El objetivo de las propuestas actuales es mantener su vigencia y despertar mayor interés en la sociedad.
En 1965, el gobierno segregacionista de Sudáfrica declaró "blanca" la zona de Ciudad del Cabo conocida como District Six. La reubicación de 60.000 personas de raza negra echó así a perder más de un siglo de historia y de vida en comunidad. Con el ánimo de reconstruir esa memoria y de luchar contra el racismo, el sexismo y el clasismo, en 1994, tres años después del fin del apartheid, fue inaugurado el museo District Six. El espacio, levantado con los recuerdos de la gente que alguna vez habitó el distrito, se convirtió en una pieza fundamental para reconstruir el tejido social. Hoy el museo es un importante centro de documentación de una historia reciente y dolorosa que necesita ser conocida.
Como ocurrió con el District Six, los museos del mundo hoy se resisten a ser simples depósitos de objetos. La amplia oferta cultural y recreativa de las ciudades los está obligando a trabajar con las comunidades para mantenerse vigentes. "Si antes el museo y la museología se centraban en el objeto y la colección, hoy en día se habla del sujeto", aseguró el pasado 28 de octubre Miguel Fernández Félix, presidente de la Asociación Mexicana de Profesionales de Museos, durante un coloquio internacional organizado por la Red Nacional de Museos de Colombia.
Y esto tiene que ver con lo que desde los años setenta se llama la 'Nueva Museología'. Como explica Sheila Watson, directora del programa de estudios de museos de la Universidad de Leicester, Inglaterra, solo hasta esos años los museos empezaron a preguntarse por las personas a las que servían. "No es que no lo hubieran hecho, pero pienso que antes la idea era algo así como: 'Esto es lo que somos. Tómelo o déjelo. Y agradezca' ".
Varios ejemplos ilustran la complejidad del viraje que tuvieron que dar las instituciones. El Museo de Historia del Smithsonian, en Washington, se tomó 20 años en discusiones sobre cómo cambiar la manera de narrar la historia de Estados Unidos. Así mismo, el Museo del Indio Americano, que empezó a planearse desde los ochenta, tuvo que esperar hasta el nuevo siglo para ver sus puertas abiertas, pues era necesario llevar a cabo una enorme consulta con las comunidades indígenas que permitiera saber cuál era su propia mirada de los hechos.
Al pueblo lo del pueblo
Colombia no es ajena al fenómeno. Con miras a la celebración del Bicentenario en 2010, el Museo del 20 de Julio, conocido como la Casa del Florero, está en plena discusión con expertos de diversas disciplinas para definir qué información debe contener en su calidad de museo de la Independencia. Su director, Daniel Castro, tiene claro que es necesario morigerar el culto a los héroes solitarios y mostrar la participación de otras comunidades en la construcción de la nación.
Una demostración local de la tendencia a reconocer el papel de las comunidades y las regiones fue la exposición 'Velorios y santos vivos', llevada a cabo entre septiembre y noviembre en el Museo Nacional. La muestra trató sobre los rituales funerarios negros, tradiciones amenazadas por la violencia del país. Su elaboración implicó consultas con académicos y miembros de la comunidad afrocolombiana, que narraron sus historias, escribieron textos en el catálogo, hicieron parte de las actividades culturales y armaron los altares a los que hacía referencia la exposición. La asistencia de 32.172 personas atestigua el buen recibo que tuvo la iniciativa.
Otro proyecto de participación comunitaria es el Museo de Mulaló. Poblado por 1.800 descendientes de esclavos, el corregimiento vallecaucano está apostándole a convertir la región en un lugar de turismo etnohistórico en donde se reflexione sobre el papel del hombre negro en la construcción de la nación. La institución cuenta con la participación de jóvenes, ha vinculado a la comunidad en distintas tareas y es un centro de actividades.
En este panorama también es clave el Museo Histórico de El Peñol, en Antioquia, que funciona desde hace 11 años como eje de la recuperación de la memoria de un pueblo que desapareció por la construcción de una hidroeléctrica. "El museo fue creado para elaborar el duelo de la región y para responder al desarraigo producido por ese evento que estaba creando focos de vandalismo en el Nuevo Peñol", explica su director José Nevardo García.
Y también es pertinente mencionar el Museo Zenú de Arte Contemporáneo, Muzac, en Montería, Córdoba, que tiene como objetivo recuperar, desde las expresiones artísticas, el respeto por la institucionalidad en un departamento que ha tenido nueve gobernadores en tres años.
Tú me necesitas, yo te necesito
En América Latina también hay ejemplos relevantes. Un caso es el del Museo da Maré, en Río de Janeiro, Brasil, localizado donde fue la primera favela brasileña. Siguiendo la estética de las precarias construcciones sobre palafitos, el museo empezó a armarse con el apoyo de la comunidad, que fue invitada a participar activamente y a donar objetos que le gustaría ver allí. La gente llevó desde cuadros hasta ollas y muebles, y el espacio se convirtió en un resguardo de los lugareños.
Es evidente que las comunidades necesitan de los museos como los museos necesitan de las comunidades. Tan importantes resultan en algunos lugares que, por ejemplo, a comienzos del año pasado distintos grupos británicos protestaron por la idea del Gobierno de cerrar algunos de ellos para recortar gastos estatales.
Incluso muchas veces se convierten en bastiones políticos. Sheila Watson cuenta que el primer ministro británico Gordon Brown invitó a varios especialistas para pensar en hacer un museo nacional del Reino Unido. "Esto significaba incluir a Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte como una unidad, pero el consejo que le dimos fue no hacerlo. Esa no era la mejor manera de resolver los conflictos".
Más bien, las preguntas que deben responderse las instituciones hoy día son aquellas que formula el investigador estadounidense Ivan Karp, una de las voces más autorizadas en museología en el mundo: ¿Qué pueden hacer los museos por las comunidades? ¿Les están dando el espacio para explorar su identidad? ¿Ayudan a construirlas? Los museos del siglo XXI darán las respuestas.
LA VOZ DEL PUEBLO
Según el profesor Ivan Karp, la participación de las comunidades en los museos implica responder una serie de preguntas nada fáciles: ¿Qué es una comunidad? ¿Quién habla por ella? ¿Qué hecho determina que cierta persona pueda arrogarse ese derecho? Un ejemplo puntual de los errores que pueden cometerse por no contestar esas preguntas se dio en el Museo de Historia Natural del Smithsonian, en Washington, donde había una vitrina que tenía como título 'Sociedades secretas del Bajo Zaire, África'. En ella se leía que estas sociedades eran muy poderosas y que sus miembros se reunían en clubes, desenterraban cadáveres y se movían entre el canibalismo y las orgías. "Nadie notó esa ficha por 25 años, pero cuando alguien lo hizo la noticia se regó por 125 periódicos -cuenta Karp-. Aunque la ficha se curaba en salud diciendo que la gente del Bajo Zaire era la que decía esas cosas, la pregunta que hay que hacerse es por qué ese hecho fue escogido para representar a esa comunidad".