Museo de Antioquia presentó un tema doloroso de la realidad nacional: el destierro

Para Lucía González, directora del Museo de Antioquia, era claro que una exposición sobre el desplazamiento forzado en dicho recinto pretendía abrirle los ojos a mucha gente que se niega a mirar a su alrededor una realidad innegable. También quería mostrar el compromiso de tantos artistas que no pueden evadir su presente. Así como era otro de los propósitos expresar dentro de sus paredes el dolor de miles de familias y demostrar que no es un fenómeno únicamente de estos tiempos, sino un encono de la historia nacional.

Luego de tres meses de exposición y acercándose a su fin, el balance es positivo, pues no solo entraron al Museo cientos de padres de familia con sus hijos, así como gentes de todas las clases, sino que las comunidades mismas, las propias víctimas, lo hicieron también. El nutrido programa académico y de eventos paralelos como conversatorios con las comunidades, teatro comunitario, conferencias sobre reparación simbólica y la última de esta semana, entre Francisco Galán, ex negociador del ELN, y el padre Francisco de Roux, demostraron la sed de información de la gente.

La exposición, construida con obras de arte que tienen como tema el destierro, -algunas de éstas realizadas expresamente para la muestra-, con objetos testimoniales pertenecientes a las comunidades y con fotografías de reporteros gráficos de diversos lugares del mundo, así como con el valioso testimonio del fotógrafo colombiano Jesús Abad Colorado como eje de la muestra gracias a su recorrido por el país acompañando a las víctimas, es un ejercicio complejo y que deja agotado al espectador por la dificultad del sujeto que aborda. Y si bien la exposición hizo un fuerte hincapié en el drama colombiano, también quiso abordar el dolor de distintos conflictos para mostrarlo en su dimensión universal, por lo cual los fotógrafos internacionales convocados exhiben su mirada del drama de las mujeres violadas en Ruanda (Jonathan Torgovnik), de los refugiados y la guerra en Israel (Nathan Dvir y Lori Grinker) o de los niños en medio de la guerra y como partícipes de ésta, en Sierra Leona (Sarah Ferry).
 
Una obra interesante es la instalación, interactiva, de Tony Evanko, en donde la gente descuelga de unos hilos de nylon unas pequeñas lágrimas de vidrio a cambio de escribir, sobre unas láminas transparentes, un mensaje que de cuenta de su dolor, y luego lo cuelgue. En efecto, aquellos que participaron, contaron algunos episodios de sus vidas en donde expresaron su tristeza por la pérdida o la violencia con la que fueron desterrados. Otros, pidieron perdón por los daños cometidos.

Otro trabajo, impresionante, es el de Libia Posada, que tras el relato de 12 desterrados, reconstruyó sobre sus mismas piernas, los mapas de su desplazamiento forzado. Cada uno de ellos, con sus huellas impresas en la piel, con el tiempo que le han ganado a la vida, da testimonio de una tragedia personal desgarradora.

Resulta, sin embargo, perturbador un aspecto y es la mezcla de las obras de arte con los objetos testimoniales de valor simbólico. Un caso claro de ello es la sala en donde en una pared cuelga la manta con los nombres bordados de las víctimas del horror de Bojayá, realizado por las viudas y mujeres de la comunidad, sin ninguna intención artística sino reparadora, y frente suyo, una inmensa imagen de los nichos de los cementerios populares, perfectamente estética, del artista Juan Manuel Echavarría. El resultado es contradictorio, reduciendo el categórico ejercicio de memoria de Bojayá a un bello telar. "¿Por qué hacen arte de nuestro dolor?", preguntaron molestas algunas de las víctimas de violencia. Una pregunta perfectamente válida y difícil de responder.

Otro ejemplo de ello son los videos de Gloria Posada, que convierten la miseria en un espectáculo, al invitar a los indigentes a pasarse a vivir unos días a una galería de arte para que la gente interactué con ellos, en 'silencio y respetuosamente', como dice un aviso pegado en la pared. También hicieron otra 'acción' y fue tomarse diversos parques de la ciudad de Medellín, armando allí sus cambuches, para que la gente se diera cuenta de su existencia. Aunque el ejercicio es bienintencionado, el resultado es terriblemente perverso, al exhibir a estas personas siempre como 'ese otro distinto a mí'. 

Si bien el arte desde hace mucho ha construido imágenes indignado por la historia, tal como Goya con sus 'Desastres de la guerra' o Picasso con el 'Guernica', existe un límite muy peligroso y es el deseo de redención. El arte no cambia una realidad, solo la muestra desde su particular manera de mirar el mundo. "Detrás de la motivación de la miseria es muy común pensar que el pobre o el indigente tiene depositado en sí mismo una pureza infinita -explica el investigador y curador José Luis Falconi-, por lo cual el artista construye su carrera impregnándose del prestigio de 'lo real' y por supuesto que necesita que esta persona no mejore para poder seguir construyendo su obra. Termina haciendo entonces carrera de la miseria de los otros, sin hacer nada por ellos".

Es sin duda una línea muy frágil en donde es importante no llegar a estetizar el dolor y la pérdida porque los banaliza. Sin embargo, el que el Museo de Antioquia, así como el Nacional con la exposición de 'Velorios y santos vivos', en donde abordó el tema de los rituales funerarios de las comunidades negras, que están interrumpiéndose por la violencia del país, expone un claro interés de las directivas de tan importantes instituciones en coger el toro por los cuernos y traer a sus espacios reflexiones profundas sobre la realidad del país. Y eso hay que agradecérselo.

Dominique Rodríguez Dalvard.

Vea en Recursos Relacionados fotografías de la muestra.

'DESTIERRO Y REPARACIÓN'
MUSEO DE ANTIOQUIA
Hasta el 16 de noviembre

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