Septiembre 4 de 2008

La muerte negra se expone en el Museo Nacional

Una muestra sobre rituales religiosos afrocolombianos muestra la relación de estas comunidades con sus santos y sus muertos.

Escuche en Recursos Relacionados una muestra de los alabaos con los que la cantaora de Guapi, Ligia Elena Pinilla, acompaña a los agonizantes a la muerte y luego a sus deudos.

Lo único que trajeron los esclavos a América fueron sus tradiciones. Por eso, lo primero que hicieron para reconstruir la vida fue levantar altares que les permitieran entrar en contacto con sus dioses y sus antepasados. Aún hoy, cinco siglos después, consideran a sus ancestros parte de la familia y les piden consejo y protección.

Para integrar sus deidades en plena época de evangelización tuvieron que camuflarlas bajo el ropaje de santos y vírgenes católicos. De ahí que existan fiestas patronales, como las de San José de Uré, en Córdoba, en donde delante de la procesión del Viernes Santo baila un 'diablo buenón', vestido de rojo, entre salves, rosarios y alabaos.

La importancia de la celebración de la muerte que tienen las diferentes comunidades negras fue la razón por la que el Museo Nacional, junto con el Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional -encabezado por Jaime Arocha-, le dedicaron la exposición 'Velorios y santos vivos: comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras' y publicaron un extenso catálogo con textos de diferentes investigadores del país.

Así mismo, habitantes de San Andrés, Providencia, Santa Catalina, Guapi (Cauca), San Basilio (Bolívar) y Uré (Córdoba) montaron altares para sus muertos, mientras que otros de Cali, Tumaco y el norte del Cauca hicieron lo propio como homenaje a las figuras de las que son devotos: San Francisco de Asís, la Virgen del Carmen y el Niño Jesús. Al final, el trabajo terminó siendo un rito profundamente espiritual que permitirá comprender algunas de las costumbres de las comunidades negras, olvidadas durante tanto tiempo en la historia nacional. 

AGONÍA

En San Basilio de Palenque, la señal de proximidad de la muerte puede ser el avistamiento de un pájaro kajambá, y en el Baudó (Chocó), de un pájaro guaco. En Quibdó es el repique, tres días antes, de las campanas de Belén, y en Palenque, cuando el moribundo en sus delirios acepta comida de un difunto. Algunas personas tienen el don de predecir la muerte. En el archipiélago de San Andrés esa capacidad es conocida como borned call y se transmite de generación en generación.

MUERTE

Hay una persona encargada de anunciar en altavoz la noticia del fallecimiento. Lo hace a pie, a caballo, en canoa, en chiva, en moto o incluso a través de cuñas radiales. Cuando no hay funeraria, hombres y mujeres asumen labores distintas: unos lavan y embalsaman el cadáver; otros rezan, cosen y decoran el recinto de la velación, mientras que otros construyen el féretro. La vivienda se embellece y se viste toda de blanco, que también es señal de luto. 

En Nariño, Chocó, Uré, en la zona llana del norte del Cauca y en las islas cubren los espejos con sábanas o cortinas blancas para que el alma del difunto no se vea reflejada y se desoriente.  Las mujeres piden que a la hora de la muerte les pongan su vestido de novia. Por su parte, en el Pacífico visten el cuerpo con traje de Virgen del Carmen o de San Francisco de Asís, o incluyen dentro del féretro la imagen del santo de su devoción.

VELORIO O 'SET UP'

Salvo en San Andrés, el eje de los rezos, cantos y bailes es un altar que, en la mayoría de los casos, ostenta un Cristo y un moño de tela negra o una mariposa del mismo color, cortada en papel. En la cocina -de carácter semisagrado-, las mujeres preparan los alimentos que jovencitas repartirán entre los asistentes. Mientras, en el jardín -zona profana- se reúnen familiares, amigos, vecinos y cantaores para descansar, jugar dominó, hacer chistes y contar historias.

Esta etapa concluye cuando el cuerpo es llevado al cementerio en medio de llantos y reclamos. A los pies del féretro -que debe colocarse diagonal a los muros mirando hacia la puerta y contar con suficiente espacio para que el difunto pueda irse sin tropezar- la familia pone un vaso de agua para que el muerto no padezca sed.

En San Andrés existe una clara influencia bautista, cantan himnarios en inglés y los sacerdotes de diversos cultos acompañan a los deudos.

ENTIERRO

En las islas, las casas tradicionales de madera tenían dos puertas, y era por la trasera que sacaban el cadáver para que el espíritu no se devolviera. Así mismo, debe salir de casa con los pies hacia delante, y el cuerpo debe enterrarse con los pies mirando hacia la lápida. Camino al cementerio, la gente exclama las virtudes del difunto, se despide y le hace reclamos, si los tiene. Años atrás, en el archipiélago hubo manifestaciones extremas de dolor, el de las histerics y el de las heart sick, caracterizadas por movimientos bruscos de mujeres que incluso terminaban en el suelo gritando por la partida de un ser querido.

En Quibdó, las personas que acompañan a los deudos hacen bolas de tierra y las tiran al muerto para quitarle las culpas que aún tenga. En el Baudó, los niños que van al cementerio se pintan cruces de barro en la frente. Para que el espíritu no se devuelva por su nieto preferido, cuando muere un viejo en San Basilio y en San José de Uré representan la presencia del menor con cabuyas que disponen dentro del féretro, y corean frases como "abuela, aquí está tu nieta".

NOVENA  O 'NINE NITES'

El quinto período dura nueve días, contados desde que los familiares del difunto regresan del cementerio. Durante las ocho noches siguientes, familiares, amigos y vecinos se reúnen con el "cuerpo ausente" a través de un altar sencillo frente al cual rezan salves y rosarios, además de cantar alabaos para lavar sus pecados.

ÚLTIMA NOCHE  O 'NINTH NITE'

Los ritos de la última noche comienzan a las 8 o 9 p.m. con cantaoras y rezanderos que no paran de exclamar salves y rosarios y de entonar alabaos, cantos e himnos frente a un altar solemne, construido ese mismo día. Termina a las 5 a.m. con la partida definitiva del ser querido. Para evitar que los espíritus se queden rondando la casa, en las esquinas echan agua bendita y sal marina.

La novena noche es la más concurrida. En el noveno rosario toda la concurrencia se reúne en torno al altar porque las oficiantes comienzan a apagar las nueve luminarias que lo adornan, lo que representa el desvanecimiento de las existencia entre los vivos y el paso al mundo de los muertos. La tristeza llega a su clímax cuando queda solo una vela encendida. Cuando terminan las oraciones, se inicia el último canto, con el cual apagan la vela y las rezanderas levantan el altar en medio de la oscuridad y de los llantos de los dolientes. Las personas que estaban paradas en la puerta de la casa se hacen a un lado para permitir que el alma salga.

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