LOS FANÁTICOS DE LAS PELÍCULAS de los hermanos Wachowski anticipan su siguiente obra con la ilusión de ser sorprendidos con giros insólitos, efectos jamás imaginados. Los seguidores de los diarios de Andrés Trapiello, en cambio, esperamos la entrega del año con la reconfortante certeza de que todo en ellos es predecible, y solo nos queda sorprendernos con la reposada belleza de la lengua que va bordando las minucias de la vida cotidiana, una conversación íntima en la cocina, una cerveza con los amigos, una lectura de poemas en un pueblo castellano, la compra de un suéter.
Esta decimoquinta entrega de los diarios que Andrés Trapiello publica desde 1990 lleva, como todas, el subtítulo de Salón de los pasos perdidos y, como todos, un epígrafe tomado de Pérez Galdos: "Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela". El uno y el otro explican bien el propósito de esta novela en marcha, como la denomina su autor, en la cual van quedando consignadas, de la manera más hilarante, las desventuradas apariciones en público de un escritor de oficio y los sainetes de la vida literaria española, en los cuales unos equis y unos yes (Trapiello jamás usa nombres propios) se insultan, se maltratan, se apuñalan por los premios o por celos o porque sí, en unos episodios cuya comicidad resulta particularmente deliciosa para quien desconozca los intríngulis del medio y en cambio disfrute de estas breves exhibiciones del alma, bien sea porque nos hacen sentirnos mejores, o porque no nos sentimos tan malos.
Entreveradas, aparecen las reflexiones del diarista sobre la hechura de sus propios libros; las juiciosas opiniones que le merecen los libros de los demás; y el toque de realismo que le imprime a su actividad literaria sus visitas dominicales al Rastro, donde constata todas las semanas la fatuidad de las modas y la perseverancia de las buenas historias.
Su lectura nos pone en contacto con las cosas esenciales de la vida, y nos devuelve una cierta frescura y una cierta liviandad que constantemente perdemos en las cercas de púas que confundimos con la vida.
POR MARGARITA VALENCIA