(Página 1 de 3)
Tras visitar Los Ángeles, caminar por la alfombra roja, estar bajo los flashes, recibir aplausos, volar en avión y pernoctar en hoteles de lujo, Rubina Ali y Azharuddin Ismael, los dos menores que interpretaron la infancia de Latika y Jamal en '¿Quiere ser millonario?', aterrizaron en Bombay, India, y se estrellaron contra su paupérrima realidad.
"No quiero vivir nunca en este barrio -dijo la niña de 9 años pocos días después de su arribo-. No quiero dormir en el suelo. Quiero una cama y vivir en un lugar que no huela a excrementos".
La fama no tardó en atraer conflictos en el círculo familiar de la menor. Unos días después, un periódico sensacionalista británico aseguró que el papá de Rubina, víctima de una celada realizada por el mismo diario, había aceptado venderla por una suma equivalente a 686 millones de pesos a un supuesto jeque saudí que quería adoptarla.
Aunque la policía no encontró pruebas, la ex esposa aprovechó para denunciar que el padre de Rubina sería "capaz de todo", y hasta terminó yéndose a los golpes con la actual compañera de él por sus diferencias con respecto a la crianza de la niña.
No menos dramática ha sido la situación de Azharuddin Ismael, de 10 años. Según reportó la prensa británica, recién llegado fue víctima de una golpiza propinada por su papá porque el menor, aduciendo cansancio, se negó a dar declaraciones a un periodista.
Y para empeorar las cosas, el 14 de mayo las autoridades de Bombay derribaron su casa, entre otras 50 del tugurio donde vivía. Mientras el niño denunciaba que lo habían dejado sin techo ni pertenencias, otros se preguntaban para qué le había servido participar en una película ganadora de ocho premios Óscar.
De vuelta en casa
La discusión sobre las implicaciones de contratar actores naturales -y mucho más si provienen de contextos pobres o violentos- se ha renovado a raíz de los problemas de adaptación de este par de niños, que tocaron el cielo con las manos y enseguida retornaron a la miseria.
Su caso trajo a la memoria el destino, aún peor, que enfrentaron varios de los actores de las películas del aclamado cineasta colombiano Víctor Gaviria, reconocido por el uso de personajes que se interpretan a sí mismos: seis actores de 'Rodrigo D: no futuro' (1990) murieron antes del estreno; cinco actores de 'La vendedora de rosas' (1998) fueron asesinados, y 'Leidy Tabares', la protagonista, fue sentenciada a 26 años de cárcel por participar con su novio en el robo y homicidio de un taxista.
No han sido pocos los actores naturales que después de la fama caen incluso más bajo de donde comenzaron, y por eso los expertos del ámbito de las ciencias sociales han comenzado a preguntarse si, en nombre del arte, este tipo de cine está propiciando alguna forma de explotación.
Y aunque con o sin películas el destino de estos jóvenes quizá habría sido el mismo, no por ello puede soslayarse la reflexión sobre si los cineastas, conscientes de la vulnerabilidad de sus actores, deberían asumir responsabilidades más allá de las compensaciones económicas.
Desde una perspectiva ajena al cine, Ricardo Bonilla, economista del Centro de Investigaciones para el Desarrollo que ha realizado estudios sobre jóvenes en el mercado de trabajo, plantea una reflexión legal que puede sonar extrema: "¿Cuál es la diferencia entre hacer pornografía infantil y hacer cine con niños? Ninguna, porque en los dos casos se les convierte en objeto de escándalo, morbo y negocio. Cualquier tipo de trabajo en el que participe un menor de 15 años es explotación".
Por su parte, Víctor Reyes, sociólogo de la Universidad Nacional, cree que los cineastas no pueden lavarse las manos. "Al sacar a personas pobres y desafortunadas de su contexto y ofrecerles oportunidades, los cineastas les crean expectativas muy altas que luego se desinflan. Por eso, con las ganancias millonarias de las películas deberían reconocerles algo más que el acuerdo monetario del contrato; ir más allá de simplemente pagarles".
El costo del realismo
Los cineastas, como es evidente, tienen una mirada distinta y con sólidos argumentos defienden el uso de actores naturales.
El director Luis Ospina explica que acudir a ellos es una práctica que viene desde los mismos orígenes del cine, aunque como fenómeno comenzó con el Neorrealismo italiano a mediados del siglo XX.
En el cine moderno ha vuelto a ser una tendencia, y de ello dan fe varias exitosas películas que en el último decenio han pasado por la cartelera colombiana: la brasileña 'Ciudad de Dios' y las iraníes 'Los niños del cielo', 'Las tortugas también vuelan' y 'Buda estalló por vergüenza', entre otras.
"En países sin una tradición de cine o de teatro, tenemos que recurrir a los actores naturales -sostiene Ospina-. En Colombia, algunos directores preferimos trabajar con gente que no sea de la televisión, sobre todo en un momento en el que las relaciones entre la ficción y el documental se están borrando".