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DESDE SU APARICIÓN en la Feria del Libro de Bogotá, dos novelas han llamado la atención de los lectores: Vida y destino, de Vasili Grossman, y Las benévolas, de Jonathan Littell.
Ambas figuran en las listas de los libros más vendidos en varias librerías y ambas se centran en un tema que parecía suficientemente cubierto: la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.
Pero lo que parece a vuelo de pájaro un capricho del gusto literario, responde a una tendencia universal: la renovada atención de escritores y especialistas de todos los calibres sobre los años que transcurrieron entre 1939 y 1945 y que enmarcan quizás el período más amargo de Europa.
En español hay por lo menos 20 libros sobre la Segunda Guerra Mundial publicados en los últimos ocho años, y en inglés hay cerca de 20 que todavía no han sido traducidos, bien sobre el nazismo y la hegemonía alemana propiamente dicha, bien sobre el papel de la Unión Soviética, bien sobre Francia durante la ocupación o bien sobre el horripilante desenlace de la 'solución final del problema judío'. Incluso hay una nueva interpretación de por qué ganaron los Aliados. El tema está de nuevo sobre el tapete y al parecer se quedará por mucho tiempo.
¿Por qué escarbar en las cenizas de un pasado que antes de este boom ya había producido más papel impreso que ningún otro tema en la historia?
El principal motivo es la culminación de la Guerra Fría. Tras la caída del Muro de Berlín, cayó también la reserva sobre varias toneladas de documentos que antes de 1989 eran considerados 'secreto de Estado'. Pasó igual en Estados Unidos, en Alemania, en Francia, en la antigua Unión Soviética y hasta en Japón. "La Guerra Fría obligó a los países europeos a hablar de la Segunda Guerra Mundial de una manera que no afectara la seguridad nacional -explica Carlos Alberto Patiño, historiador de la Universidad Nacional-. Eliminados los bloques, los secretos perdieron su razón de ser. El resultado es una cantidad de material a disposición de los historiadores".
Quizás lo más interesante no es la desclasificación de documentos, sino la nueva postura de los investigadores, quienes antes de la caída del Muro de Berlín se sentían tentados -cuando no obligados- a sostener una posición ideológica. "Terminada la Guerra Fría, ya no hay una lectura ideológica de la historia -dice Patiño-. Ahora hay una interpretación totalmente nueva".
Tan nueva que no solo afectará la visión de la Segunda Guerra Mundial, sino toda la historia del siglo XX. Autores tan respetados como Eric Hobsbawm, según Patiño, están siendo revaluados para dar paso a las modernas interpretaciones de los ingleses Naill Ferguson y Anthony Beevor, entre otros, que empiezan a dar a los datos un tratamiento no ideológico. "En este nuevo orden -asegura Patiño- dentro de 20 años los estudiantes van a conocer una historia muy distinta de como la aprendimos los que ahora tenemos cuarenta".
La religión cívica
Uno de los expertos que ha cultivado el interés por volver a contar lo que pasó es Michael Burleigh, autor de El Tercer Reich: una nueva historia (2000). Burleigh, entre otros muchos especialistas, intenta dar una explicación no política sino religiosa de los tres regímenes de horror de la época: el fascismo, el nazismo y el bolchevismo. Los describe como religiones cívicas que exigían, a cambio de la dicha eterna, adorar a la patria o a la raza, y entregarse a ella -y al régimen- como cualquier creyente se entrega en los brazos de Dios. Y como en las religiones monoteístas, la duda era ya un pecado, una amenaza de conspiración.
En particular, el nazismo era una mezcla de religión y pseudociencia. Citando al historiador Saúl Friedlander, uno de los especialistas qué más ha ahondado en el tema religioso del Holocausto, Burleigh escribe en el prólogo de su libro: "Hitler, armado con su ciencia religiosa, era no sólo un Robert Koch o un Louis Pasteur de nuestro tiempo, que combatía con celo a unos patógenos mortíferos que daba la casualidad de que eran otros seres humanos, sino socio de Dios en la empresa de ordenar y perfeccionar aquella parte de la humanidad que a él le importaba".
Y, sin embargo, detener este horripilante plan de salvación, sirvió para avalar otro no menos sospechoso. "Una de las ironías de esta historia -señala Burleigh- es que la II Guerra Mundial prestó legitimidad política y moral nueva, pero espuria, a una tiranía soviética no menos implacable y sanguinaria".
La Guerra Fría detuvo cualquier aproximación objetiva al fenómeno. La novela de Grossman (terminada en 1960), que funde con maestría el horror de los campos de concentración alemanes y rusos y, según lectores como Antonio Muñoz Molina, está al nivel de los grandes clásicos como La guerra y la paz, de Tolstoi, sufrió los rigores del régimen en carne propia. Cuando Mijail Suslov, ideólogo del comité central del partido comunista de la Unión Soviética, la leyó, simplemente dijo: "Esta obra no se publicará hasta que pasen 200 años".
La unificación ha sido clave para que los propios alemanes comiencen a revisitar su historia, una historia que permaneció oculta para ellos durante décadas y que hasta ahora las nuevas generaciones están dispuestas a aceptar como un paso hacia el fin de la Postguerra.
Tony Judt, en su libro Postguerra, dedica el epílogo a lanzar algunas ideas sobre la memoria europea y el repaso de su historia como principio esencial para comenzar a olvidar. Por increíble que parezca, Judt demuestra cómo solo en los últimos 20 años ha sido posible que los europeos comiencen a aceptar su complicidad en los crímenes de la Segunda Guerra Mundial. Solo ahora es posible vislumbrar el antisemitismo velado de Polonia, Checoslovaquia y Francia, y solo ahora esos países, como Alemania, andan en camino de reconocer la culpa para seguir adelante.