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La celebración de los 30 años de Víctor Gaviria como cineasta no ha pasado inadvertida. El 19 de febrero recibió la Medalla al Mérito Cultural de manos de la ministra de Cultura, Paula Moreno; el 23 de febrero la fundación Gilberto Alzate Avendaño lanzó el libro Víctor Gaviria, 30 años de vida fílmica; y durante esa semana la Cinemateca Distrital de Bogotá presentó una retrospectiva de su obra, que incluye tres largometrajes, sendos cortometrajes y una docena de documentales.
Ahora, el director de Rodrigo D. No futuro (1990), La vendedora de rosas (1998) y Sumas y restas (2005) -filmes caracterizados por la crudeza con que muestra la violencia del país-, prepara el equipaje para recibir el premio Mayahuel, uno de los más prestigiosos en el ámbito cinematográfico en Latinoamérica, durante el 24º Festival de Cine de Guadalajara (México), que se llevará a cabo entre el 19 y el 27 de marzo.
¿Cómo se siente por el homenaje que le van a hacer en Guadalajara?
Es un sueño. Me emocioné mucho cuando me dijeron que me daban el premio porque mis colegas consideran que yo soy el poeta del cine colombiano. Lo interpreto como un reconocimiento a una búsqueda por poner los marginados en el centro.
¿Por qué su interés en la realidad social nacional?
Porque ha producido personajes, episodios y momentos muy interesantes. Hago parte de una generación que desde el principio tenía muy claro que quería hacer películas que reflejaran la historia y la vida cotidiana del país. Me gusta mucho el cine referencial, donde el espectador sepa que le concierne lo que está viendo. Es más fácil para mí saber que estoy haciendo una película que no se agota en lo cinematográfico, sino que da claves para entender procesos sociales.
¿Mantiene las mismas temáticas en sus proyectos actuales?
Estoy trabajando en la película Sangrenegra, basada en un libro de Pedro Claver Téllez, periodista de La Violencia en Colombia. Sangrenegra era un bandolero liberal de los años 60, muy recordado por su crueldad. La historia termina cuando lo matan en 1963, justo un año antes del nacimiento de las Farc. En abril empiezo la preproducción, y el rodaje inicia el 1 de diciembre. Buscaré actores naturales que tengan experiencia en el caso. También estoy trabajando en una de menor presupuesto, llamada La mujer del animal. Es una historia de Medellín, de barrio, una continuación de La vendedora de rosas.
Muchos colombianos piensan que el mercado ya está saturado de películas de violencia.
Esa es la opinión de quienes hablan en los medios de comunicación, periodistas que representan un grupo social que tiene una forma muy limitada de concebir el país. Hacen un trabajo parecido al de los sacerdotes: quieren ver el país que debería ser, no el que es. Nos dicen qué debemos recordar y qué debemos olvidar, pero la memoria de un país es demasiado vasta.
¿Por qué prefiere trabajar con actores naturales?
Porque así las películas se convierten en procesos de conocimiento social. Ellos tienen testimonios muy interesantes, aportan el elemento de verdad que tanto me interesa. Por eso los busco en el universo donde se va a desarrollar la película. Es una propuesta muy difícil para hacer cine porque no cuenta con las estrellas que todo el mundo quiere ver.
¿Cómo es la interacción con ellos en el proceso de filmación?
Primero hay que decir que no cualquiera puede ser actor natural; son personas que tienen un talento innato y lo saben representar. Yo tengo mi propia metodología para trabajar con ellos. Los preparo sin que se den cuenta, les digo que actuar es vivir, que no tienen que fingir nada porque la idea es que expresen su ser sin que sientan que están actuando. Ellos no tienen que decir ningún parlamento, tienen que recordar el tema y saber de qué se trata la secuencia y el tema, que ha salido de su misma experiencia. Cuando llegan a la cámara no están actuando, están improvisando. La esencia nace de la improvisación.
¿Qué aportan sus películas?
El diálogo. Saber escuchar, saber qué está pensando la gente excluida y que ha vivido la violencia. Eso de decir que los violentos son los malos para mí es una tontería, porque aquí la maldad y la bondad están repartidas. De hecho, la indiferencia tiene mucho de maldad y hay mucha gente que está en la violencia pero no por elección.