Junio 5 de 2008

La maestría del pianista Keith Jarrett, en video, salta a la vista en este trabajo

"LO BELLO es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar": Rainer Maria Rilke. Se presupone, desde la antigüedad grecorromana, que lo bello envuelve armonía y justa proporción. Pero para que lo bello lo sea aún más, creo que debe tener algo agregado que lo haga inefable.

En este sentido, quizás no exista un acto más bello y silencioso que el del hombre que, solitario, se hace cómplice con la tierra en ese acto humilde, extraordinario y azaroso de la siembra, donde todo puede suceder. Así, como si se tratase de un gran hortelano, el pianista Keith Jarrett pacientemente siembra notas para luego recogerlas hechas música, con una integridad tal que solo puede generar una de las más singulares formas de lo bello. En la espera, respira profundamente moviendo las aletas de la nariz, agita sus manos y pies, gruñe, tararea; por instantes se hunde en sí mismo esperando la satisfacción, el nacimiento de una flor o finalmente el luminoso emerger del fruto; por instantes se pierde, improvisa, se encuentra, pues quien crea se crea.

Verle en "Tokyo Solo" es asistir a la creación misma. En cada pasaje de su presentación todo tiene su propia individualidad, pequeños microcosmos que despiertan con su luz interna, pero a la vez conectados con todo lo demás formando extensas galaxias, haciendo de su recital una mixtura de sabia improvisación y de un coraje deslumbrantemente bello. Su argumento narrativo es la música y su piano. No solo hay notas y silencios; hay gestos, pequeñas abducciones, estados alterados del consciente, instantes de ternura, aguijonazos gimnásticos que dejan ver lo que lleva por dentro, pequeñas "neuras", excesos, chispazos, ráfagas de nieve y el fragor de invisibles batallas donde los dedos, desplazándose entre blancas y negras, luchan en un territorio al que la paz solo llega cuando la mudez, por unos instantes, retorna. Y luego, a continuar con labranza. El alma se relaja y los dedos, como pequeñas esculturas, de nuevo se lanzan a la tierra de los sonidos.

Enfundado en traje negro y gris, con su cabello cenizo, sus lentes y su delgada figura, Jarrett muestra la potencia de un ser que por años ha dejado su huella en todo lo que ha tocado, en todo lo que ha dejado sembrado en el oído de quienes han tenido el gusto de escucharle a lo largo, ancho y profundo de la tierra.

CARLOS HEREDIA GALINDO

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