Junio 12 de 2008

Ganadores de los premios Planeta y Alfaguara 2008 hablan sobre letras, dictaduras y otras cuitas

Antonio Orlando Rodríguez escribe un libro maravilloso acerca de la vida de una liliputiense cubana.

Antonio Orlando Rodríguez escribe un libro maravilloso acerca de la vida de una liliputiense cubana.

Premio Alfaguara 2008

Antonio Orlando Rodríguez, Ciego de Ávila, Cuba, 1956. Autor de la novela Aprendices de brujo (2002), de los cuentos Strip-tease (1985) y Querido Drácula (1989), de la obra de teatro El león y la domadora (1998) o de investigaciones como Literatura infantil de América Latina (1993), entre otras.

Chiquita es la historia de una liliputiense nacida en Matanzas, Cuba, que se convierte en la reina del vaudeville de los teatros de Estados Unidos. Transcurre en el cambio de siglo del XIX al XX y su figura extravagante y llamativa de muñeca viviente la convierte, a regañadientes, en la voz de quienes quieren declarar la independencia española de la Isla, pero también de los norteamericanos que quieren invadirla, para supuestamente salvarla.

CAMBIO: ¿Qué papel juega la literatura en una dictadura?

ANTONIO ORLANDO RODRÍGUEZ: Suele ser utilizada como un instrumento de domesticación. Es algo que se repite en todas las dictaduras. Lo que se publica apoyado por el gobierno está destinado a adormecer y lo que se queda sin publicar son las opiniones discordantes. Afortunadamente los autores escriben durante esas etapas oscuras para sus gabetas y en algún momento esa producción sale a la luz. En el caso de Cuba, los ejemplos paradigmáticos son Virgilio Piñera y Reinaldo Arenas. Sin embargo, hay algo que no se puede descartar y es que a las dictaduras les encanta jugar a parecer democracias y muchas veces se usa a los escritores y se les permite publicar obras "contestarias" y ponerlas al servicio de su imagen pública internacional.

¿Qué tipo de sociedades aceptan la dictadura?

Diría que básicamente sociedades que no tienen memoria histórica. Ésta es algo muy útil pero muy poco frecuente.  Se puede constatar que el refrán que dice que "el hombre tropieza dos veces con la misma piedra", sucede a lo largo de la historia. Un ejemplo de ello es que, por ejemplo, un presidente desastroso es reelegido a la vuelta de 10 años en su país. Eso da la medida de la fugacidad de la memoria.

¿Por qué cree que es tan difícil hablar sobre los regímenes incluso décadas después, y cómo la literatura logra desde la ficción ese efecto de catarsis?

Creo que los escritores hacen una suerte de pacto tácito de no remover el pasado porque son heridas dolorosas e incómodas, pero me parece muy sano que se haga esa revisión del pasado. En el caso de mi libro Chiquita, un siglo después, las cosas se pueden ver de manera menos dolorosa. Hay mucha distancia y eso permite poner las cosas en perspectiva. De las dictaduras recientes es más difícil hacer una aproximación porque están vivos los protagonistas de ambos bandos, son sus sobrevivientes.

¿La dictadura y la revolución explican de alguna forma lo que es el continente americano hoy día?

Sí y son las dos caras de la misma moneda. Indiscutiblemente, si revisas y miras la historia de América Latina es una sucesión de dictaduras-democracias-dictaduras-democracias, tal parece que todavía no hemos crecido lo suficiente para lograr democracias perdurables. Y son dictaduras de ambos signos, naturalmente, de izquierda y de derechas. A estas alturas no sé cuál de las dos es más peligrosa.

¿Qué piensa de los cambios que están viviéndose en Cuba?

Como buena parte de los cubanos anhelo que haya un cambio y creo que se impone uno, pero como mi carácter suele tender hacia el escepticismo, no soy tan optimista de que las señales que estamos viendo indiquen que ese cambio va a ser inmediato. Sigo creyendo que se trata de medidas cosméticas y de algún modo ilusorias en muchos casos con el objetivo de crear una ilusión de permisividad y en otros casos para quitarle presión a una olla que por momentos está a punto de estallar.

¿Qué lo hace sospechar?

Ahora se coquetea con la idea de permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo, lo que me parece muy meritorio, lo que sucede es que eso en Cuba sería una paradoja si se llegara a hacer, porque ¿qué resuelven unas personas del mismo sexo casándose si al salir del juzgado uno dice una opinión política y va presa? Creo que hay cosas que son esenciales y que se relacionan con los derechos civiles, y el ejercicio de la libertad. En Cuba hay un refrán y es que no se puede poner la carreta delante de los bueyes. Pero que puedan comprar computadores y teléfonos celulares es cosmético y doloroso, es algo demoníaco.

¿Cuándo salió de Cuba?

