'El cine debe nacer del miedo': Carlos Sorín

Foto: Federico Puyo / Cambio

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CAMBIO: ¿El Estado es el que debe patrocinar premios de cinematografía?

C.S.: En nuestras cinematografías el Estado tiene que intervenir, porque si bien es una industria, el resultado no es un detergente, es un producto cultural, se mueve en mercados distintos donde no necesariamente el éxito y el provecho económico lleva implícito el resultado artístico. Además, intervenir dando apoyo siempre implica un proceso de selección, y elegir es arbitrario, hay una cuota de injusticia, porque además son proyectos, no son películas todavía y hay un largo espacio entre uno y otro.

¿Cómo premiar una idea?

En estos cines autorales, artesanales, personales, esa distancia es enorme porque esa mirada del director es muy probable que no sea traducible en el guión. Yo mismo llego con una cantidad de incertidumbres al rodaje y creo que están bien hasta cierto grado, para que todo sea más creativo, además, si uno estuviese muy seguro del guión, absolutamente firme es porque va a ser un producto muy convencional. La incertidumbre y el miedo del director es una parte del oficio, no se puede evitar. Por eso, lo que veíamos en el premio era algo que se aproxima a la mirada del director. En ese sentido, hubo varios proyectos sumamente originales que abordaron la violencia y sus consecuencias de formas más tangenciales, más colaterales,  más sutiles, y a veces mucho más profundas y mucho más violentas.

¿Cuál es la particularidad del cine realizado en estas latitudes y el cine de Hollywood?

Yo creo que es la problemática de todo el cine periférico, ¿qué territorio nos dejaron para hacer cine? El cine de las historias de película, de fantasía, tiene dueño, querer hacerlo en Latinoamérica, con efectos especiales, no tiene sentido. Entonces nos quedamos con el otro territorio de la mirada más minimalista, más pequeña, lo cual no deja de ser menos importante ni profunda, ni menos eficaz. Yo no podría hacer otro cine. En general me parece que el gran desarrollo que ha tenido todo el cine de la diversidad, a partir de la globalización de Hollywood, es un poco consecuencia de esta. Se siente que hay necesidades de otro cine.

¿Qué hay detrás de sus historias, cómo le nacen?

No hay fórmula, es todo incierto, es totalmente intuitivo. Me gustan las carreteras, los espacios vacíos, andar en auto sin una ruta demasiado predeterminada, me encanta eso, por lo que me encanta el margen del cine. Me siento cómodo haciendo películas ahí a pesar de lo incómodo que significa. El tema es la historia, de qué quiere uno hablar, de la culpa, de la felicidad, en general uno habla de las cosas que tienen que ver esencialmente con la condición humana, de las inseguridades y temores, de lo que hace el hombre. 

Cuéntenos de su nueva película

El 8 de septiembre estreno en el Festival de Toronto y no sé qué llevo, en serio. Siempre tengo esa incertidumbre. Se llama La ventana , es muy minimalista, dura 11 horas el tiempo real de la película y trata de las últimas horas de un hombre que espera a su hijo. Creo que es mi mejor película. Pero esta pasa en la cabeza de la gente, en ese lugar yo no me puedo poner, qué le pasa, es un lugar para un director inabordable.

¿Cómo fue superar el miedo de no tener el éxito esperado en su segunda película (Sonrisas de New Jersey)?

Me duró 10 años el síndrome. Entre la publicidad que me daba las posibilidades económicas y el miedo dejé de hacer cine. Los proyectos se desinflaban. Después empezás a entender que el éxito no es señal de nada. Y los miedos y las incertidumbres vos tenés que convivir con ellos. Entonces si uno elige hacer este tipo de cine, tienes que asumir esos miedos, correr esos riesgos y hacer películas de muy bajo presupuesto que te den la libertad de un fracaso. 

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