Generación sin Nombre perdura 40 años después

Ilustración: Alberto Barreto

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Cuenta el poeta samario Álvaro Miranda que una noche, hacia 1970, su colega Henry Luque Muñoz invitó a un grupo de amigos a cenar. Conocido por su gusto refinado, Luque dispuso sobre la mesa cinco ejemplares de ¡ohhh! (Antorcha, 1970), antología de poemas de Juan Gustavo Cobo Borda, Darío Jaramillo, Henry Luque, Álvaro Miranda y Elkin Restrepo que debía su nombre a la interjección que da inicio a la estrofa "Oh gloria inmarcesible" del Himno Nacional. En la cabecera de cada libro una vela iluminaba el particular título y dejaba entrever que la intención de Luque era hacer de aquella cena una ceremonia de consagración a la poesía.

Esa consagración marcaría el rumbo de la Generación sin Nombre, bajo cuyo abrigo se reunieron jóvenes poetas colombianos que, sin pasar de los 24 años, compartían, cada uno a su manera, el amor por la palabra, la fecha de nacimiento -entre 1940 y 1950-, la época de publicación de sus libros, la participación en la revista Golpe de dados, la actitud desencantada y su coincidencia con el Frente Nacional.

"En 1967 surge como generación un grupo de poetas cuyo mayor punto de unión fue la voz personal e individualizada -anota la ensayista y profesora de literatura Luz Mary Giraldo-: desde un comienzo sus formas y sus temas dependen de su yo íntimo, de su manera de expresarse frente al mundo y de su actitud vigilante ante la literatura y la creación". En el marco del llamado 'boom' latinoamericano y de la publicación en Colombia de Cien años de soledad el 3 de diciembre de ese año, Álvaro Burgos Palacios escribió el artículo Una generación busca su nombre, en el que incluía, en sus palabras, "un panorama representativo de la poesía más nueva en lo que hace a tendencias, grupos, regiones de procedencia y actitud poética".

La Generación sin Nombre, que en un primer período incluyó a Augusto Pinilla, Juan Gustavo Cobo Borda, Henry Luque Muñoz, José Luis Díaz Granados, Álvaro Miranda, Manuel Hernández, David Bonells y Darío Jaramillo, fue heredera de los movimientos nacionales Piedra y Cielo, Mito y Los Nuevos, así como de los versos de José Asunción Silva, Jorge Zalamea, Álvaro Mutis y, en especial, de Aurelio Arturo, a quien el español Jaime Ferrán dedicó Antología de una Generación sin Nombre (Rialp, 1970) como reconocimiento a su influencia en estos.

Generación sin escándalo

Miranda afirma que, sin ser un movimiento -pues la producción literaria es diversa y no redactó un manifiesto-, su generación fue el último de los grupos colombianos con un nombre, pues después de ellos los poetas no se han unido en torno a un colectivo. De hecho la intención no era otra que tener un bautizo para arrancar y para que la prensa les diera espacio.

"Con nosotros no nació el mundo; nuestra generación no cometió parricidio", afirma Miranda al referirse al vínculo con el pasado literario, del que, sin embargo, no tomaron la idea de tener un título rimbombante. Al respecto Ferrán comenta que fue "una generación de escritores jóvenes que quería pasar sin nombre a la historia literaria de su país, quizás porque querían aminorar con este gesto de humildad la tendencia un tanto grandilocuente que había llamado a las generaciones de sus mayores los Nuevos, los Piedracielistas, los Cuadernícolas y los Nadaístas".

Con este último, el Nadaísmo, movimiento inmediatamente anterior a la Generación sin Nombre, hubo una distancia, si no abismal, considerable, debido a que la preocupación del grupo sin nombre no estaba en el rostro de sus integrantes, sino en el diálogo con la palabra poética. Sin necesidad de manifiestos -recuerda el poeta Jaime García Maffla- su unión giró en torno al trabajo literario, pues siempre dieron más importancia a las palabras que a los escándalos.

En torno a una fotografía

En 1968 los jóvenes poetas se reu-nieron con Fabio Henker, director de la revista Lámpara, en la casa de Cobo Borda, ubicada en el barrio Chicó, en el norte de Bogotá. La ocasión sirvió para que los amigos allí presentes, ya contagiados de un espíritu festivo auspiciado por el bar personal del padre del anfitrión, posaran para una foto (sobre la que se basa la ilustración de este artículo) que se convertiría en la más representativa de la Generación sin Nombre.

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