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A primera vista parece un dibujo en la pared. Un dibujo de una casa tradicional, de las que ya pocas quedan, con cinco grandes ventanales y un portón. Pronto es fácil darse cuenta de que se trata de la fachada de la galería Casas Riegner, en el norte de Bogotá, pero que no está simplemente dibujada, sino que parece emerger de una ruina. Como en una película futurista, algunas partes descascaradas delatan que logró sobrevivir, o al menos que algún arqueólogo escarbó de tal forma el suelo y las paredes, que encontró una Atlántida perdida. Y eso es lo que hace Leyla Cárdenas (1975): rastrea en calles arrasadas en busca de las memorias que desaparecen por el progreso.
Esta exposición es el resultado de años de trabajo, años en los que el tema de la ruina le ha dado materia de estudio. "Como en la época que estudiaba en Bogotá la ciudad se estaba empezando a romper y acababan de derrumbar El Cartucho, mi trabajo consistió en acercarme a esas demoliciones, hacer impresiones de esos fantasmas de las casas y hacer instalaciones pasajeras in situ". Instalaciones como pintar una cama, una camisa y un pantalón colgados en un gancho en los muros del barrio Santa Isabel en pleno proceso de demolición.
Como recolectora, recorría las calles en busca de rastros de que algo hubiera sucedido allí. Acumuló marcos de puertas, chapas, fragmentos de muros... Ese trabajo también significó que se mirara a sí misma. Por eso, para graduarse de Artes Plásticas en la Universidad de los Andes, tomó muebles antiguos de su casa materna y los reconstruyó, poniendo a lo pequeño a sostener lo grande (Pre-posición), tratando de cuestionar la estabilidad, seguramente inspirada por la obra de Doris Salcedo, a quien conoce y quien le sugirió que se fuera para Los Ángeles, en California, a seguir sus indagaciones. "Allí va a encontrar algunas respuestas", le dijo.
"Uno no tiene a Los Ángeles en la cabeza -dice Leyla-. Primero se piensa en Londres o Nueva York, pero no ese desierto que se vuelve mar". Pero cambió de opinión. Que la aceptaran en la Universidad de California, Ucla, era buen presagio. Y con beca y préstamo en mano emprendió camino hacia la tierra del olvido.
Rumbo a L.A.
La llegada a esa ciudad inmensa en 2002, ese lugar que más parece la conjunción de 20 ciudades, fue un choque inesperado. Ella, que se había dedicado a escarbar y a intentar reconstruir la memoria arquitectónica de la ciudad, se encontró con un lugar construido en paredes de mentira, en drywall.
"Es como si vivieras en cajitas de cartón. Eran una especie de híbridos arquitectónicos que no me decían nada. La ciudad no me decía nada, o al menos me tomó tiempo entenderla".
Bloqueada y con mil objetos mudos en su estudio, vio la pelea perdida. Pero tenía la fortuna de estar en un lugar con artistas "de lujo", como ella misma los define -Charles Rey, John Baldassari, Cathy Opie, James Welling, Mary Kelly o Nancy Rubins-, gracias a los cuales logró encontrar la luz al final de túnel. Un día, recorriendo el taller de Cárdenas, la misma Nancy Rubins le dijo justamente lo que necesitaba oír: que debía arrancar desde cero pues los muebles tienen memoria y ella había viajado para reinventarse. No logró hacer el cambio en un abrir y cerrar de ojos, pero un accidente le daría la respuesta.
Mientras limpiaba su taller con una espátula tras los estragos causados por un trabajo que se le había derretido, levantó la pintura del suelo. Se encontró allí un universo. Eran decenas de capas que mostraban las vidas que por allí habían transitado. "Me puse a pelar el piso para descubrir la historia del lugar, pues los pisos contaban hechos". Esa fue finalmente su tesis.
Era una especie de palimpsesto, de una escritura sobre otra, que revelaba que allí habían ocurrido cosas. "Mi pregunta giró entonces en cómo mostrar ese asunto del tiempo y lo que no vemos, lo cual fue un choque en Los Ángeles porque no puedes agarrarte de la historia de la ciudad, porque está en permanente renovación, todo es nuevo y no quieren ver grietas ni hongos ni evidencias del paso del tiempo". En síntesis, era el temor a ver lo mortal. Había pues que escarbar para descubrir el pasado.