Junio 17 de 2009

'Las certezas son para los fanáticos', Juan Gabriel Vásquez

El escritor bogotano revela su faceta como lector en 17 ensayos compilados en 'El arte de la distorsión', donde revela la particular lectura que ha hecho a varios de sus autores favoritos.

La lectura de Cien años de soledad como si se tratara de una novela histórica; la trayectoria autobiográfica del escritor norteamericano Philip Roth; la presencia, o la ausencia, de la política dentro de la narrativa colombiana; la aguda crisis de la crítica literaria en el ámbito local; las justificaciones para lanzar la bomba atómica en Hiroshima; las virtudes escondidas del cuento como género; las diversas confrontaciones que ha suscitado la lectura anglosajona del Quijote...

Después de sus aclamadas novelas 'Los informantes' e 'Historia secreta de Costaguana', el escritor bogotano Juan Gabriel Vásquez (1973) presenta un libro con 17 ensayos donde revela la particular lectura que ha hecho a varios de sus autores favoritos.

¿Cuáles son las cualidades que debería tener un gran ensayista, y las que a usted más lo seducen?

Juan Villoro dice que ensayar es leer en compañía. Un gran ensayista es un explorador de territorios más o menos desconocidos: nos invita a acompañarlo en sus descubrimientos, es capaz de convertir al lector en cómplice de sus lecturas. Alguien decía que el ensayo es como un relato policial donde, en vez de descubrir al asesino, se trata de descubrir una idea. Pero claro, el buen ensayista debe ser al mismo tiempo cortés con el experto en el tema y con el recién llegado, con el iniciado y el aficionado. Borges lo era, por ejemplo. Parte de la gratitud que le tenemos los lectores se debe a lo que nos descubrió.

Philip Roth dice que la lectura de novelas produce un placer profundo y singular. ¿Es posible aplicar esa definición a la lectura de un libro de ensayos?

Bueno, él quería decir que leer novelas es un placer que no requiere justificación: leemos novelas sin saber muy bien qué sacamos de ellas, solo por la satisfacción misteriosa que nos dan. Yo creo que las satisfacciones que da el ensayo son menos misteriosas y más aparentes: el juego de las ideas, la sorpresa de llegar a una conclusión inesperada por caminos previsibles, o simplemente el placer de que alguien nos sirva de guía por un buen libro o por una idea interesante. En todo caso, es por eso que yo leo a mis ensayistas favoritos, desde el Dr. Johnson hasta Orwell.

¿No le parece extraño que en el mundo actual, donde no hay tiempo para casi nada, el público siga prefiriendo  la lectura de novelas en lugar de cuentos?

Sí, yo también me he preguntado el porqué. Pero en el fondo no es sorprendente: el cuento tiene una serie de características que no les gustan a los lectores de libro al año. Exige más atención que una novela, por ejemplo, porque cada palabra es definitiva. Muchas veces carece de 'trama', o su trama es un estado de ánimo, una pequeña revelación, y no esas grandes situaciones de las novelas. Un cuento de Chéjov, por ejemplo, se parece mucho más a la poesía que a la novela, y la poesía sí que es un género minoritario a pesar de su brevedad.

¿Su ensayo sobre Julio Ramón Ribeyro se podría leer como un intento por darle al escritor peruano un lugar visible dentro del 'boom' latinoamericano?

Más bien un intento por encontrar un canon latinoamericano al margen del boom, paralelo al boom. A veces nos parece que el boom es todo lo que existe en la generación de García Márquez y Fuentes y Vargas Llosa. ¿Dónde ponemos entonces a Sergio Pitol? Borges puede ser el padre del boom, ¿pero dónde ponemos entonces a Felisberto Hernández? Hay una especie de realidad alterna, de twilight zone de la literatura latinoamericana, y a mí me parece interesante buscarla.

¿Usted cree que toda novela contiene en el fondo una carga política?

Podría decir que la ausencia total de política ya es una posición política, ¿no? Pero eso sería tal vez 'facilón'. No, no toda novela es política, pero todo lector es un ser político, y los lectores modifican los libros al leerlos. Incluso novelas que no parecen ocurrir en ninguna parte, como las de Beckett, cambian dependiendo de si el lector está viviendo en un totalitarismo o en una democracia.

Dice el escritor inglés Martin Amis: "Por más que se trate de una inexpugnable obra de arte, el Quijote tiene un serio defecto: el de ser, francamente, ilegible". ¿Esta afirmación podría ser una síntesis irónica de su ensayo sobre la lectura anglosajona del libro de Cervantes?

Claro que sí. El Quijote, lejos de ser un libro ilegible, es una de las novelas más amistosas y generosas con el lector que hay. Esa frase de Amis, que por otra parte es un gran ensayista, me parece de una torpeza y una miopía extraordinarias, y me interesaba averiguar por qué un buen novelista puede pensar semejante despropósito. La literatura inglesa entendió a Cervantes antes que la literatura española, y luego sale Amis a romper ese amorío. En mi ensayo traté de preguntarme por qué.

¿En tiempos de aparentes certezas o búsquedas de certezas, ¿por qué resulta tan importante la distorsión?

Bueno, mi idea de la distorsión se refiere a la autoridad que tiene todo novelista de modificar la historia conocida en busca de verdades o reflexiones que la historiografía no nos da. Pero claro, una de las razones que tenemos para leer novelas es que una buena novela nunca trata de convencernos de nada. Vivimos en un mundo donde todos los políticos, la religión, los publicistas, los 'escritorzuelos' de libros de autoayuda tratan de convencernos de que ellos tienen la respuesta a nuestros males. Una buena novela es el espacio donde nadie trata de imponernos sus certezas, donde se respeta la idea de que siempre será mejor una pregunta sin respuesta que una respuesta boba. Mi libro de ensayos también es un homenaje a esos escritores que nos dicen que las certezas son para los fanáticos, y que dudar (ensayar) es mucho más fructífero, interesante y divertido.

'El arte de la distorsión'
Juan Gabriel Vásquez
Alfaguara, 152 páginas

Por Luis Fernando Charry

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