La muerte negra se expone en el Museo Nacional

El milagroso San Pacho salvó de las llamas a Quibdó (Chocó). La fiesta en su honor se celebra entre el 20 de septiembre y el 4 de octubre. Foto: Diego Caucayo y Rodrigo Sepúlveda / CAMBIO.

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Escuche en Recursos Relacionados una muestra de los alabaos con los que la cantaora de Guapi, Ligia Elena Pinilla, acompaña a los agonizantes a la muerte y luego a sus deudos.

Lo único que trajeron los esclavos a América fueron sus tradiciones. Por eso, lo primero que hicieron para reconstruir la vida fue levantar altares que les permitieran entrar en contacto con sus dioses y sus antepasados. Aún hoy, cinco siglos después, consideran a sus ancestros parte de la familia y les piden consejo y protección.

Para integrar sus deidades en plena época de evangelización tuvieron que camuflarlas bajo el ropaje de santos y vírgenes católicos. De ahí que existan fiestas patronales, como las de San José de Uré, en Córdoba, en donde delante de la procesión del Viernes Santo baila un 'diablo buenón', vestido de rojo, entre salves, rosarios y alabaos.

La importancia de la celebración de la muerte que tienen las diferentes comunidades negras fue la razón por la que el Museo Nacional, junto con el Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional -encabezado por Jaime Arocha-, le dedicaron la exposición 'Velorios y santos vivos: comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras' y publicaron un extenso catálogo con textos de diferentes investigadores del país.

Así mismo, habitantes de San Andrés, Providencia, Santa Catalina, Guapi (Cauca), San Basilio (Bolívar) y Uré (Córdoba) montaron altares para sus muertos, mientras que otros de Cali, Tumaco y el norte del Cauca hicieron lo propio como homenaje a las figuras de las que son devotos: San Francisco de Asís, la Virgen del Carmen y el Niño Jesús. Al final, el trabajo terminó siendo un rito profundamente espiritual que permitirá comprender algunas de las costumbres de las comunidades negras, olvidadas durante tanto tiempo en la historia nacional. 

AGONÍA

En San Basilio de Palenque, la señal de proximidad de la muerte puede ser el avistamiento de un pájaro kajambá, y en el Baudó (Chocó), de un pájaro guaco. En Quibdó es el repique, tres días antes, de las campanas de Belén, y en Palenque, cuando el moribundo en sus delirios acepta comida de un difunto. Algunas personas tienen el don de predecir la muerte. En el archipiélago de San Andrés esa capacidad es conocida como borned call y se transmite de generación en generación.

MUERTE

Hay una persona encargada de anunciar en altavoz la noticia del fallecimiento. Lo hace a pie, a caballo, en canoa, en chiva, en moto o incluso a través de cuñas radiales. Cuando no hay funeraria, hombres y mujeres asumen labores distintas: unos lavan y embalsaman el cadáver; otros rezan, cosen y decoran el recinto de la velación, mientras que otros construyen el féretro. La vivienda se embellece y se viste toda de blanco, que también es señal de luto. 

En Nariño, Chocó, Uré, en la zona llana del norte del Cauca y en las islas cubren los espejos con sábanas o cortinas blancas para que el alma del difunto no se vea reflejada y se desoriente.  Las mujeres piden que a la hora de la muerte les pongan su vestido de novia. Por su parte, en el Pacífico visten el cuerpo con traje de Virgen del Carmen o de San Francisco de Asís, o incluyen dentro del féretro la imagen del santo de su devoción.

VELORIO O 'SET UP'

Salvo en San Andrés, el eje de los rezos, cantos y bailes es un altar que, en la mayoría de los casos, ostenta un Cristo y un moño de tela negra o una mariposa del mismo color, cortada en papel. En la cocina -de carácter semisagrado-, las mujeres preparan los alimentos que jovencitas repartirán entre los asistentes. Mientras, en el jardín -zona profana- se reúnen familiares, amigos, vecinos y cantaores para descansar, jugar dominó, hacer chistes y contar historias.

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