La exposición Actos del habla, en el Museo de Arte de la Universidad Nacional, exhibe cuatro trabajos en video que dan cuenta de la obra de Clemencia Echeverri de 1997 a 2008: De doble filo (1997), Apetitos de familia (1998), Treno (2007) y VOZ/Net (2005-2008).
Echeverri nació en 1950 en Salamina, Caldas, lo cual explica el porqué de algunas de sus obras. Apetitos de familia, por ejemplo, exhibe un ritual típico de su región. Dentro de una gran sala a oscuras, una pequeña pantalla de televisión obliga al espectador a acercarse lo más posible para ver el sacrificio de un cerdo. Lentamente van pasando las perturbadoras escenas de cómo una familia trabaja en equipo en dicha ceremonia de muerte, una tradición ancestral en muchos lugares del país -principalmente en la zona cafetera-, en España e incluso en el antiguo cristianismo, donde significaba la consagración de la sangre.
El ambiente oscuro, con el sonido amplificado del corazón del animal tomado por estetoscopio, el llanto de un bebé o las voces de la familia refuerzan la atmósfera intimidante. Es fácil sentirse incómodo al observar semejante escena, aun cuando todo en ella es ritual y jolgorio. Sin embargo, eso es lo que busca este tipo de propuestas artísticas -este 'lenguaje performativo', como es denominado en la jerga del medio-: activar en el espectador una memoria, hacerlo completar la escena con sus propias categorías morales y sus experiencias.
"Esta indagación de Echeverri no pretende narrar o representar nada, es un simulacro que recrea un acontecimiento -explica María Belén Saez de Ibarra, curadora de Actos del habla-. Son experiencias que no se tramitan desde el conocimiento, ese algo que dice que aquí está pasando algo, como la muerte, el amor, la solidaridad, el encierro o la pérdida". Justamente sobre estos temas gira el resto de su obra, y particularmente los trabajos expuestos en esta muestra.
De doble filo exhibe claramente los caminos que Echeverri siguió en esta década. En una doble pantalla puesta en la mitad de una sala, en donde se proyectan las mismas imágenes, aparece la secuencia de una mano que dibuja una casa. De repente, un corte violento de papel. Luego, sobre el barro, un hombre traza con un palo esa idea de la casa que se ve destruida trágicamente por el efecto de la fuerte lluvia. Después, un río. Aunque esta obra es narrativa, recoge imágenes que ella irá trabajando en siguientes propuestas: la pérdida del hogar, la tragedia y la naturaleza.
Canto fúnebre
Treno, por su parte, es un video de las caudalosas aguas del río Cauca. Adquirido por la prestigiosa colección Daros de arte latinoamericano, con sede en Zúrich (Suiza) -donde será exhibido en una muestra colectiva en abril próximo-, la obra despierta la angustia del espectador debido a los primeros planos que revelan la violencia del caudal, y al recuerdo de que el Cauca es uno de los ríos que más muertos ha arrastrado en Colombia.
La puesta en escena de este trabajo en la sala principal del museo es imponente. En sus dos paredes laterales, separadas por decenas de metros y de columnas, fueron puestas tres grandes pantallas del piso al techo, en donde se proyectan las imágenes del río. El espectador, imbuido en él gracias al bramido del agua, de repente escucha el canto de un hombre: es el treno, un lamento fúnebre.
Dolor ajeno
Para terminar, VOZ/net es la reelaboración de una obra que Echeverri presentó en el Museo Nacional en 2006. A partir de entrevistas y de documentos de archivo de los prisioneros de la antigua cárcel de Cundinamarca y de un centro de reclusión en Inglaterra, la artista construye el silencio del encierro y la imposibilidad de expresarse. La presencia de algunas personas que, sin encontrarse, se van repitiendo en un efecto de espejo en los tradicionales arcos del museo, traduce la idea de lo fantasmal del lugar. Fragmentos de frases incomprensibles, solo las últimas palabras de una frase, refuerzan su tesis.
Actos del habla es una exposición absorbente. Está muy bien montada y su factura es impecable. No obstante, se mueve en la delgada línea donde el dolor ajeno se vuelve arte. Mirar los toros desde la barrera brinda una seguridad que quien está en el ruedo no puede tener. Mirar el ritual del otro desde la sala de exposiciones no deja de ser un acto de invasión de la intimidad. Sin embargo, cada experiencia será distinta. Y de eso se trata, justamente.