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Hacia el suroriente de la Casa de Nariño, en la falda de los cerros de Bogotá, se erige un edificio blanco y solitario con apariencia de claustro: el Archivo Distrital. El recinto, portador de la memoria histórica de la ciudad, suele recibir a un reducido y silencioso número de académicos y a uno que otro curioso. Sin embargo, desde el pasado 10 de noviembre, sus pasillos se han llenado con los ecos de tambores y cantos de 60 niños que se reúnen allí para hacer música, fomentar la ecología, reconstruir la memoria de su comunidad y, de paso, recrear un mitote.
Palabra azteca, el mitote se refiere a un baile ritual de la cultura popular en el que los integrantes danzan al ritmo de sus voces. Desde 2000, el músico y pedagogo mexicano Daniel Sánchez ha organizado mitotes en 13 de los 31 estados de su país, así como en España, Italia, Canadá, Uruguay, Japón y Colombia. Este año, del 10 al 22 de noviembre, Sánchez trabaja con niños de zonas vulnerables de Bogotá para que ellos mismos, con material reciclable, construyan instrumentos de percusión y los interpreten sin más formación musical que su propio instinto.
Entre las 2 y las 4 p.m., niños de las localidades de Santa Fe y San Cristóbal se encuentran en la cocina del edificio, un salón de grandes dimensiones cuya acústica reproduce los golpes de tambores construidos con tarros de leche en polvo y latas de atún. La idea de Sánchez es crear una conciencia colectiva a partir del concepto de orquesta, en el que cada integrante es pieza fundamental para lograr la armonía grupal. Según Sánchez, la orquesta Mitote, bajo el lema "La basura de unos es la riqueza de otros", busca una aplicación social del arte con un componente ambiental. "El arte no es de los artistas -dice el músico mexicano-. El mitote recrea la relación entre el individuo y el grupo. La idea es ligar a la comunidad a partir de la música y la ecología".
Los mitotes de Sánchez han demostrado que no se necesita leer partituras para formar una orquesta. Una vez construidos los instrumentos, el público aprende los ritmos a través de la repetición de frases que evocan los sonidos más representativos de sus tierras. En el caso colombiano, los niños del Archivo lo hacen con un pegajoso "Yo bailo la cumbia". La orquesta usa percusión porque el ritmo de los tambores contagia de inmediato.
Sánchez reconoce que la orquesta Mitote no va a cambiar la situación de pobreza y miseria de sus integrantes. Pero, afirma, ese no es el objetivo. La finalidad es que estos niños, que deben vivir en un entorno vulnerable y muchas veces de maltrato, se sensibilicen a través del contacto con la música y la ecología y a partir de la oralidad se apropien de su espacio vital. "El arte -asegura Sánchez- no altera nuestra condición social, pero sí embellece las limitaciones de nuestra cotidianidad".
Un, dos, tres
De pronto se hace el silencio. Los 60 niños que un minuto antes corrían por la cocina del Archivo de Bogotá, se sientan en círculo. Cada uno carga su tambor: un tarro metálico adherido con cinta pegante a una lata de atún y un palo delgado de balso que hace las veces de baqueta. Cuando los instrumentos están listos, los niños repiten: "Un tambor pertenece a la familia de los membranófonos porque está hecho de membranas. Una flauta usa el aire, entonces no es un membranófono".
Durante el ensayo, los niños repiten al son de los tambores: "Yo bailo la cumbia". Ritmos afroamericanos y mediorientales complementan las melodías. En medio del barullo comienza a identificarse un compás y la orquesta toma forma. Y como ha ocurrido con los otros mitotes, los integrantes de la orquesta, una vez se realiza el concierto, se convierten en replicadores que transmiten los conocimientos.
No es la primera vez que estos niños hacen arte. De hecho todos pertenecen a las fundaciones Rescate y Reingeniería de Corazones para un Nuevo Amanecer, dos organizaciones comunitarias en las que los menores aprenden a montar en zancos, preparan obras de teatro, se instruyen en técnicas de panadería y hacen máscaras con materiales reciclables. Jairo Pinzón, director de la Fundación Reingeniería de Corazones comenta que un tres por ciento de la población es empleada. El resto son vendedores ambulantes, trabajadoras sexuales y, en general, gente en alto riego social.