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Cuando el 18 de enero de 1931, la señora Magdalena Arias parió su hijo número 13, su marido, el señor Francisco, telegrafista de Andes, Antioquia, hizo la señal de la cruz y se persignó tres veces. Las comadronas agoreras murmuraron que no sabían si lo hacía para agradecer o compadecer ante el cielo el nacimiento de una boca más que llevaba a la familia un número que podía representar una suerte dudosa. Pero el recién nacido, a quien pusieron por nombre Gonzalo y por apellido Arango, resolvió su propia comida, aun siendo muy joven, con el cultivo de tomates, la docencia y el periodismo.
El niño Gonzalo creció un poco endeble y torcido de cuerpo, con unas orejas enormes y una quijada larga que parecía ser la culpable de ese bamboleo que tenía su caminar. Más allá de los pasos físicos, sus amigos lo veían en un ir y venir de angustia que le era vital porque tuvo, desde muy temprano, la inquietud por escribir.
Para 1952 tenía una novela inédita a la que le había puesto el nombre de Después del hombre. Con los zapatos a punto de expirar por suela hambrienta, abandonó sus estudios de derecho y comenzó su trabajo de periodista en la Agencia France Press. En una sana inocencia, exaltó su imagen e infló su figura con mentiras publicitarias y con ello pudo levantar su ego, ese que se veía afectado por su calzado viejo. Todavía no piensa en la nada existencial y menos en el Nadaísmo.
En 1953 Colombia ve cómo Laureano Gómez es derrocado por el general Gustavo Rojas Pinilla. Gonzalo Arango se peina más temprano ese día y después de desayunar con un café negro y fumar un cigarrillo Pielroja sin filtro, cree que ha llegado la salvación para un país que tenía por la violencia partidista cerrados todos los caminos. 'Sangre Negra', 'el Mico', 'Tarzán', son los dueños de los campos. El inquieto periodista se une a la llamada Tercera Fuerza, Movimiento Amplio Nacional, donde militan artistas y jóvenes intelectuales. Sus largos dedos teclean de nuevo su máquina de escribir para enviar sus colaboraciones al periódico El Tiempo. Adquiere rostro de político cuando actúa como suplente de la Asamblea Nacional Constituyente y cara de susto cuando en 1957 los banqueros cierran los bancos y los estudiantes y empleados corren por las calles de las principales ciudades pidiendo la salida del militar.
El General cae y Gonzalo Arango huye al Chocó. En la selva, los papagayos lo miran dormir junto al río Atrato. La escondida no es para tanto. Cali se convierte en la otra ciudad, la que le permitiría, por su ambiente de música, chontaduro y sancocho de gallina, establecer una diferencia con la Medellín de la misa al amanecer y el rosario acampanado desde la catedral a la hora del ocaso. El joven Gonzalo comenzaba a conocer el país gracias a la necesidad de viajar en bus por unas carreteras estrechas y curvas donde el olor a tierra mojada se le mete por las narices y de vez en cuando una marihuana quemada que se entretejía por su negra y lisa cabellera.
En su habitación, bajo el cielo de una ciudad que zumbaba con el sol del mediodía, lee mucho, entre otros textos Una estación en el infierno de Rimbaud, El ser y la nada de Sartre y para su suma de lector, devora lo que le faltaba por conocer de la obra del filósofo de Envigado, su paisano Fernando González y, sobre todo, la necesidad de recomponer el vestir. Como si fuera un bailador de salsa, llevaba ahora una elegancia tropical que lograba comprar con su reducido sueldo como trabajador de una agencia de publicidad.
Los días eran lentos. En su Olivetti Studio 44 escribió el Manifiesto nadaísta, lo guardó en su maleta de cuero y de nuevo en un destartalado bus partió para Medellín. Había fundado su movimiento y más tarde en la revista Nadaísmo 70, le confiesa a Jotamario Arbeláez las razones de la fundación de esta polémica corriente literaria: "Era conservador y católico. La virtud me tenía jodido. Por eso lo fundé: para olvidar todo lo que sabía y lo que ignoraba. Para empezar a vivir, de la nada (...). Porque estaba varado en Cali y no tenía dónde dormir".
Y comienza la debacle. Había que borrar todo el pasado y partir de cero. Los que años y siglos atrás escribieron antes que ellos, debían desaparecer. Es el año de 1958. En la plazuela de San Ignacio, en Medellín, Gonzalo Arango se ha parado. Muchos de los jóvenes de los colegios y cafés que lo siguen lo ven como el salvador por ese discurso, el primer Manifiesto nadaísta, que deja salir de su boca y que de palabra en palabra se estrella contra las paredes de la iglesia que frente a ellos se levanta con toda su postura barroca.