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Al Amazonas nadie llega sin una intención. Los misioneros católicos y protestantes, buscando almas; los comerciantes, quina o caucho; las farmacéuticas, compuestos curativos; los madereros, árboles de caoba, jatoba o lapacho; los campesinos desplazados por la violencia, tierra; los carteles, coca; las guerrillas, refugio; los antropólogos, sujetos de estudio; los colonos y vendedores de sueños de dinero fácil, una promesa de bonanza; el Ejército, orden y soberanía; los turistas, exotismo.
En los años cuarenta, el etnobotánico Richard Evans Shultes ofreció a través de su lente una mirada que inmortalizó a los indígenas del sur del país, pero sus fotografías, recién desmontadas de una exposición temporal en el museo del Banco de la República, también parecían detenerlos en el tiempo. Ahora, sin proponérselo, el Museo Nacional de Colombia completa y actualiza esa mirada en la exposición 'Llegó el Amazonas a Bogotá', más realista y alejada del exotismo que la anterior.
Los cinco ejes que explora la muestra son el extractivo, el de la producción cauchera, el del papel del Estado, el interétnico y el misional. Este último es quizá el menos conocido y sin duda el más asombroso por su soterrada perdurabilidad: comenzó en el siglo XVII y, como lo demuestra la exposición, sigue vigente cuatro siglos después, con sus católicos, protestantes, mormones, evangélicos, crucistas e israelitas intentando 'salvar almas' en el corazón de la selva.
No son pocos los estudiosos que han observado que el Amazonas resulta para los evangelizadores una suerte de 'tierra prometida'. "Según las Escrituras, se localiza en 'la montaña', una expresión colonial de la selva", dice la antropóloga Sonia Uruburu, y añade que sobre esta imagen los misioneros se han montado a lo largo de los años para llevar su fe a cada rincón y así 'redimir' a los nativos.
Los procesos de evangelización llevados a cabo por congregaciones católicas son los más reconocidos -para la muestra, la película La misión, protagonizada por Robert de Niro-, de los que sobrevive una imagen ambivalente: por una parte, la de nobles misioneros y, por otra, la de aquellos que tapaban la boca con cinta a los niños para que no hablaran su lengua, o que los apartaban de sus familias en internados.
No son tan visibles, en cambio, otros movimientos que han calado en las diversas etnias de la región, y de los cuales han sido protagonistas, en muchos casos, los mismos indígenas. Entre los ríos Guainía, Vaupés, Isana y Negro, por ejemplo, sobrevive la leyenda de un hombre que en 1850 se dijo la reencarnación de Cristo, y que se dio a conocer como Venancio Cristo. En plena época de la explotación cauchera, de 1913 a 1920, se convirtió en el salvador de sus pares indígenas en contra de los opresores blancos.
También fue el caso de Francisco Cruz, de madre indígena y educado por misioneros, que en la década de los setenta fundó uno de los movimientos más influyentes de la Amazonia: la Hermandad de la Santa Cruz, cuyo credo conquistó fieles en Colombia, Brasil y Perú.
En los noventa, el peruano Ezequiel Ataucusi, otro 'elegido', fundó la Orden de los Israelitas, que estableció un complejo espiritual con elecciones, red económica y comunicaciones. Su congregación se extendió por Ecuador, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Argentina y Colombia, donde tiene seguidores en Santander de Quilichao (Cauca) y en dos comunidades amazónicas: una sobre el río Calderón y otra en el río Putumayo.
'Non sanctos'
Sin embargo, ninguno de estos 'redentores' tiene comparación con los protestantes norteamericanos del Instituto Lingüístico de Verano (ILV), que durante los sesenta y setenta, contratados por el Gobierno colombiano, esparcieron su credo por medio de métodos censurables.
Después de pasar por Perú, el ILV entró al país a finales de los cincuenta con la intención de traducir la Biblia a las lenguas vernáculas, algo que para muchos fue leído como un intento de 'civilización' por orden del Estado. Parecía aplicar literalmente el dicho 'si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña'. "Con flotas de avionetas y de misioneros, llegaron a todos los rincones de la espesa selva y tenían permiso para circular libremente por los aires", recuerda Margarita Reyes, una de las curadoras de la exposición. El ILV creó, además, un triple sistema de iglesia-escuela-comercio que tenía como fin mostrarles el camino de la civilización a los indígenas.