niños.
El documental se centró, después de enlodarnos de los pies a la cabeza, en los principales titulares de la prensa sensacionalista de esa nueva "era dorada" del fútbol de acá: el narrador de acento neutro citó el día en que el ministro Lara Bonilla se atrevió a denunciar la presencia del dinero mafioso en los equipos colombianos, el viernes 16 de diciembre de 1983, sin imaginar que pronto se convertiría en el primer hombre visible asesinado por los narcos; denunció la vista gorda que asumieron los investigadores de los cuatro gobiernos de esos años; los disparos de revólver tras aquel partido que Nacional le empató a América; el partido que el juez central Lucho Gil se negó a dar por terminado (concedió 13 minutos de reposición: dejó que un tiempo durara 58 minutos) hasta que Santa Fe le ganara a Quindío; el secuestro breve pero contundente del pobre árbitro Armandito Pérez; el asesinato tremebundo del árbitro cartagenero Álvaro Ortega, en la Medellín de octubre de 1989, a unos pocos pasos del hotel Nutibara; la sordidez en la que terminaba todo lo que tuviera que ver con el gremio de las apuestas; esas reuniones de la Dimayor, la división mayor del futbol colombiano, que parecían cumbres de los verdaderos dueños del país; aquellas tardes en las que el arquero René Higuita y el volante de marca Leonel Álvarez iban a visitar a su amigo, Pablo Escobar, en la cárcel de lujo que el gobierno le había dejado montar al capo con tal de que no pusiera bombas en aviones; la forma como los siete años de triunfos de la brillante selección de Francisco Maturana lograron cuantiosas inversiones de empresarios despiadados que, por meras cuestiones de la suerte, sí podían salir en las páginas sociales de las revistas; la manera como esos aportes legales hicieron olvidar que la liga colombiana había sobrevivido gracias a una manada de hombres que habían hecho sus fortunas a punta de negocios que indignaban a los más hipócritas del mundo.
Entonces, una vez más, aparecía en la pantalla la desgracia de los infortunados colegas que se convirtieron en publicistas de los verdaderos dueños del balón. Y ahí estaba Pepe Calderón Tovar, ahí estaba este que he sido porque fue el que me tocó ser, como otro ejemplo de la nefasta influencia de los dineros mal habidos en el balompié criollo.
Yo, el gordo Pepe Calderón Tovar, locutor de voz profunda que llevaba siempre un lápiz en la oreja, comentarista popular entre los radioescuchas menos escuchados, andaba perdido en alguna parte de Colombia después de años de recibir regalos de los dirigentes ilegales, después de años de apostarles millones de pesos a los partidos seguros e inventarme futbolistas maravillosos en donde solo había esclavos comprados por dos pesos por esos comerciantes descarnados. La voz en off lamentaba que la ambición desmedida me hubiera llevado a ser "una vergüenza humana". Aseguraba, sin fijarse en el contrasentido, que me perseguían las autoridades competentes. Decía que yo no aparecía porque tenía deudas impagables en el sórdido mundo de las apuestas. Pero nada de ello era cierto.
Tengan en cuenta esto que sigue siempre que les lleguen rumores perversos de las cosas que me han pasado en la vida: todo lo que les digan sobre mí es mentira (...).