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El último episodio del largo debate fue protagonizado por el obispo británico Richard Williamson, y en buena medida comenzó con la metida de pata de un colombiano. Siguiendo el consejo del cardenal paisa Darío Castrillón, el papa Benedicto XVI aceptó el pasado 24 de enero la vuelta al redil de cuatro excomulgados de la Sociedad Sacerdotal de San Pío X, congregación tradicionalista a la que pertenecía Williamson. Todo habría tenido tinte de reconciliación de no haber sido porque el clérigo británico, contra la posición oficial de la Iglesia de Roma, pregonaba que el genocidio del que fueron víctimas los judíos durante la Segunda Guerra Mundial no fue realizado con cámaras de gas y que el número de muertes no había sido de 6 millones sino de 200.000 o 300.000.
Para apagar el incendio, el Papa tuvo que salir a decir que es intolerable negar el Holocausto, a su vez que la comunidad de Williamson decidió apartar al prelado de la dirección del seminario que tenía en Argentina. Pero nada de retractaciones: hasta que no tenga pruebas que demuestren lo contrario, el sacerdote dice que no cambiará de opinión.
No son pocos los intelectuales, historiadores o líderes políticos que, como él, sostienen que todo lo que se ha dicho sobre la matanza de los judíos en la Alemania nazi es exagerado o, incluso, que niegan que hubiera ocurrido. Según el caso, son llamados 'revisionistas' o 'negacionistas'. Y algunos hechos recientes parecen confirmar que su número es creciente.
En 2001, un aviso publicitario con un plácido paisaje bávaro de montañas y cielo soleado fue desplegado en distintos puntos de Berlín. En el centro del anuncio había una leyenda que decía: "El Holocausto nunca ocurrió". Debajo, en letras más pequeñas, otro mensaje: "Hay muchos que todavía aseguran esto. En 20 años habrá más. Por eso, apoye el Monumento por los Judíos Europeos Asesinados". Al parecer, el efecto de la campaña fue negativo y en lugar de hacer reflexionar a la gente ante semejante afirmación, comprobó que lo que decía era cierto. Los administradores del monumento debieron interrumpir la campaña.
Falsos positivos
El revisionismo del Holocausto no es de cuño reciente. Su paternidad suele atribuirse a Paul Rassinier, autor de un libro titulado La mentira de Ulises (1950), en el que recogió testimonios de ex prisioneros de campos de concentración alemanes y su propia experiencia en dos de ellos. Ex miembro de la resistencia francesa, Rassinier desmintió la existencia de las cámaras de gas. Aunque inicialmente admitió que carecía de autoridad para testificar sobre otros campos de concentración, luego ratificó su hipótesis.
Al otro lado del Atlántico, uno de los primeros textos en inglés que se atrevieron a negar la existencia del Holocausto fue El mito de los seis millones,(1969) de David Hoggan, según el cual la Segunda Guerra fue una conspiración anglo-polaca en contra de Alemania. El ensayo aseguraba que el Holocausto no era más que una invención.
Varios artículos de esos años, publicados en el American Mercury, divulgaron la misma idea. Entre otros, Fraude sionista de Harry Elmer Barnes, Los seis millones escurridizos de Austin App, ¿Fue el diario de Ana Frank una patraña? de Teressa Hendry y Los judíos que no son de Leo Heiman. Otra forma de revisionismo fue la adoptada en 1977 por el historiador británico David Irving, que en su libro La guerra de Hitler planteó que el Holocausto había ocurrido a espaldas del Führer.
Entre 1978 y 1979, el profesor francés de literatura Robert Faurisson, de la Universidad de Lyon, insistió en negar la existencia de las cámaras de gas con el argumento de que estas habrían requerido un desarrollo tecnológico muy elevado para su tiempo. Curiosamente, su colega Jean Claude Pressac, que compartía su punto de vista, se convenció rápidamente de lo contrario después de analizar las evidencias obtenidas en Auschwitz y otros campos de exterminio. Tanto, que en 1989, publicó Auschwitz: Técnica y operación de las cámaras de gas.