El ocaso de Gonzalo Arango significó el nacimiento de la verdadera poesía del Nadaísmo

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La confusión comenzó a reinar por las calles de la ciudad que veía cómo delante de estos jóvenes ardía un arrume de libros con lo más tradicional de la literatura colombiana. Ellos, los nadaístas, le habían prendido fuego. El hecho escandaloso permitió que todo se dijera. El movimiento literario había nacido con mucho espectáculo de fogata, pero con todas las palabras inéditas metidas en el tintero o en la cinta de la máquina de escribir. Solo dos años después de la quema de la obra ajena, en 1960, Gonzalo Arango publicaría Nada bajo el cielo-raso, Hk-111- (teatro).

Como muchachos traviesos se dedicaron a asustar a monjas y beatas. Bad boys que se acercaban al altar mayor a la hora en que las señoras de la vecindad, antes de desayunar con chocolate y arepa blanca, habían ido a comulgar y ellos, los seguidores de Arango, entraban a asustarlas con la toma de la hostia que no ingerían, sino que sacaban de la boca para guardarla en las páginas de un libro y llevarlas llenas de babas a sus novias. Solo que una vez el diablo se quedó dormido, y a Darío Lemos se le cayó el blanco círculo de harina. Todo fue correr de sotanas de los curas de la Catedral, que buscaban con rabia a los sacrílegos. Gonzalo Arango desaprobó el episodio y como una gota fría les cayó para toda la eternidad la sentencia de Estanislao Zuleta. "Hasta el sacrílego reconoce la religión al apuñalar una hostia, porque nadie profana una galleta de soda".

El escándalo seguía haciendo de las suyas, esa era la clave ante la carencia de una obra literaria. En 1960 Gonzalo Arango está de nuevo en Cali. Llega al museo La Tertulia, ese extraño edificio de columnas que se yerguen como soldados de piedra. Ahí lo espera Jotamario y el público frenético les aplaude. Tres años después, un 6 de enero, el mismo Jotamario y Elmo Valencia, con sus cabellos bien recortados, vestidos de paño, corbata y pañuelo blanco en el bolsillo del saco, en medio del calor nocturno de la ciudad, deciden colocar en lo alto un monigote al que le han dado el nombre del fundador del Nadaísmo. Una tea ardiente hace el resto al hacer desaparecer con la candela ese ser de trapo, ese simbólico Arango que no pudo iluminar la noche.

En 1971, Gonzalo Arango, envejecido en juventud, con una cabellera larga, cuchareaba un plato de sopa de pescado en la cafetería del hotel Continental de Bogotá, junto a la Avenida Jiménez. Estaba solo después de haber apoyado la candidatura presidencial de Belisario Betancur. Había sido necesario que lo pusieran en la hoguera para que de sus cenizas surgiera la poesía de todos aquellos que lo acompañaron en esa primera etapa. El Nadaísmo, lo mismo que la Bogotá de Gonzalo Jiménez de Quesada, necesitó de dos fundaciones: la primera fallida y la segunda, cinco años más tarde, verdadera. Y esto porque Jaime Jaramillo Escobar, Jotamario Arbeláez, Eduardo Escobar, Amílkar Osorio y Armando Romero comenzaron a escribir una poesía sin eslogan -como diría Juan Gustavo Cobo- y más allá de la rebelión parroquial -como les había precisado Darío Jaramillo-, porque habían superado el escándalo que asustaba a las señoras beatas de Cali y Medellín.

Por Álvaro Miranda,
poeta.

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