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Primero fue la ira que padeció Europa por los excesos de la comunidad islámica más radical, que quemó banderas y destruyó locales al considerar ofensivas las 12 caricaturas publicadas en septiembre de 2005 por el periódico danés Jyllands Postem, en las que los autores convertían el turbante de Mahoma en una bomba.
Ahora, de nuevo por el uso de referentes extremistas, la edición de la revista The New Yorker de la semana del 21 de julio generó un escándalo que se propagó como fuego por Internet. Se trataba de la caricatura en portada de un Obama ataviado a la manera tradicional musulmana, chocándose de puños con su esposa Michelle, peinada con un inmenso afro, vestida con atuendo militar y con un fusil AK-47 en la espalda. Ambos estaban en el salón oval de la Casa Blanca, con el retrato de Osama Bin Laden sobre la chimenea y, en esta, la bandera de Estados Unidos ardiendo. El título: The politics of fear (La política del miedo).
¿Una provocación? Sin duda. Y desató una tormenta en la que tanto editor como caricaturista -David Remnick y David Blitt- han tenido que explicar que buscaban satirizar los fantasmas y el miedo que sufre la extrema derecha norteamericana. Pero nadie parece convencido de la explicación.
Por el contrario, la caricatura fue pésimamente recibida tanto por los demócratas como por especialistas, aunque de seguro más de uno está feliz en las toldas republicanas con semejante propaganda. "Es ofensiva y de mal gusto", expresó el vocero de Obama. Pocos creen que una publicación tan reputada y que se ha caracterizado por su espíritu liberal y por su refinado humor y ácida crítica no haya siquiera pensado en las consecuencias que podría traer esa imagen que, para los semiólogos y estudiosos, resulta textual.
"La caricatura es un fracaso", escribió el caricaturista Christian Adams del Telegraph de Inglaterra. Y la historiadora de arte María Soledad García añade: "Es muy distinto si hay una mano prendiendo fuego o haya algo que haga pensar que eso es un montaje. Pero nada lo permite en la imagen". Algo que confirma el caricaturista 'Matador': "La caricatura está mal enfocada, podrían haber puesto a alguien de derecha pensando la caricatura, lo que mostraría que es intencional".
La delgada línea
Sin duda, la polémica imagen de David Blitt en adelante se paseará por conferencias del gremio de los caricaturistas y las aulas de clase de los comunicadores como un buen ejemplo de lo que -en la opinión de la mayoría- no se debe hacer. La razón es que una buena caricatura no puede ser ambigua ni dejar ninguna duda acerca de lo que quiere decir. "Un caricaturista solo tiene una tarea: dejar un mensaje visual en tres segundos", asegura Adams, del Telegraph. Aunque el género está lleno de hipérboles y fabulaciones que comparan a personajes públicos por ejemplo con animales, el uso de figuras metafóricas nunca deja duda sobre lo que quieren sugerir.
Un ejemplo local de gran recordación fue el que hizo Héctor Osuna durante el Proceso 8.000 al incluir un elefante en sus caricaturas. "El prelado (monseñor Rubiano) había dicho, frente a las declaraciones del presidente Ernesto Samper de que no se había enterado de posibles dineros del narcotráfico en su campaña, que era como si a uno se le metiera un elefante en la sala de la casa y no lo viera", recuerda María Teresa Ronderos en el libro 5 en humor.
Pero cuando la crítica al poder, natural de la caricatura, entra en el terreno de las creencias, la cosa es a otro precio. "Hay temas que se han vuelto intocables como la religión, el presidente de la República y los símbolos patrios, en especial el escudo -asegura Beatriz González, quien ha hecho un juicioso estudio de la historia de la caricatura política en Colombia desde el siglo XIX-. Se vislumbra una mezcla de intolerancia religiosa, fascismo y nacionalismo".
El fenómeno es universal, y se ha acentuado desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, que se ha vuelto un tema tabú entre los caricaturistas. Víctimas de una polarización generalizada de la sociedad, deben agarrar con pinzas todo lo que, directa o indirectamente, aluda a esa fecha. No cabe duda de que el caricaturista de la revista The New Yorker no tuvo esa delicadeza. En un mundo 'hipersensible' y en el que la velocidad de las comunicaciones facilita que los mensajes sean presentados por fuera de su contexto original, es muy fácil romper la delgada línea que separa la sátira de la ofensa. El mínimo de-satino puede conducir a que la caricatura pierda su naturaleza, dé al traste con su objetivo crítico, se convierta en propaganda y alimente el odio.