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¿Qué semejanza hay entre unas siluetas de papel en memoria de los desaparecidos de la dictadura argentina, y los árboles o los caballos que han colmado las calles bogotanas en homenaje a los policías caídos en combate? Una es obvia: buscan sensibilizar a la sociedad ante los derechos humanos. La otra, no tanto: pueden banalizarlos.
Si bien los objetivos de este tipo de proyectos artísticos son bienintencionados, la experiencia ha demostrado que rápidamente tienden a mercantilizarse. Una preocupación legítima, ahora que en Colombia se discute sobre si la memoria del conflicto debe perpetuarse a través de exposiciones con documentos de archivo, en una marcha, en un museo, en un parque destinado a tal fin o en un monumento.
La historia del arte reciente ha mostrado iniciativas cuyo significado perdura y otras tan trilladas que han terminado por aniquilarlo. 'El Siluetazo' forma parte del primer grupo. Ocurrió el 21 de septiembre de 1983, cuando, por iniciativa de tres artistas argentinos -Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Xexel-, un grupo de ciudadanos recordó a los 30.000 desaparecidos de la dictadura pegando siluetas en los edificios que circundan la emblemática Plaza de Mayo de Buenos Aires.
Fue una manera de sacudirse del miedo tras ocho años de represión, "de ponerse en el lugar del otro, de prestarle un soplo de vida a ese que no lo tiene en ese final inconcluso que es la desaparición", sostiene la autora del libro El Siluetazo, Ana Longoni, historiadora del arte que visitó recientemente el país por invitación de la maestría en Museología de la Universidad Nacional.
A pesar de haber sido interrumpida a la medianoche por las amenazantes insinuaciones de la policía, la acción fue un éxito: constituyó una especie de catarsis colectiva y tuvo despliegue en la prensa. Además se convirtió en ejemplo para las generaciones que vinieron después, que utilizaron su legado para seguir denunciando los excesos de las fuerzas del orden. Tal fue el caso del artista argentino Javier del Olmo, quien presentó en 2007 una obra que recrea la silueta de un hombre en el Centro Cultural La Recoleta, cuyo título fue 1.888 personas muertas por las fuerzas de seguridad del Estado desde 1983 hasta 2005.
'El Siluetazo' es recordado con respeto gracias a la decisión de los tres artistas de no permitir que las siluetas fueran mercadeadas. "Se han negado a cualquier tipo de fetichización de los restos del evento, justamente porque fue una acción colectiva y anónima -asegura Longoni-. Allí estaba su contundencia: era un homenaje a los ausentes, una forma de resignificar esta ausencia y volverlos por un instante a la vida". Y es que, según la experta, si las siluetas hubiesen llegado después al museo, habrían perdido su fuerza, "la contundencia que les daba ser parte de una multitud, de un reclamo colectivo".
La delgada línea
La sociedad contemporánea tiende a fetichizar el horror, a carnavalizar la tragedia y a 'museificar' el desastre. En plena guerra de los Balcanes, un hombre que acababa de perder a su familia y sus bienes fue registrado por las cámaras de televisión cuando recogía un zapato, una tetera y otros restos. Al preguntársele qué hacía, contestó: "Para cuando hagamos el museo".
Detrás de estos actos se esconde una pregunta por la ética. Justamente por eso, en noviembre del año pasado un comité del Consejo Internacional de Museos organizó en Nueva Orleans el evento 'Museos y desastres', cuyo objeto fue responder preguntas sobre las colecciones realizadas con piezas tomadas de catástrofes: "¿Quién posee el legítimo título sobre los artefactos recolectados en un desastre? ¿Hasta qué punto la exposición del dolor del otro dentro del museo cruza la línea entre la educación y la explotación? ¿Deberían los museos presentar las imágenes de las víctimas sin su permiso o el de sus familias? ¿Pueden exhibirse restos humanos?".
¿Qué fue el Siluetazo?