En el año 1991. Me invitó la Unesco a Colombia a impartir un taller de escritura para niños para autores de literatura infantil durante una Feria del Libro. Ahí se me presentó la oportunidad de quedarme fuera de Cuba y lo decidí, pues era algo que venía pensando desde hacía mucho tiempo porque nunca me tragué la píldora y fui un niño muy precoz. Como buena parte de la población cubana, durante muchos años me vi obligado a vivir una doble moral de pensar una cosa y decir otra porque la sobrevivencia es algo que a veces no entiende de ética. Por eso cuando de presentó la oportunidad, decidí vivir fuera de Cuba para hacer, decir y pensar lo que se me antojara.

¿Todavía puede creerse en las revoluciones?

La especie de los ilusos es persistente. Creo que la revolución es un sueño válido lo que, con frecuencia, deriva en una pesadilla.

El boom se acabó pero los localismos siguen siendo la marca de la literatura producida en estas latitudes para diferenciarse del resto del mundo, ¿es su prolongación lógica o es un nuevo tipo de movimiento literario? 

El boom siempre me ha parecido un fenómeno sospechoso. Fue indiscutiblemente un momento de un esplendor singular en las letras latinoamericanas y fue un lujo que coincidieran autores en el esplendor de sus facultades como un Lezama Lima, Carpentier y jóvenes escritores de aquel momento como Vargas Llosa o el mismo García Márquez, y su producción hizo pensar que América Latina era un mundo distinto y que se escribía distinto. Sin embargo creo que hay mucho de mercadeo en el boom y la prueba es que grandes escritores de los años 60 quedaron excluidos del boom por sus posiciones ideológicas. El boom era un "club de izquierdas", entonces si piensas que escritores de la talla de Reinaldo Arenas, o  Manuel Mujica Laines, uno en Cuba y el otro en Argentina, no se asocian con el boom pese a que lo más espléndido de su producción se produce en esos años, y son prácticamente ignorados, te da la medida que el boom fue un poco el acceso a una fiesta pero con invitación.

¿Cuál es su diagnóstico de la literatura latinoamericana post boom?

Creo que hay autores de mucha calidad, sin alcanzar las cúspides que tuvieron los autores que estamos mencionando, pero si te refieres a los autores más recientes de la última década, no he podido darme el lujo de seguirlos de una manera muy continua porque para escribir este libro estuve cinco años leyendo solamente libros de historia o sobre cultura cubana o que se desarrollaban en Nueva York o en la Cuba del siglo XIX que pudieran servirme. Leí en función de eso. Ahora estoy llegando a cada país preguntando qué ha pasado en los últimos cinco años porque estoy detenido en las crónicas de José Martí sobre el puente de Brooklyn y me cuesta mucho llegar a la actualidad.

Latinoamérica produce muchas novelas, pero da la impresión de que los escritores publicaran sin revisar, como si no hubiera nadie que los ayude a pulir. ¿Será el afán de la fama o existe una crisis de editores?

Creo que las editoriales eran mucho más exigentes en aquella época y creo que ahora se convierte en figuras a escritores de muy mediana calidad con frecuencia a veces relegando a escritores de mayor talento pero que quizás abordan temas de formas menos atractivas para el mercado. Creo que esos desniveles son resultado de una industria que cada vez apuesta a más a lo fácil, a la literatura express y quizás, no sea tanto un problema de calidad, sino un problema de promoción y circulación de autores. Cuando he tenido el desatino de leerme algunas páginas de un libro francamente malo, con toques sensacionalistas, morbosos que creen las editoriales que pueden llamarle la atención al público, me digo que es imposible que en Chile, en Colombia o en Argentina no haya autores de más calidad que estos que acaba de publicar una gran editorial.

¿Considera necesario abordar las realidades históricas latinoamericanas para situar a los personajes de su novela?

Disfruto mucho esbozando el contexto histórico de los personajes. Me resulta inspirador recrear otros tiempos y espacios. En los últimos años me he vuelto un adicto al pasado y a la historia tanto que me cuesta imaginar historias que se desarrollen en la actualidad. Me siento más cómodo en el pasado, sobre todo en los tránsitos del siglo XIX hacia el XX, un momento de muchas transformaciones políticas y sociales que ayudan a entender muy bien el panorama actual y las locuras contemporáneas.

Su libro está lleno de pies de página, recuentos y anécdotas históricas, ¿es riguroso o tiene ingredientes de ficción?

De este lado del océano las cosas más inverosímiles suelen suceder, la fantasía encuentra las cosas más delirantes sobre todo en los países de América Latina. Su realidad es tan rica que coquetea con el absurdo. Lo que Carpentier llamó lo real maravilloso aludiendo a lo geográfico, a la naturaleza, creo que es también aplicable a las costumbres y a las situaciones sociales. En mi novela hay un episodio que casi todo el mundo piensa que es fantasía porque hay camellos trabajando en los campos de caña de Cuba, pero es cierto. Me gusta mucho ubicar mis historias en contextos históricos y hago una investigación lo más minuciosa posible, pero uso del contexto histórico como un detonante para la fabulación, para mezclar libremente lo real con lo fantástico. Disfruto mucho haciendo ese tejido donde se una lo maravilloso, el acontecimiento histórico y se entremezclen de tal modo que no se vean las costuras. Incluso, las notas al pie también son parte del artefacto de ficción a pesar que algunas veces pueden ser realistas.

