Novela inédita de Donoso recuerda los relatos de sus mejores tiempos

José Donoso y la carátula de 'Lagartija Sin Cola'. Alfaguara -228 páginas

JOSÉ DONOSO (Santiago de Chile 1924-1996), como muchos de los personajes de Jack London -uno de los autores norteamericanos que lo marcaron en sus primeros años-, se dejó llevar desde siempre por el espíritu aventurero: infatigables excursiones por la Patagonia chilena y argentina en la adolescencia, donde fue peón de haciendas ganaderas y empleado portuario, y viajes varios por países centroamericanos, México y Europa. Esta vida trashumante terminaría en 1967, cuando el autor fijó su residencia en Calaceite, un pueblo de la costa catalana en el cual escribió sus obras más representativas: El obsceno pájaro de la noche, Tres novelitas burguesas y Casa de campo. A ese período creativo también pertenece Lagartija sin cola, una novela que permaneció inédita hasta la fecha, y cuyo manuscrito fue rescatado por la hija del escritor entre los papeles que este le vendiera a la Biblioteca de la Universidad de Princeton. Aquí la prosa donosiana vuelve a alumbrar con pulcritud, dada la finura con la que trabaja el lenguaje, ese universo oscuro que está presente en su obra entera.

El héroe de esta obra es el pintor catalán Armando Muñoz-Roa, antiguo miembro del movimiento informalista. Al final de sus días, el artista se encuentra recluido en un apartamento de Barcelona, recordando con una dosis pareja de amargura y humor esa época en que su nombre alcanzó a brillar en el mundillo del arte. En ese entonces se había fugado con Luisa -su prima, amante y amiga; enferma de cáncer y atormentada por la posibilidad de que su hija Lidia cometiera un segundo intento de suicidio- con un propósito un poco desaforado: comprarle una casa a su ex mujer en el remoto pueblo de Dors e intentar salvar a sus habitantes del avance de la modernidad. Por supuesto, ese intento de salvación fracasó. O mejor: fue un fracaso más en esa lista negra donde también sobresalían sus diversos tropiezos amorosos, la decadencia de su propia familia y la constatación final -y terrible- de que había tenido una vida artística al servicio del mercado, y de que ya era incapaz, entre otras cosas, de pintar una manzana.  

POR LUIS FERNANDO CHARRY

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