Septiembre 4 de 2008

El ocaso de Gonzalo Arango significó el nacimiento de la verdadera poesía del Nadaísmo

Por Álvaro Miranda, poeta.

Cuando el 18 de enero de 1931, la señora Magdalena Arias parió su hijo número 13, su marido, el señor Francisco, telegrafista de Andes, Antioquia, hizo la señal de la cruz y se persignó tres veces. Las comadronas agoreras murmuraron que no sabían si lo hacía para agradecer o compadecer ante el cielo el nacimiento de una boca más que llevaba a la familia un número que podía representar una suerte dudosa. Pero el recién nacido, a quien pusieron por nombre Gonzalo y por apellido Arango, resolvió su propia comida, aun siendo muy joven, con el cultivo de tomates, la docencia y el periodismo.

El niño Gonzalo creció un poco endeble y torcido de cuerpo, con unas orejas enormes y una quijada larga que parecía ser la culpable de ese bamboleo que tenía su caminar. Más allá de los pasos físicos, sus amigos lo veían en un ir y venir de angustia que le era vital porque tuvo, desde muy temprano, la inquietud por escribir.

Para 1952 tenía una novela inédita a la que le había puesto el nombre de Después del hombre. Con los zapatos a punto de expirar por suela hambrienta, abandonó sus estudios de derecho y comenzó su trabajo de periodista en la Agencia France Press. En una sana inocencia, exaltó su imagen e infló su figura con mentiras publicitarias y con ello pudo levantar su ego, ese que se veía afectado por su calzado viejo. Todavía no piensa en la nada existencial y menos en el Nadaísmo.

En 1953 Colombia ve cómo Laureano Gómez es derrocado por el general Gustavo Rojas Pinilla. Gonzalo Arango se peina más temprano ese día y después de desayunar con un café negro y fumar un cigarrillo Pielroja sin filtro, cree que ha llegado la salvación para un país que tenía por la violencia partidista cerrados todos los caminos. 'Sangre Negra', 'el Mico', 'Tarzán', son los dueños de los campos. El inquieto periodista se une a la llamada Tercera Fuerza, Movimiento Amplio Nacional, donde militan artistas y jóvenes intelectuales. Sus largos dedos teclean de nuevo su máquina de escribir para enviar sus colaboraciones al periódico El Tiempo. Adquiere rostro de político cuando actúa como suplente de la Asamblea Nacional Constituyente y cara de susto cuando en 1957 los banqueros cierran los bancos y los estudiantes y empleados corren por las calles de las principales ciudades pidiendo la salida del militar.

El General cae y Gonzalo Arango huye al Chocó. En la selva, los papagayos lo miran dormir junto al río Atrato. La escondida no es para tanto. Cali se convierte en la otra ciudad, la que le permitiría, por su ambiente de música, chontaduro y sancocho de gallina, establecer una diferencia con la Medellín de la misa al amanecer y el rosario acampanado desde la catedral a la hora del ocaso. El joven Gonzalo comenzaba a conocer el país gracias a la necesidad de viajar en bus por unas carreteras estrechas y curvas donde el olor a tierra mojada se le mete por las narices y de vez en cuando una marihuana quemada que se entretejía por su negra y lisa cabellera.

En su habitación, bajo el cielo de una ciudad que zumbaba con el sol del mediodía, lee mucho, entre otros textos Una estación en el infierno de Rimbaud, El ser y la nada de Sartre y para su suma de lector, devora lo que le faltaba por conocer de la obra del filósofo de Envigado, su paisano Fernando González y, sobre todo, la necesidad de recomponer el vestir. Como si fuera un bailador de salsa, llevaba ahora una elegancia tropical que lograba comprar con su reducido sueldo como trabajador de una agencia de publicidad.

Los días eran lentos. En su Olivetti Studio 44 escribió el Manifiesto nadaísta, lo guardó en su maleta de cuero y de nuevo en un destartalado bus partió para Medellín. Había fundado su movimiento y más tarde en la revista Nadaísmo 70, le confiesa a Jotamario Arbeláez las razones de la fundación de esta polémica corriente literaria: "Era conservador y católico. La virtud me tenía jodido. Por eso lo fundé: para olvidar todo lo que sabía y lo que ignoraba. Para empezar a vivir, de la nada (...). Porque estaba varado en Cali y no tenía dónde dormir".