En el mundo tal como está hoy ¿es posible todavía soñar con ser artista de vaudeville?

Yo creo que sí. Hay personas que tienen esa capacidad de seducir al público. Creo que el vaudeville es uno de los reductos de libertad que quedan en el teatro. Es un género que le da a los artistas la posibilidad de explotar su creatividad y talento al máximo y con un contacto más arriesgado con el público. He tenido la suerte de ver muchos artistas, como a Josephine Baker cuando era niño, y eso fue toda una experiencia, era la sobreviviente de los locos años 20 en París y a pesar de sus años tenía sus lentejuelas y el espíritu de una quinceañera. Y más recientemente, hay dos artistas paradigmáticas que son Nacha Guevara y Cipe Lincovsky.

El más reciente escritor de culto en Latinoamérica ha sido Roberto Bolaño. Incluso hay quienes dicen que es el último escritor latinoamericano. ¿Qué opinión tiene de él?

Me parece un excelente escritor, pero me parece que la crítica y la industria tienen necesidad de erigir mitos y así dentro de 10 años también tengamos el "nuevo último escritor latinoamericano". Bolaño indiscutiblemente le dio un sacudón interesante a la literatura de estas latitudes pero de ahí decir que es el último es un poco exagerado. Él rescató una relación realidad-fantasía y un elemento lúdico y la composición de sus novelas es muy atractivo, en una época en que la novelística tiende cada vez más a la solemnidad y a una búsqueda pretendida de la trascendencia.

¿Por qué esa fascinación por Espiridiona Cenda, la liliputiense protagonista de Chiquita?

Es uno de esos personajes en donde adivinas un héroe o heroína de novela desde que tienes el primer acercamiento con ella. Una mujer muy singular no solo por su físico, o por ser una compatriota que triunfó en el extranjero, sino sobre todo por su carácter independiente, temperamental, por la posibilidad que tuvo de estar inmersa en lugares y momentos históricos clave en ese giro del siglo XIX al XX y además es un personaje muy susceptible a las metáforas, que se presta a muchas interpretaciones. Hay quienes me dicen que el personaje es una metáfora de la isla de Cuba, o una adelantada de la condición femenina moderna, porque es un personaje muy rico y con muchas aristas.

Impresionan las similitudes con la época actual a pesar de que la novela se sitúa a finales del siglo XIX

Hay muchas similitudes de eso que ocurría en 1896 con el presente: Esa gran curiosidad de la prensa en Estados Unidos por el devenir de Cuba, por la independencia, abrías un periódico y lo encontrabas lleno de editoriales, notas, columnas y cartas de lectores sobre el tema. En el Congreso un gran lobby para que los congresistas apoyaran la independencia de Cuba y dieran su apoyo oficial a los insurrectos. Más de 100 años después encuentras la misma curiosidad por el devenir de Cuba, el mismo quehacer de los exiliados cubanos en Estados Unidos y el mismo lobby en el Congreso para que se apoyen o depongan las medidas económicas relacionadas con Cuba. Esa es la historia.

¿Cree que los cubanos llegarán a leer Chiquita?

Siempre llegan alguno que otro ejemplar y el pueblo cubano es muy ávido de leer entonces sucede un fenómeno curioso. Pienso que los libros hallan los caminos para llegar a sus lectores. A pesar de que no circula por los canales oficiales de distribución hay personas que envían libros, que los llevan en maletas o los regalan y lo interesante es que el número de lectores que tiene un libro en Cuba es insospechado, porque lo pueden leer 10, 20 o 50 personas. Me encantaría que fuera leído por compatriotas y por supuesto que este premio te da la posibilidad de llegar a lectores de todo el mundo hispano y eso es un privilegio hoy en día, pero me queda la espinita de que los cubanos no puedan leerlo.

ANTONIO RODRÍGUEZ, PREMIO ALFAGUARA 2008

Nacido en Ciego de Ávila, Cuba, 1956. Autor de la novela Aprendices de brujo (2002), de los cuentos Strip-tease (1985) y Querido Drácula (1989), de la obra de teatro El león y la domadora (1998).

Chiquita es la historia de una liliputiense nacida en Matanzas, Cuba, que se convierte en la reina del vaudeville de los teatros de Estados Unidos. Transcurre en el cambio de siglo del XIX al XX y su figura extravagante y llamativa de muñeca viviente la convierte, a regañadientes, en la voz de quienes quieren declarar la independencia española de la Isla, pero también de los norteamericanos que quieren invadirla para "salvarla".

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