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Los grupos de víctimas han desarrollado rituales simbólicos de gran valor para ellas. En el documental Invisibles producido por Javier Bardem, el director Javier Corcuera muestra en un capítulo titulado La voz de las piedras, cómo comunidades campesinas colombianas desplazadas construyen su propia memoria escribiendo los nombres de sus seres queridos asesinados sobre piedras que crean un espacio temporal sagrado. En este caso se comprenden bien los efectos sociales devastadores de la guerra.
Otro es el caso de comunidades afrocolombianas que no pueden enterrar a sus muertos, lo cual no solo afecta a las personas sino que rompe lazos de solidaridad que se activan y renuevan en los rituales que se celebran cuando muere una persona. Comprenden una rica dimensión simbólica, amenazada por los asesinatos, desapariciones y desplazamientos forzados.
Esto revela la complejidad de la esfera simbólica, que no puede limitarse a lo que genere la verdad judicial. Para la historiadora María Teresa Uribe, la verdad de las víctimas es igualmente importante: es su derecho a desvelar el terror -su verdad- por medio de sus testimonios, aunque muchos no lleguen a ser parte de los juicios. De ahí la responsabilidad de entes como la Procuraduría y la Fiscalía de recoger y preservar esas voces.
Pero no es suficiente saber la verdad o reconocer el daño individual y colectivo si esto no genera una reflexión de la sociedad. La verdad tampoco garantiza la no repetición de los hechos. Y parece ser, de acuerdo con casos como el del Holocausto, que los procesos son largos.
¿Cómo generar un proceso en el que reconozcan las responsabilidades no solo de los propios actores, sino de los que se lucraron e incluso de los culpables por omisión? ¿Cómo darle visibilidad a procesos en que se reconozca el daño pasado, que también puedan generar acciones presentes y proyectos hacia el futuro? El reto es lograr que estas reflexiones tengan impacto en el conjunto de la sociedad, que sea claro que si bien miles son víctimas, otros miles también tenemos una responsabilidad colectiva.
POR CRISTINA LLERAS FIGUEROA,
curadora Museo Nacional.