El escenario oscuro se ilumina únicamente por el foco de luz que sistemáticamente se prende, como de interrogatorio, sobre alguno de los actores. Aquellos personajes que no intervienen, simplemente están sentados a lado y lado del escenario negro, austero. Se paran intempestivamente y así, de manera agitada, empiezan a hablar.
Luis (John Álex Toro) aparece luego de años, de años de mandar apenas una insípida postal con un saludo insuficiente. Aparece para anunciar su muerte prematura, para despedirse. Habla pausado, cansado, resignado, dispuesto a recibir las reclamaciones por aparecer sólo para dar el adiós.
Los personajes que lo acompañan, su familia, son alucinantes. Cada uno había intentado hacer su vida a pesar de su ausencia. Cada uno creció, armó su mundo, intentó superar la separación, pero nunca lo logró del todo. Su madre (Laura García) se negó a olvidarlo; su hermano (Mauricio Navas), lleno de resentimiento por un abandono cuando era niño, cuando de seguro era su héroe, lamenta que de repente se le aparezca en esas circunstancias; su cuñada (Ella Fauksbrauner), claro que sabe de su existencia -su hijo se llama también Luis- y del dolor que le ha causado a su marido; y a la hermana menor (Laura Londoño) creció con la mención permanente de su nombre.
Cada cual hace su monólogo histérico, de alguien que no soporta la idea de la pérdida. Las palabras se entrecortan, repiten, agitan, ofenden. El drama es acentuado con golpes de percusión al fondo del escenario. Manolo Orjuela se caracteriza por hacer una dramaturgia que destaca, por sobre todo, el texto. La limpieza del espacio es proporcional a la intensidad de las palabras. Nada de artificios, es una obra que golpea de lo humana.
Por: Dominique Rodríguez D.
SIMPLEMENTE EL FIN DEL MUNDO
Director: Manolo Orjuela
Un texto de Jean-Luc Lagarce