Por Cristina Lleras Figueroa, curadora del Museo Nacional.
LOS MONUMENTOS se construyen, por lo general, en nombre de los vencedores, los héroes, los mártires... De ahí que la primera acción que se ejecuta a partir de un cambio político sea la de removerlos. Basta recordar las estatuas de Lenin y Hussein cayendo, y el debate por la remoción de la del general Franco de una plaza en Madrid, casi 30 años después del fin de la dictadura.
En Colombia los monumentos se caen, sobre todo, por el vandalismo y la negligencia ciudadana. Se aproxima el Bicentenario y muchos clamarán por la restitución de las memorias heroicas de la Independencia. Pero mientras surgen esas discusiones, cabe reflexionar sobre otras memorias que no pueden ser ignoradas y que debemos construir. No parece ser el momento de erigir obras que conmemoren acciones heroicas. Cabe mejor preguntarse sobre qué hechos o actores quiere hacerse memoria.
En el marco del Plan Nacional de Reparación a las víctimas del conflicto, la discusión apenas comienza. La construcción de monumentos es solo una dimensión de la llamada "reparación simbólica". El artículo 8° de la Ley de Justicia y Paz la define como acciones a favor de las víctimas y la comunidad para la "preservación de la memoria histórica, la no repetición de los hechos victimizantes, la aceptación pública de los hechos, el perdón público y el restablecimiento de la dignidad de las víctimas".
Las medidas de reparación simbólica no son accesorias, hacen parte de la reparación integral y deben cumplir una finalidad de reconciliación. No es un tema de decretos. Si poco han hecho los desmovilizados en materia de reparación económica, han sido aun menores los alcances en materia simbólica. Por lo pronto, la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación ha emprendido dos acciones: creó la Comisión de la Memoria Histórica, coordinada por Gonzalo Sánchez, cuyo reto es dar a conocer una historia del conflicto armado que incluya los relatos de las víctimas, y en 2007 reunió a un grupo de artistas, publicistas, académicos y otros trabajadores de la cultura, para discutir sobre qué debería ser un programa de reparación simbólica.
Entre la diversidad de opiniones se destaca la necesidad de generar espacios que incluyan, sobre todo, los de las comunidades afectadas. Pero la dificultad del tema es tal, que, por ejemplo, mientras algunos especialistas consideran que debe erigirse un monumento de gran tamaño, otros piensan que antes de encargar a un artista una obra monumental en Bogotá, es necesario pensar en las necesidades de los afectados y si en realidad la sociedad se apropiará de una propuesta cuya finalidad es sanar un duelo colectivo.
Los memoriales
El historiador de arte Neville Dubow, que ha hecho una reflexión sobre el caso de Sudáfrica y las secuelas del Apartheid, sostiene que el acto de rememorar no se consigna solo en un objeto estático -un monumento-, sino que se manifiesta permanentemente en intervenciones artísticas, publicaciones, conferencias y "contramonumentos" -intervenciones en el espacio que no son de escala monumental-. Diferencia entre el monumento que "proclama" y el memorial que "invita a la reflexión" y a activar un acto moral continuo. Concluye que Sudáfrica no necesita monumentos de grandes héroes, como una estatua de Nelson Mandela de 110 metros proyectada y patrocinada por un consorcio comercial en Port Elizabeth, y que más allá del cliché del gigantismo, los sudafricanos necesitan pensar si la memoria debe tener relevancia en la reconstrucción del país.
Los debates sobre cómo recordar han sido materia de continua reflexión en el mundo, como la que se dio en los Estados Unidos a mediados de los años 70 sobre un proyecto para el memorial de los veteranos de Vietnam. La propuesta de Maya Lin de abrir una grieta negra donde se leen los nombres de soldados que participaron en la guerra, generó gran controversia porque un sector de la población no concebía que no tuviera las figuras de los héroes. Por eso, cerca del monumento, inaugurado en 1982, instalaron algunas esculturas figurativas.
Pero el caso emblemático de las tensiones entre memoria e historia es el del Holocausto. Desde cuando fueron construidos los primeros monumentos, hasta el desarrollo de complejos museos como el de Washington y el de Berlín por Daniel Libeskind, la memoria de las víctimas y de los sobrevivientes del genocidio sigue en construcción. Y si bien los artistas se han manifestado y deben seguir haciéndolo a través de documentales, cine o intervenciones artísticas, no son los únicos responsables de generar estas formas de reparación.
Los grupos de víctimas han desarrollado rituales simbólicos de gran valor para ellas. En el documental Invisibles producido por Javier Bardem, el director Javier Corcuera muestra en un capítulo titulado La voz de las piedras, cómo comunidades campesinas colombianas desplazadas construyen su propia memoria escribiendo los nombres de sus seres queridos asesinados sobre piedras que crean un espacio temporal sagrado. En este caso se comprenden bien los efectos sociales devastadores de la guerra.
Otro es el caso de comunidades afrocolombianas que no pueden enterrar a sus muertos, lo cual no solo afecta a las personas sino que rompe lazos de solidaridad que se activan y renuevan en los rituales que se celebran cuando muere una persona. Comprenden una rica dimensión simbólica, amenazada por los asesinatos, desapariciones y desplazamientos forzados.
Esto revela la complejidad de la esfera simbólica, que no puede limitarse a lo que genere la verdad judicial. Para la historiadora María Teresa Uribe, la verdad de las víctimas es igualmente importante: es su derecho a desvelar el terror -su verdad- por medio de sus testimonios, aunque muchos no lleguen a ser parte de los juicios. De ahí la responsabilidad de entes como la Procuraduría y la Fiscalía de recoger y preservar esas voces.
Pero no es suficiente saber la verdad o reconocer el daño individual y colectivo si esto no genera una reflexión de la sociedad. La verdad tampoco garantiza la no repetición de los hechos. Y parece ser, de acuerdo con casos como el del Holocausto, que los procesos son largos.
¿Cómo generar un proceso en el que reconozcan las responsabilidades no solo de los propios actores, sino de los que se lucraron e incluso de los culpables por omisión? ¿Cómo darle visibilidad a procesos en que se reconozca el daño pasado, que también puedan generar acciones presentes y proyectos hacia el futuro? El reto es lograr que estas reflexiones tengan impacto en el conjunto de la sociedad, que sea claro que si bien miles son víctimas, otros miles también tenemos una responsabilidad colectiva.
POR CRISTINA LLERAS FIGUEROA,
curadora Museo Nacional.