HAY UN HALO DE IRONÍA que aparece al acercarse a Wolfgang Amadeus Mozart, pues su existencia y obra son una aventura tejida y destejida por las Nornas, aquellas tres diosas nórdicas del Destino. Infantes y adultos, como de seguro le habrá ocurrido a millones, guardamos en nuestro ser alguna de sus tonadas, que tarareamos a manera de juego o como una forma de acompañamiento mental. Pero, ¿qué es lo que seduce y al mismo tiempo sorprende de ese niño genio, de ese tragicómico ser que está en nuestra memoria?
Tal vez sea el hecho de la extraña humanidad tras la persona de Mozart. Infante prodigio, al amparo de su padre viajó, fue amado y admirado por sus dotes musicales; al crecer despertó envidia, dio placer, se casó, buscó y en ocasiones halló, se convirtió en masón; fue incomprendido, adulado y manipulado. Su sepelio, después de haber vivido 35 años, parece el sarcástico resumen de su existencia. Sin su esposa y bajo una inclemente tormenta, terminó abandonado por la comitiva, para ser sepultado finalmente en una fosa común. Ese hombre dejó una obra que algunos aman y otros detestan; una obra en la que belleza, sabiduría y muerte se entrelazan.
Hoy, una parte de su legado es interpretada por el maestro Claudio Abbado, creador y director de la Orquesta Mozart, quien junto a Giuliano Carmignola, violín, y Danusha Wa¿kiewicz, viola, interpretan los cinco conciertos para violín y orquesta y la Sinfonía Concertante para violín, viola y orquesta.
Los cinco conciertos fueron creados por Mozart entre 1774 y 1775, siempre en tres movimientos y en tonalidades mayores. La orquestación es ligera, pero en todos ellos persiste un tono serio y digno. Los movimientos centrales de cada concierto, sean Adagio o Andante, son de gran delicadeza, frente a los Allegro, Rondeau o Presto, de inmensa vitalidad. Esta mezcla de magnificencia y sobriedad, de liviandad y profundidad, es captada y ejecutada con total sapiencia y destreza por Carmignola, Abbado y compañía.
En la Sinfonía Concertante para violín, viola y orquesta, del año 1779, Carmignola y Wa¿kiewicz juguetean por encima del conjunto sonoro, logrando un efecto inolvidable, especialmente en el segundo movimiento, un Andante en el que tal vez esté escondido uno de los mayores tesoros de Mozart.
En esta grabación todos logran contactarse con ese ser vital y enigmático. Un Mozart que, como cualquier otro, tuvo instantes de bufón, seductor y mago; se debatió entre héroe y Mesías, se ocultó, se equivocó, y encontró la luz en la carencia. El mismo Mozart que fue capaz de capturar los más hondos sentimientos y las más dulces y sencillas emociones.
POR CARLOS ALBERTO HEREDIA