El Vestido
Nunca pude entender la conversación que sostuve con una señora, hace muchos años, tenía yo diecisiete, ella treinta. Era la noche de Navidad. Habiendo convenido con un vecino en ir los dos a la misa de gallo, preferí no dormir; acordamos que yo iría a despertarlo a medianoche. Me detuve frente a su puerta y golpee tres veces: la primera de manera enérgica y con el puño cerrado, para coger puesto en las primeras filas de la iglesia; la segunda unos minutos después y sólo con los nudillos, pues me dije que no sería tan grave perdernos los actos penitenciales y hasta la parte inicial del sermón del padre Fabio. Por último toqué la ventana suavemente con las yemas de los dedos, porque al padre Fabio ya lo había oído muchas veces y siempre decía lo mismo.
Mirando la guirnalda que colgaba de la puerta, conté diez segundos, marcando con el pie el paso del tiempo. La puerta no se abrió. Eché a correr en dirección opuesta a la iglesia, concentrándome en el movimiento ondulante de los pliegues de mi vestido; así conjuré la imagen del vecino y de las campanas meciéndose en el campanario. Para las fiestas de fin de año vestían los árboles del pueblo de luces blancas e intermitentes. La plaza y las calles se apagaban y se prendían en el intervalo de un minuto, de manera que a la euforia del centelleo sobrevenía un instante de oscuridad. A medida que avanzaba presurosa por la alameda iluminada, el reflejo de las luces rozaba mis piernas, como si cientos de luciérnagas revolotearan para encaramarse en mi vestido nuevo.
Seguí corriendo. El corazón mandaba bocanadas de sangre caliente a mis mejillas. Afilada, la saliva talaba mi garganta seca. Aún así continué la marcha, sintiendo cómo un sentimiento fresco sesteaba entre mis costillas, allí donde iba a parar el aire que yo atrapaba con afán al respirar por la boca. La soledad de las calles a la hora de la misa de gallo era sobrecogedora. Recuerdo haber visto el pueblo como nunca antes: un cascarón vacío y a punto de quebrarse. De súbito, se me antojó extraña mi presencia en esas calles delgadas como las fisuras de un cascarón. Por primera vez la imagen de ese lugar se hacía tangible, estrujando mi pecho descubierto por el cuello en V del vestido.
- "La iglesia queda al otro lado" - escuché decir a una voz de mujer que me habló desde la ventana de una casa en los límites del pueblo.
Alarmada, me detuve en seco y busqué el rostro que me hablaba. La luz se encendió y una mujer abrió la puerta mientras amarraba su pelo oscuro en una moña.
- "No voy para la iglesia, gracias" - le respondí, desacelerando el paso.
- "Yo sí decía que ese no es un vestido para asistir a misa de gallo" - me dijo, sentándose en las escaleras del pórtico.
- "Sí es" - contesté contrariada, apretando con el puño la tela azul que el sastre del pueblo había traído especialmente desde Río de Janeiro.
Ese año había decidido hacer mi propio vestido para usar en Navidad, copiando el que llevaba puesto Dolores Durán en la portada de una revista. Se veía tan agraciada, tan elegante, que tomé la decisión de buscar una tela similar y coser una réplica del modelo.
"¿Y entonces qué haces por acá?" - contestó, sonriendo y mirando atentamente la forma abultada de mis rodillas.
Guardé silencio.
- "La iglesia estaba llena y no conseguí puesto".
- "Aquí hay puesto por si quieres sentarte, y un gallo en el patio trasero, que no es lo mismo pero tampoco importa, ¿no es cierto?" - me dijo, señalando con la mano un lugar a su lado para que me sentara. Le hice caso.
- "¿Por qué no está en misa usted tampoco?" - le dije, observando sus uñas rojas que reposaban a unos centímetros de mis manos.
- "Desde que tenía más o menos tu edad decidí no volver, de eso hace ya unos trece años." - respondió, poniendo la espalda recta y levantando el mentón. - "Por lo visto, tu tampoco volverás más." - afirmó, mirando la calle principal, que a mano izquierda desembocaba en la plaza y a mano derecha terminaba en la carretera de salida del pueblo.
- "¿Qué le hace estar tan segura?"
- "El vestido, ya te dije" - afirmó, mirándome a los ojos. - "Es demasiado bonito para desperdiciarse en una iglesia de pueblo."
Ambas contemplamos la tela azul turquesa y las dos líneas blancas que se enlazaban en la cintura.
- "Yo lo hice. La tela viene de Río" - contesté mientras pasaba la mano por el canto, para evitar que se arrugara la falda.
- "¡Claro, yo sí decía!" - me dijo, riendo. "Es un vestido para ponerse en Río, bajo la mirada protectora del Cristo redentor y no del pobre Cristo de madera roída de la iglesia." - dijo, parándose para imitar con los brazos extendidos la escultura del cerro del Corcovado.
- "Sí, es bonito." - dije, sonriendo yo también.
- "Muy bonito. Te luce, sobre todo porque cosiste el dobladillo varios centímetros por encima de las rodillas y el cuello varios centímetros debajo de los hombros. Tomaste una buena decisión." - respondió, contemplando una vez más rodillas atezadas.
Yo también miré mis piernas y pensé en la foto de Dolores Durán. Era sin duda un vestido espléndido. La emoción se manifestó en un suspiro largo y resuelto que agitó los pliegues almidonados de la falda. Me levanté y estreché la mano de la mujer.
- "Que lo disfrutes." - me dijo, levantándose para regresar a la casa. Cerró la puerta.
Al llegar al final de la calle me detuve y miré a ambos lados. Pequeño como un nido en las ramas de una ceiba, el pueblo aparecía y desaparecía, siguiendo la intermitencia de las luces. Al otro lado, la calle se perdía en la carretera oscura como una boca abierta, hambrienta. Observé de nuevo el vestido y eché a andar.
El Cristo redentor estira sus brazos para marcar las coordenadas de la ciudad. Lo veo y pienso en la mujer, pero sobre todo en el vestido azul, con las dos cintas blancas y el dobladillo cosido varios centímetros por encima de las rodillas. La sombra jorobada y vetusta del Corcovado me mece.
Juliana Camacho
Reseña de autor
Juliana Camacho nació el primero de octubre de 1977 en Bogotá. Estudió literatura en la Universidad Nacional de Colombia. Cursó una maestría en literatura anglófona en la Universidad Sorbonne Nouvelle y una maestría en literatura infantil en la Universidad du Maine. Ha trabajado como profesora, asistente de edición y traductora. Actualmente se desempeña como asesora de cooperación para un organismo internacional.