Y comienza la debacle. Había que borrar todo el pasado y partir de cero. Los que años y siglos atrás escribieron antes que ellos, debían desaparecer. Es el año de 1958. En la plazuela de San Ignacio, en Medellín, Gonzalo Arango se ha parado. Muchos de los jóvenes de los colegios y cafés que lo siguen lo ven como el salvador por ese discurso, el primer Manifiesto nadaísta, que deja salir de su boca y que de palabra en palabra se estrella contra las paredes de la iglesia que frente a ellos se levanta con toda su postura barroca.

La confusión comenzó a reinar por las calles de la ciudad que veía cómo delante de estos jóvenes ardía un arrume de libros con lo más tradicional de la literatura colombiana. Ellos, los nadaístas, le habían prendido fuego. El hecho escandaloso permitió que todo se dijera. El movimiento literario había nacido con mucho espectáculo de fogata, pero con todas las palabras inéditas metidas en el tintero o en la cinta de la máquina de escribir. Solo dos años después de la quema de la obra ajena, en 1960, Gonzalo Arango publicaría Nada bajo el cielo-raso, Hk-111- (teatro).

Como muchachos traviesos se dedicaron a asustar a monjas y beatas. Bad boys que se acercaban al altar mayor a la hora en que las señoras de la vecindad, antes de desayunar con chocolate y arepa blanca, habían ido a comulgar y ellos, los seguidores de Arango, entraban a asustarlas con la toma de la hostia que no ingerían, sino que sacaban de la boca para guardarla en las páginas de un libro y llevarlas llenas de babas a sus novias. Solo que una vez el diablo se quedó dormido, y a Darío Lemos se le cayó el blanco círculo de harina. Todo fue correr de sotanas de los curas de la Catedral, que buscaban con rabia a los sacrílegos. Gonzalo Arango desaprobó el episodio y como una gota fría les cayó para toda la eternidad la sentencia de Estanislao Zuleta. "Hasta el sacrílego reconoce la religión al apuñalar una hostia, porque nadie profana una galleta de soda".

El escándalo seguía haciendo de las suyas, esa era la clave ante la carencia de una obra literaria. En 1960 Gonzalo Arango está de nuevo en Cali. Llega al museo La Tertulia, ese extraño edificio de columnas que se yerguen como soldados de piedra. Ahí lo espera Jotamario y el público frenético les aplaude. Tres años después, un 6 de enero, el mismo Jotamario y Elmo Valencia, con sus cabellos bien recortados, vestidos de paño, corbata y pañuelo blanco en el bolsillo del saco, en medio del calor nocturno de la ciudad, deciden colocar en lo alto un monigote al que le han dado el nombre del fundador del Nadaísmo. Una tea ardiente hace el resto al hacer desaparecer con la candela ese ser de trapo, ese simbólico Arango que no pudo iluminar la noche.

En 1971, Gonzalo Arango, envejecido en juventud, con una cabellera larga, cuchareaba un plato de sopa de pescado en la cafetería del hotel Continental de Bogotá, junto a la Avenida Jiménez. Estaba solo después de haber apoyado la candidatura presidencial de Belisario Betancur. Había sido necesario que lo pusieran en la hoguera para que de sus cenizas surgiera la poesía de todos aquellos que lo acompañaron en esa primera etapa. El Nadaísmo, lo mismo que la Bogotá de Gonzalo Jiménez de Quesada, necesitó de dos fundaciones: la primera fallida y la segunda, cinco años más tarde, verdadera. Y esto porque Jaime Jaramillo Escobar, Jotamario Arbeláez, Eduardo Escobar, Amílkar Osorio y Armando Romero comenzaron a escribir una poesía sin eslogan -como diría Juan Gustavo Cobo- y más allá de la rebelión parroquial -como les había precisado Darío Jaramillo-, porque habían superado el escándalo que asustaba a las señoras beatas de Cali y Medellín.

Por Álvaro Miranda,
poeta.

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